El
término contemporánea que califica a la música privilegiada
por los Festivales de La Habana, iniciativa de la UNEAC que con el
apoyo del Instituto Cubano de la Música consolida cada año un
espacio de prestigio en nuestra vida cultural, puede prestarse a
equívocos.
Obviamente alude a una cualidad temporal; en sentido literal, lo
que corresponde a nuestra época. Pero también, de acuerdo a ciertas
convenciones, suele entenderse como la producción de obras de
concierto posterior a las vanguardias euroccidentales de las
primeras décadas del siglo XX.
El problema se presenta cuando se confunden y entrecruzan
criterios epocales y estéticos. Me cuento entre quienes defienden la
pluralidad y la inclusión, pero me cuesta trabajo admitir como
propuestas de nuestro tiempo obras que nos remitan a los trillados,
aunque gloriosos, caminos del romanticismo décimonónico o que bajo
el pretexto de la vuelta a la tonalidad —y la facilidad
comunicativa— no rebasen la condición del mero ejercicio académico.
Esa percepción la tuve luego de asistir a la jornada vespertina
del martes en la sala Villena, de la UNEAC. Allí escuché a
excelentes intérpretes —dúo A Piacere, el pianista Lisandro
Rodríguez, el cuarteto Ébanos de La Habana— con repertorio ajeno a
lo que pienso deben ser presupuestos de un Festival, que no puede
renunciar a ser un reflejo de las vanguardias —léase en plural— casi
siempre ignoradas en las programaciones habituales. Hago la
excepción con una pieza del cuarteto de clarinetes, La vida,
el amor, el fuego, de Guido López Gavilán: elocuente
muestra del creativo manejo de los conceptos de deconstrucción y
recodificación de un material persistente, en este caso el pasaje
más conocido de El amor brujo, de Manuel de Falla.
Si de núcleo irradiador de aventuras originales se trata habría
que situarlo en los estrenos mundiales de dos obras: Consecuencia,
de la cubana Yadira Cobo; y Trío Sonate Uno, del italiano
Adriano Galuzzi. Cobo explora y explota con conocimiento de causa y
expresión las posibilidades tímbricas, rítmicas y armónicas del
formato cuarteto de cuerdas —Caridad Despaigne, Lisbeth Sevila,
Maylín Sevila y ella misma— en una progresión que recordó, por
momentos, una inteligente asimilación del legado bartokiano. Galuzzi
concibió para tres flautas —Axel Rodríguez, Lorena Beneites y Leidis
Acosta— una obra a tres partes grávida de intenciones dinámicas, de
tensiones e intensidades admirablemente entrelazadas.
En otro orden este ha sido, como escribimos en una nota anterior,
un Festival para la guitarra, al que ha contribuido la presencia del
Ensemble de Veracruz, bajo la dirección de la maestra Martha Eugenia
Salado, quien tiende puentes entre compositores de una y otra orilla
del Golfo, al transitar entre las creaciones de los mexicanos
Mauricio Hernández Monterrubio y Gerardo Támez y el pródigo cubano
Eduardo Martín.