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Una institución que renace
Por acuerdo del Consejo de Estado se restableció la
Academia de la Historia de Cuba, en el año de su centenario, a fin
de contribuir al conocimiento, los valores y la identidad nacional
Raquel Marrero Yanes
La historia posee el mágico don de atraparnos en el tiempo.
Muchos han sido los hombres que a través de los años se han
apasionado con su estudio e intentan desentrañar sus más
insospechados detalles. Sin embargo, aun persiguiendo un objetivo
común, los historiadores no indagan de igual modo la vida de los
hombres. Cada época ha tenido desde siempre su modo particular de
reflejar el pasado, de escribirlo, de rescatarlo... y cada
institución que se dedique a esta tarea, como hija de su época,
tiene un modo peculiar de hacerlo.
No
queremos que la Academia sea solo un nombre, un lugar o un grupo de
estudios, afirma Torres Cuevas.
La Academia de la Historia de Cuba es una de ellas. Para
acercarnos a sus esencias quién mejor que el doctor Eduardo Torres
Cuevas, quien tanto ha contribuido al desarrollo de las ciencias
sociales cubanas y quien, a sus múltiples responsabilidades, ahora
suma con orgullo la de ser presidente de la entidad.
La Academia de Historia de Cuba fue creada por decreto
presidencial fechado el 20 de agosto de 1910 e inaugurada el 10 de
octubre del propio año, como resultado del empeño de notables
académicos cubanos provenientes del movimiento independentista y de
la cultura cubana del siglo XIX, narra.
Su propósito siempre fue salvaguardar la historia patria en
particular y el pasado de la humanidad en general, para ello desde
su fundación muchos han tenido la misión de investigar, adquirir,
coleccionar, clasificar, redactar y presentar, documentos y objetos
que pudieran contribuir a su enriquecimiento.
La
institución está ubicada en el Colegio Universitario San Jerónimo,
en La Habana Vieja.
Junto a ella nacieron otras instituciones prestigiosas de nuestro
país, como el Archivo y la Biblioteca Nacional y la Academia de
Bellas Artes, y que proporcionaron a nuestra nación elementos
contundentes para que en el siglo XX no nos robaran ni arrancaran
nuestras tradiciones y cultura.
En sus primeros años de fundación, la Academia de la Historia
estaba integrada por 30 miembros, lo más granado del pensamiento de
la nación. Entre ellos se destacan figuras prominentes de la cultura
independentista de la época como Juan Gualberto Gómez, Fernando
Ortiz, Fernando Figueredo, entre otros.
En aquel entonces se publicó un vasto trabajo intelectual que
incluyó Anales, Anuarios, folletos, documentos... hasta libros de
rescate de las primeras historias de Cuba. Así, poco a poco, la
Academia comenzó a ganar prestigio como una de las más importantes
en el mundo.
Su resonancia internacional, sin embargo, no fue suficiente: sus
miembros no lograron ubicar a la Academia a la altura de los cambios
que se producían en el país, por lo cual no fue posible que
alcanzaran a plenitud los objetivos inicialmente planteados.
Fue así que en 1960 dejó de funcionar y su archivo y Biblioteca
se distribuyeron entre el Archivo Nacional de la Academia de
Ciencias de Cuba y al Archivo Histórico de la Revolución.
A pesar de la ausencia de la medular institución, Torres Cuevas
reconoce que en el transcurso de estos 50 años ha crecido el espacio
de los historiadores en nuestro país. En 1962 se creó la carrera de
Historia, con lo cual la especialidad entraba por primera vez a las
universidades con personalidad propia, no como una asignatura más.
RESCATANDO UNA TRADICIÓN
El Consejo de Estado acordó —el pasado mes de agosto—,
restablecer la Academia de la Historia de Cuba, como institución de
carácter nacional, consultivo, con el objetivo fundamental de
salvaguardar nuestro legado histórico. Tal decisión se dio a conocer
en acto público y solemne en la Plaza de Armas, en el centro
histórico de La Habana, en el marco de su centenario. Desde entonces
reinició sus actividades.
Con la reinauguración de la Academia, estamos rescatando una
tradición en la cual nosotros fuimos de los pioneros. En el año de
su centenario, renace como digno homenaje a quienes dedicaron su
vida a estudiar el pasado, para dejarnos un legado de estudios que
ahora retomamos los historiadores de esta época, explica Torres
Cuevas.
La Academia fungirá como máxima autoridad en la investigación,
estudio y promoción de la Historia en el país; con la misión de
cultivar, fomentar, promover, divulgar y verificar su conocimiento,
y con la enorme responsabilidad de proclamar la verdad histórica de
la nación y reafirmar nuestra identidad nacional.
Al igual que en sus años fundacionales, los miembros de la
Academia son historiadores de gran experiencia, que trabajan con
métodos, ideas y conocimientos cada vez más fuertes y reconocidos;
entre ellos podemos mencionar a María del Carmen Barcia, Sergio
Guerra, Jorge Ibarra, Eusebio Leal, Olga Portuondo, Rolando
Rodríguez, Pedro Pablo Rodríguez, y Oscar Zanetti, quienes la
integran como miembros oficiales.
Este grupo de nueve especialistas laboran en la conformación del
Manual de identidad y los Reglamentos, así como en el completamiento
del número de miembros, los cuales llegarán a ser solamente 28 y se
ganarán el nombramiento por elección y consenso.
En la conversación, el Premio Nacional de Historia (2005) precisó
que la sede de la Academia de la Historia de Cuba radica en el
Colegio Universitario San Jerónimo, en La Habana Vieja. Allí
permanecen abiertas las puertas, para que cualquier ciudadano, sea o
no historiador, consulte aspectos de su interés.
No queremos que la Academia sea solo un nombre, un lugar, o un
grupo de hombres que permanecen encerrados "en una torre aislada".
Tenemos el reto de convertirla en una institución científica,
creativa y crítica hacia sí misma y hacia la producción
historiográfica. Además, debemos concentrarnos en los problemas no
resueltos en este campo e integrar nuestro trabajo al de todas las
instituciones que en nuestro país se relacionan con la Historia. Sin
fortalecer esos nexos es imposible que podamos cumplir nuestros
objetivos.
MUCHO POR HACER
Torres Cuevas no oculta su admiración, pasión y compromiso con la
Historia. Para él, dirigir la Academia es, más que una
responsabilidad, un reto, un compromiso consigo mismo y con el
pueblo que asume con placer indefinible porque, según refiere, en
materia de historia "hay mucho por hacer y yo quiero hacer".
Sobre Cuba se escribe en todas partes del mundo, hoy somos centro
de reflexión en muchos lugares. Por ello los historiadores también
formamos parte del gran reto de prepararnos intelectual, ética y
moralmente, para enfrentar el debate internacional, opina.
"Solo el tiempo dirá si estuvimos o no a la altura de lo que se
necesita". |