Cuando
los apaleados por la vida encuentran el modo de devolver sueños en
lugar del golpe, un crecimiento inconmensurable se les percibe al
pasar del lado de sus semejantes. Y cuando siembran luceros y abren
ventanas sin cansarse, espantan, aun sin proponérselo, la crueldad,
el frío y el miedo.
Justo por esa talla alcanzada, los amigos entrañables de Fayad
Jamís, —el poeta que parecía y era, al decir de Retamar, un príncipe
árabe, teniendo en cuenta su abolengo libanés— se reunieron en el
centro Dulce María Loynaz para celebrar a base de poemas y
remembranzas el que fuera su cumpleaños ochenta.
No bastaron para homenajearlo las disímiles imágenes que de él
nos regaló con sus vivencias junto al Moro, el poeta Luis Marré,
quien lo visitaba frecuentemente y tuvo la suerte de escucharle,
además de unos sonetos inéditos compuestos como en broma, el
fragmento de una novela que pensaba publicar si la vida le permitía
esa gracia. Ni fue suficiente la disertación que sobre su faceta de
artista de la plástica hiciera Pedro de Oraá, quien como él es
pintor y poeta.
La crónica nacida de la pluma de Jaime Sarusky nos lo devolvió
por las calles de un París frío y precario cuyo escenario
compartieron ambos intelectuales y cuyas parecidas circunstancias
terminaron acercándolos más aún. Mientras, Pablo Armando Fernández
lo ubicó después del triunfo revolucionario, en el regreso a la
Patria —pues aunque nacido en México, cubano se sentía—, cuando ya
le empezaba a brotar una poesía que abandonando el neorromanticismo
buesiano se elevaba hasta una obra de vanguardia y comprometida, que
debía serlo Por esta libertad que Cuba acababa de conquistar.
De espíritu presente, gracias al conjuro de las recordaciones,
alcanzó Fayad a escuchar algunas cartas que a la cita habían enviado
para que fueran leídas allí quienes por alguna razón no podían
estar, como las palabras que para la ocasión escribió Roberto
Fernández Retamar.
Otros poetas leyeron los versos de este bardo que convertía en
"obra de arte cualquier superficie dibujable" y cuyas dotes
plásticas fueron reconocidas por el surrealista André Breton y el
dadaísta Tristán Tzara.
También se habló allí de su asombrosa valentía, del pasmoso
orgullo que lo hizo mirar a la muerte de frente y aceptarla. A fin
de cuentas los puentes, que una vez fueron motivos poéticos para él,
están ahí para ser levados por encima de pequeñeces como el adiós
físico. Ya al abrir la verja de hierro nos lo había advertido:
Qué importa entrar o salir o desnacer. / Me quito los zapatos/ y los
lanzo ciego, amorosamente, contra el mundo.