En sus memorias, tituladas con ansia de protagonismo Momentos
decisivos, George W. Bush confirma y firma los errores en que
incurrió en Afganistán e Iraq, que provocaron sendas guerras
cruentas con su cohorte de pérdida de vidas humanas y destrucción.
Respondieron a intereses inconfesables, económicos y de de-sarrollo
armamentista, pero el controvertido 43º presidente de los Estados
Unidos no se arrepiente de nada y reitera, desafiante, que tuvo
razón en desencadenar ambas conflagraciones.
En
su libro de memorias, George W. Bush no hace un mea culpa de sus
graves errores durante sus años en la Casa Blanca. En resumen: ni la
sombra de una duda de Bush sobre Bush.
Solo la guerra de Iraq, cuyo objetivo verdadero era poner bajo
control norteamericano y occidental los ubérrimos pozos de petróleo
iraquíes, causó más de 109 000 muertos, la inmensa mayoría civiles.
"Mi trabajo fue proteger a Estados Unidos, y así lo hice", afirma
ahora Bush, erre que erre, en sus recuerdos en actitud de sostenella
y no enmendalla. ¿No había más solución que la guerra?, podría
preguntarse retóricamente el lector de su autobiografía 19 años
después. Por supuesto que sí, había otras soluciones.
Sus razones son, como en la famosa fábula de La Fontaine El
lobo y el cordero, desoídas una por una por el lobo, es decir,
las razones de la ley del más fuerte, en este caso los Estados
Unidos de George W. Bush, que se creían todo permitido.
A lo largo de 500 páginas, el ex mandatario norteamericano, de 64
años, trata de defender su visión de los hechos y hace algunas
revelaciones inquietantes en cuanto a su código moral personal. El
hombre de apariencia apacible y sonriente, que aparece en las
fotografías de prensa firmando libros y saludando con la mano,
confiesa sin mayor problema que autorizó torturas, como el
ahogamiento simulado, o sea, meter la cabeza del interrogado bajo el
agua, para arrancar información. Y eso sucedió, por ejemplo, con el
detenido paquistaní Jaled Sheik Mohamed, acusado de ser el autor
intelectual del atentado que derribó las Torres Gemelas de Nueva
York el 11 de septiembre del 2001, seguramente el más espectacular
de la historia. "Por supuesto que las autoricé", afirma en sus
confesiones y le deja a uno atónito. Sin asomo de creer que ha
obrado mal, da cuenta de que tales interrogatorios ayudaron a
desbaratar planes para atacar dependencias norteamericanas en el
interior y exterior del país y los aprueba sin ambages. "Ayudaron a
salvar vidas", consigna.
Creyendo que con admitirlo a posteriori queda exculpado, reconoce
como si tal cosa que la información de que Iraq estaba fabricando
armas de destrucción masiva, causa de la invasión, resultó falsa.
Las que no son falsas fueron las víctimas inocentes de la guerra,
que se contaron por centenares. Debe pensar que le basta reconocer
sus graves errores públicamente para expiar sus culpas.
Parece una broma, pero George W. Bush se ve sorprendentemente a
sí mismo a pesar de todo como un "tipo sencillo, cálido, entrañable
y extraordinariamente humano", retrato amable de lo que quizás quiso
ser que choca con la imagen que todo el mundo se hace de este
político extraordinariamente belicoso —declaró dos guerras— y
vindicativo. A él le importa un bledo su reputación, no alberga
ningún deseo de luchar por ella, según las crónicas. Le basta al
parecer con su propia autoestima, es un caso agudo de egolatría.
Ojeamos en Internet las reseñas digitales del International Herald
Tribune, Financial Times, Le Monde, Le Figaro, en busca de algún
mea culpa que se nos hubiera escapado. En vano: no existe ni la
sombra de una duda de Bush sobre Bush.
En realidad, todo comenzó a raíz del atentado contra las Torres
Gemelas el 11 de septiembre del 2001. Como sin duda recuerda el
lector, un comando suicida de Al Qaeda —organización terrorista
musulmana tristemente célebre que ejecuta atentados en todo el
mundo— secuestró cuatro aviones estadounidenses de pasajeros,
estrelló dos contra los edificios gemelos del Trade Center en Nueva
York —que se vinieron abajo— otro contra el Pentágono y otro más que
cayó en el estado de Pennsylvania. Saldo total: 2 986 muertos, y la
constatación de que la primera potencia mundial era vulnerable. La
reacción de la administración norteamericana dirigida por George W.
Bush no se hizo esperar. Declaró la guerra al terrorismo, así, sin
concreción, allí donde se encontrara. El "malderazgo" mundial en
manos del presidente norteamericano George W. Bush fue un fiasco
permanente.
¿Vale todo contra el terrorismo? Evidentemente que no. Hay que
vencerlo con armas democráticas y respetando los derechos humanos.
Caer en la tentación de usar otros métodos como hizo Bush, tirando
por la calle de en medio, no parece lo adecuado.