Libros, tratados, especulaciones posMarx, pero el concepto básico
terminaría por imponerse: las ideologías son sistemas teóricos
falsos integrados por conceptos políticos, sociales y morales
desarrollados para defender el poder.
Esa falsedad teórica citada en el siglo XIX creó sus oponentes y
originó luchas sustentadas en otros ideales que pretendían, y
pretenden, transformar el mundo a partir de fundamentos reales y no
ficticios, o amañados.
Larga historia de las ideas y de las revoluciones.
Desde hace mucho, el panorama mundial está bombardeado por una
ideología mundialista que a falta de argumentos racionales tiene su
principal arma en la propaganda.
Y la propaganda, a su vez, encuentra su mejor aliado en la
denominada industria cultural que, desde los Estados Unidos, se
extiende por el mundo hablando idiomas diversos y prestándole
atención a las ramas más inimaginables del consumo.
Propaganda burda dirigida a desinformados (aunque se la traguen a
regusto los colonizados mentales que nunca faltan) y propaganda
sutil para los que, creyéndose inteligentes, mantienen el foco sin
prender a la hora de enfrentar el gato por liebre.
Una de esas mentes con bombillo apagado llega y me encomia el
último premio Oscar a partir del suspenso tejido con un personaje
que representa a un zapador en Irak. Un soldado buena gente, amigo
de sus amigos, que se juega el pellejo y que luego de terminar su
servicio regresa con la familia, los niños, la placidez del hogar...
pero de pronto comprende el soldado que su sitio está en el frente
de batalla, renuncia al hot dog en el patio de su casa, a la
Coca Cola y a la pelota por televisión ¡y retorna! al país donde las
tropas invasoras que él representa han ocasionado la muerte de
decena de miles de niños que, sin ser rubios y blanquitos, son tan
niños como los niños de él.
Buena factura, excelentes escenas de guerra, suspenso hilvanado
como indican las reglas del género, pero debajo de la cáscara,
envuelto en "humanidad", el mismo mensaje de antaño: estamos aquí
porque somos los salvadores del planeta.
Sumidos en crisis económicas, problemas domésticos y otras
urgencias del día al día, muchos en el mundo pierden de vista —y
también parte de nosotros— que la industria cultural, empeñada en
acarrear agua para su molino, no duerme. Al contrario, se aprovecha
y hasta desempolva del ropero personajes tan patrióticos como el
capitán américa, vestido con los colores de la bandera
estadounidense, luchador contra Hitler en los años 40, mordedor
anticomunista durante la Guerra fría y en una desconocida encomienda
en la película que rueda en estos momentos y que, en el 2011, tendrá
exhibición garantizada en decenas de miles de pantallas de los cinco
continentes, antes de pasar al DVD y a la televisión por cable.
Parte de la crítica se desideologiza, quizá cansada de que
después de años machacando, el veneno continúa.
¿Para qué escribir, o decir más de lo mismo?, se percibe a ratos
un cierto desencanto.
Y mientras tanto, una y dos generaciones después, las películas
siguen embaucando... a los que solo reciben la película.
Al menos habría que convenir que, en buena medida, gracias a la
crítica y a la superación intelectual de los espectadores, aquellos
burdos productos del cine norteamericano se vieron obligados, en
grado sumo, a perfeccionar la propaganda, a pulir el tiro y a ser
más sutiles.
Hoy nadie concebiría un filme como Boinas verdes (1968)
con John Wayne.
Sería entonces una extraña victoria haber ayudado a que la
industria cultural (y su mundialización) se superara, corrigiera los
colores del maquillaje ––hasta se anotara puntos puramente
estéticos, hay que aceptarlo— y luego abandonarle el campo del
señalamiento y el análisis cuando más perspicacia hacía falta.
Un campo necesitado de debates, páginas en blanco para llenarlas
de confrontaciones escritas y espacios televisivos en horarios
propicios para que el espectador vea, oiga, piense acerca de
cultura, política e ideología sin correr el riesgo de cansarse, o de
quedarse dormido.
Y todo ello, con la debida amplitud, elegancia y riqueza de
razonamientos que el empeño conlleva.
Como dice Gian María Volonté en una película de los años setenta,
la ideología no la inventaron ni Marx ni Engels, estaba ahí cuando
ambos llegaron.
Y no dudo que siga estando, pero nunca sola y sin respuesta.