Segundas
partes nunca fueron buenas, dice el proverbio; pero la nueva
presentación del saxofonista brasileño Pedro Bittencourt en Cuba, no
respondió a ese conocido dicho del refranero popular.
El
intérprete, que ha tocado en diferentes escenarios de Europa y
América Latina, ofreció esta semana un concierto en el Museo
Nacional de Bellas Artes, con el que imbricó los lenguajes del
saxofón y las múltiples posibilidades de la tecnología, demostrando
que conoce uno de los secretos mejor guardados de la música
electroacústica: la capacidad de delinear un mosaico de originales
paisajes sonoros y despertar emociones en los espectadores, a partir
de la articulación de los lenguajes del hombre y las máquinas.
El bautismo cubano del artista brasileño, oriundo de Río de
Janeiro, había sido durante el pasado Festival Internacional
Primavera en La Habana. Ahora regresó a la capital para cumplir con
otro capítulo de la Temporada de Conciertos 2010 del Laboratorio
Nacional de Música Electroacústica (LNME), la cual, por cierto, ha
brindado la posibilidad de apreciar de primera mano las actuales
rutas creativas tanto de músicos de la Isla como de otras regiones
del mundo, entre ellos los locales D¢ joy
de Cuba, Rá, e Iván Lejardi y los alemanes Maral Salmassi y Zero
Cash.
El brasileño pergeñó, con técnica y sensibilidad, una mezcla de
atmósferas melódicas extraídas de cuatro obras de compositores de
Latinoamérica y España. De su interpretación resaltó, sobre todo, su
habilidad para asumir la experiencia musical como un laboratorio de
ideas, y hacer confluir sus intereses estéticos con la complejidad
de las piezas seleccionadas para su ejercicio musical.
De ese modo supo captar, con licencias del jazz, imaginación y
variedad en las instrumentaciones, la hondura y las premisas
rítmicas de Multiple Reeds, del compositor brasileño Rodrigo
Cicchelli; la fuerza expresiva y los alegóricos ambientes de
ensoñación de Bucólica, del cubano Héctor Angulo; la
complejidad estructural de La hora mágica, del argentino
Daniel Quaranta, y la sugerente simbiosis sonora de Reflux,
de la española Ariadna Alsina Tarres.
Bittencourt, de 35 años y candidato a doctor en Música, consiguió
licenciarse con honores en este concierto que le permitió, entre
otras cosas, relanzar sus horizontes creativos, y ofrecer una
relectura de la invalorable complicidad entre la música y la
tecnología.