Inseminadores: ¿oficio en extinción?

En Ciego de Ávila, como en todo el país, la inseminación artificial recibió contundentes golpes de los cuales comienza a recuperarse

Ortelio González

Sentados a la sombra de un arbusto, Tomás, Ortelio y Frank coinciden en que el día en que se jubilen muchos van a sentirlo, y no porque se crean imprescindibles, si no porque son dueños de un oficio casi en extinción: inseminadores artificiales de ganado vacuno.

 Fotos del autorFrank Hernández Rodríguez , con 42 años de edad, es uno de los inseminadores más jóvenes de la provincia.

Un intercambio con varios de los hombres que se dedican a esta labor en la provincia, puso de relieve que la aseveración, por categórica que parezca, cobra validez y llama a la reflexión.

MUCHO MÁS QUE AMOR

Tomás Jiménez Mora, 60 años de edad y 42 en la labor, es parte del colectivo de la Unidad Empresarial de Base (UEB) San Lorenzo, perteneciente a la empresa Pecuaria Ruta Invasora. Dicha UEB es la mejor de la provincia en la inseminación, con un 84% de hembras gestadas luego de aplicado el método, indicador de excelencia, en tanto los especialistas consideran como bueno el 50.

Jiménez asegura que todos los días recorre varios kilómetros en bicicleta para cumplir con el trabajo que, además de la inseminación, incluye darle seguimiento a las hembras gestadas y a los terneros nacidos. Reconoce que el amor por lo que realiza, unido a los nuevos sistemas de pagos, son incentivos que lo alejan de la jubilación.

En opinión de Basilio González, hay que trabajar con los jóvenes para garantizar el relevo.

"Esta actividad siempre ha sido mal remunerada, una de las causas por la que hoy no abundan quienes la realizan. Yo hablo de amor por lo que uno hace porque cuando me inicié ganaba 111 pesos con 50 centavos. Ahora es bien distinto. Algunos meses me salen en más de 1 000.

"Se perdieron muchas cosas. La disciplina fue lo primero, y en los años de carencia sobrevino la falta de termos, de nitrógeno y de otros recursos. Todo eso influyó negativamente. A ello se agrega la disminución del tiempo de los cursos a seis meses, la mitad de lo que duraban antes, cuando uno debía permanecer un año y estaba obligado a manipular los organismos muertos para familiarizarse con el aparato reproductor de las vacas. Cuando me gradué había hecho 500 diagnósticos e introducido 250 varillas. Hoy no es así".

De sus 50 años de edad, Ortelio Torres Estremera lleva 32 "fabricando" terneros. Pone sobre el tapete otra agravante: "Cuando los alumnos llegan a las unidades y chocan con la falta de transporte y las grandes distancias a recorrer, ahí mismo se marchan en busca de algo mejor.

"Muchas veces algunos se deciden por el oficio y al no tener el duodécimo grado que se les exige, no pueden ingresar en el curso. A mi modo de ver, eso es un error. Nosotros nos iniciamos con grados de escolaridad más bajos y aquí estamos la mayoría. Lo más importante es la vocación."

Frank Hernández Rodríguez, el más joven de todos los que Granma contactó, ha dedicado 23 de sus 42 años de edad a lidiar con vacas. Como el resto de sus compañeros, todos los días recorre en bicicleta más de 30 kilómetros en busca de las hembras en celo, "para ser más eficiente", afirma. "Nuestro oficio requiere de mucho amor para lograr mayor efectividad y aportar más nacimientos, que es lo que necesita el país".

LA ISLA BENDECIDA

Es cierto que en la inseminación siempre fue bendecida la Empresa Genética Isla de Turiguanó, renombrada entidad que en los años difíciles no perdió el rumbo en la aplicación de esa técnica, obligada a tenerse en cuenta cuando de desarrollar la ganadería se trata, como lo muestra el hecho de que aún mantienen la pureza de la raza del mayor hato de ganado Santa Gertrudis del país, y uno de los más grandes de América Latina.

Elementos esenciales se han garantizado hasta en los peores momentos. "La empresa jamás ha dejado de estar protegida", advierte, categórico, Basilio González Adega, jefe de producción y reproducción de ganadería en Ciego de Ávila.

Pascual Bautista Concepción Ferrer habla con la certeza que le dan 42 años en la misma profesión y empresa. Como inseminador ganó la condición de Vanguardia Nacional y, lo más importante: en poco más de cuatro décadas, según sus cálculos, "procreó" más de 30 000 "hijos".

Sin rodeos, corta por lo sano y se adentra en los vericuetos del oficio: "Quedan muchas varillas por introducir y terneros por hacer para que la ganadería se recupere, algo que no es fácil si no se trabaja con organización.

"Aquí laboramos por campaña para hacer coincidir los nacimientos en la época de primavera. Por eso tratamos de gestar de junio a noviembre.

"Es cierto que en un momento se abrió el atajo a las indisciplinas. Hemos ido cerrándolo, pero hay una verdad más grande que ese toro que ves ahí (señala con el dedo): los jóvenes no quieren ser inseminadores y si no se toman decisiones rápidas y acertadas, costará trabajo avanzar con la celeridad requerida". Y como otros protagonistas de esta historia, afirma: "Cuando no estemos los de hoy ¿qué sucederá?"

PIJIRIIGUA SE EQUIVOCA

Habrá que potenciar la inseminación artificial si se quiere recuperar el terreno perdido en la ganadería, dañada por los años de carencias, las dosis de inmovilismo y, más acá en el tiempo, por el cambio climático, que trajo prolongadas sequías.

De las 75 000 hembras en etapa reproductiva, Ciego de Ávila aplica esa técnica a unas 14 000. Es obvio que con solo el 18,7% beneficiado no es posible la recuperación ganadera con la rapidez que necesita el país.

Al año un toro por monta directa puede gestar a unas 50 hembras. Sin embargo, en igual periodo de tiempo, a ese mismo ejemplar pueden extraérsele 8 000 muestras de semen. No es lógico, que, como Pijirigua, las vacas sigan a la antigua.

 

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