Del núcleo y la periferia

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

El término contemporánea que califica a la música privilegiada por los Festivales de La Habana, iniciativa de la UNEAC que con el apoyo del Instituto Cubano de la Música consolida cada año un espacio de prestigio en nuestra vida cultural, puede prestarse a equívocos.

Obviamente alude a una cualidad temporal; en sentido literal, lo que corresponde a nuestra época. Pero también, de acuerdo a ciertas convenciones, suele entenderse como la producción de obras de concierto posterior a las vanguardias euroccidentales de las primeras décadas del siglo XX.

El problema se presenta cuando se confunden y entrecruzan criterios epocales y estéticos. Me cuento entre quienes defienden la pluralidad y la inclusión, pero me cuesta trabajo admitir como propuestas de nuestro tiempo obras que nos remitan a los trillados, aunque gloriosos, caminos del romanticismo décimonónico o que bajo el pretexto de la vuelta a la tonalidad —y la facilidad comunicativa— no rebasen la condición del mero ejercicio académico.

Esa percepción la tuve luego de asistir a la jornada vespertina del martes en la sala Villena, de la UNEAC. Allí escuché a excelentes intérpretes —dúo A Piacere, el pianista Lisandro Rodríguez, el cuarteto Ébanos de La Habana— con repertorio ajeno a lo que pienso deben ser presupuestos de un Festival, que no puede renunciar a ser un reflejo de las vanguardias —léase en plural— casi siempre ignoradas en las programaciones habituales. Hago la excepción con una pieza del cuarteto de clarinetes, La vida, el amor, el fuego, de Guido López Gavilán: elocuente muestra del creativo manejo de los conceptos de deconstrucción y recodificación de un material persistente, en este caso el pasaje más conocido de El amor brujo, de Manuel de Falla.

Si de núcleo irradiador de aventuras originales se trata habría que situarlo en los estrenos mundiales de dos obras: Consecuencia, de la cubana Yadira Cobo; y Trío Sonate Uno, del italiano Adriano Galuzzi. Cobo explora y explota con conocimiento de causa y expresión las posibilidades tímbricas, rítmicas y armónicas del formato cuarteto de cuerdas —Caridad Despaigne, Lisbeth Sevila, Maylín Sevila y ella misma— en una progresión que recordó, por momentos, una inteligente asimilación del legado bartokiano. Galuzzi concibió para tres flautas —Axel Rodríguez, Lorena Beneites y Leidis Acosta— una obra a tres partes grávida de intenciones dinámicas, de tensiones e intensidades admirablemente entrelazadas.

En otro orden este ha sido, como escribimos en una nota anterior, un Festival para la guitarra, al que ha contribuido la presencia del Ensemble de Veracruz, bajo la dirección de la maestra Martha Eugenia Salado, quien tiende puentes entre compositores de una y otra orilla del Golfo, al transitar entre las creaciones de los mexicanos Mauricio Hernández Monterrubio y Gerardo Támez y el pródigo cubano Eduardo Martín.

 

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