Nos
habían sorprendido, en la huida yo perdí mi mochila, alcancé salvar
la frazada nada más, y nos reunimos un grupo disperso. Fidel había
salido con otro grupo. Éramos unos 10 o 12. Y había más o menos una
ley no escrita de la guerrilla que aquel que perdía sus bienes
personales, lo que todo un guerrillero debía llevar sobre sus
hombros, pues debía arreglárselas. Entre las cosas que había perdido
estaba algo muy preciado para un guerrillero: las dos o tres latas
de conserva que cada uno tenía en ese momento.
Al llegar la noche, con toda naturalidad cada uno se aprestaba a
comer la pequeñísima ración que tenía, y Camilo, viendo que yo no
tenía nada que comer, ya que, la frazada no era un buen alimento
compartió conmigo la única lata de leche que tenía, y desde aquel
momento yo creo que nació o se profundizó nuestra amistad.