En 1960, los ciudadanos de EE.UU. se encontraban en el quinto
lugar, apenas detrás de dos países escandinavos, Holanda y
Australia. Tardaron 40 años en perder 19 puestos y 10 más en
descender otros 25. Entre las causas de este auténtico colapso de su
esperanza de vida figuran la obesidad, el tabaquismo, el
alcoholismo, la mala alimentación, las enfermedades mal curadas, la
violencia y otros problemas típicos de países que tienen un índice
de desarrollo humano mucho peor.
Y ya no es tabú, ni siquiera en los principales diarios, como el
The New York Times o The Wall Street Journal, hablar
abiertamente de decadencia del país de Barack Obama, que inicia su
noveno año de guerra en Afganistán, llegando incluso en algunos
casos a describir la situación nada menos que como "el colapso del
imperio estadounidense".
Diversas estadísticas, análogas a las citadas de la esperanza de
vida, confirman un empeoramiento aparentemente imparable de la
calidad de vida: a finales del 2009, el National Center for
Health Statistics (Centro nacional de estadísticas sanitarias)
colocó al país en el puesto 30 del mundo en materia de mortalidad
infantil, uno de los parámetros básicos del desarrollo. Los recién
nacidos estadounidenses mueren por razones similares a las de los
adultos, debido a un inadecuado modo de vida "de pobres" (para más
detalles, véase http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20361522?dopt=Abstract);
el número de nacidos prematuros, una de las principales causas de
mortalidad infantil, es de más de dos veces el de Finlandia. Pero lo
malo del asunto es que si las Naciones Unidas coinciden en términos
generales, y colocan a EE.UU. en el lugar 33, los cálculos de la
propia Central Intelligence Agency (CIA), lo relegan a la 46
posición, en cualquier caso, detrás de Cuba, situada en torno al 28
puesto, casi a la par con Italia. Además, todas las estadísticas o
estimaciones relativas al 2009 o 2010 fueron significativamente
peores que las de solo una o dos décadas atrás y, a pesar de que la
crisis es un hecho global, no hay ningún otro país que registre un
descenso tan acusado en los indicadores de calidad de la vida.
Incluso después de sobrevivir los primeros doce meses, los niños
y los adolescentes de EE.UU. no están a salvo. Según UNICEF, entre
los 20 países más ricos del mundo, Estados Unidos es el segundo peor
en lo que se refiere al bienestar infantil. Solo le precede el Reino
Unido, último de una liga que contempla a los Países Bajos en el
primer lugar y a Italia en el octavo. En la escuela las cosas van
también de mal en peor: los estudiantes estadounidenses ocupan el
puesto 27 entre 33 países de la OCDE en cuanto a resultados en
humanidades, y el 22 en asignaturas científicas. Esto significa que,
para mantener el liderazgo, ya no basta con las prestigiosas
universidades de la Ivy League y la abundancia de premios
Nobel, si las masas tienen una educación muy pobre.
Hay muchas estadísticas e informes que hablan de un país que está
despeñándose rápidamente, en ámbitos que van desde la escasa
estabilidad del sistema bancario, a la drástica reducción del
transporte público. En las ciudades y las poblaciones menores, para
hacer frente a la crisis se suprimen líneas enteras de autobuses y
trenes. Las investigaciones apuntan a la deuda estratosférica para
afirmar la necesidad (sic) de reducir la escuela obligatoria en
algunos Estados. Todo ello sin olvidar la tragedia de más de dos
millones de personas en prisión o la congelación de los sueldos de
los soldados en servicio de armas. Algunos observadores del propio
país hablan ahora abiertamente de decadencia del imperio. Basta con
echar un vistazo a este artículo de The New York Times (http://www.nytimes.com/2010/08/07/us/07cutbacksWEB.html)
o a este otro de The Wall Street Journal (http://online.wsj.com/article/SB10001424052748704913304575370950363737746.html)
para entender que, al otro lado del Atlántico, algo muy importante
está sucediendo con una rapidez inesperada.
The Wall Street Journal, la Biblia del capitalismo mundial,
cuenta en el artículo mencionado la renuncia a asfaltar miles de
carreteras en diversas regiones de Estados Unidos, porque ya no hay
dinero para hacerlo. John Habermann, profesor de la Universidad de
Purdue, concluye que Estados Unidos está regresando a la edad de
piedra, refiriéndose a la piedra picada sobre la que deben conducir
los ciudadanos del país que inventó la cultura del automóvil. Si el
profesor John Habermann, que ha impartido recientemente un taller
titulado Back to the Stone Age (De vuelta a la Edad de
Piedra), dedicado precisamente a la reaparición de caminos de
tierra, exagera en cuanto al tamaño del salto hacia atrás, Glenn
Greenwald, de Salon, y muchos con él, están de acuerdo en algo que
hace solo diez años hubiéramos considerado impensable de ver en el
curso de nuestras vidas: el colapso de EE.UU. (Fragmentos tomados
de Rebelión)