¿Cómo vas a decir eso, si cuando llegaste en enero los muertos se
amontonaban en las calles?, había vuelto a inquirirme. Y yo, acepté.
Sin embargo, las imágenes que se acumulaban en mis pupilas, acabadas
de acopiar en las calles de esta ciudad de nombre rimbombante, me
hablaban de otra muerte. Esta vez de una muerte en vida que se
consume en cada uno de los campamentos, donde miles de personas
viven en condiciones infrahumanas. Sí, es cierto, ahora no se
acumulan los muertos en las calles, pero la existencia atroz de
quienes lo perdieron todo aquella tarde del 12 de enero no es
sinónimo de vida, más cuando se suman el peligro de las epidemias,
la desesperanza por el inmovilismo de una reconstrucción que tarda
demasiado en hacerse visible, el olvido pronosticado de quienes
alguna vez prometieron ayudar...
Allí están, a diez meses de la tragedia, los mismos campos
repletos que se eternizan entre el hacinamiento, la suciedad, el
hambre, las lluvias de cada noche, y que van formando parte de la
cotidianidad lastimosa de Puerto Príncipe. Muchos sitios continúan
luciendo la caprichosa forma que el infortunado terremoto les dejó
de un tirón. Es que, como me comentó aquella traductora con nombre
de flor (Mirlo) frente a una mole zarandeada sin piedad: "Quienes
perdieron su casa, no tienen dinero para pagar la demolición, solo
les queda armar su tienda de campaña en los alrededores". Y así es.
Por eso Jean, un señor de 50 años, desde hace meses derriba a
mazazos lo que alguna vez fue su hogar. O Joseph, un joven de pocas
esperanzas, pasa los días armando bloques que pueden no estar bien
hechos pero lo protegerán más que el pedazo de nailon que ahora es
su casa, y quizás hasta logre vender algunos "aunque la cosa está
mala. La gente no tiene dinero, cuando ganan algo es para alimentar
a la familia". Y entre esas historias tristes, entre esas palabras
que por lo general se dicen apenadas, con la mirada gacha, hallé la
de Berta, quien con siete meses de embarazo vive en uno de los
campamentos cercanos al aeropuerto internacional, donde esta capital
muestra su primera imagen: la de miles de casas de campaña sucias,
repletas de inmundicias, asfixiadas por un hedor lacerante...
Berta tiene 37 años. Su hijo más pequeño solo cuenta tres; el
mayor cumplió 18. El que está por venir al mundo es el cuarto
embarazo de esta mujer, que desde aquel martes aciago vive con sus
retoños en una tienda deplorable. Pero, según cuenta, la "casa" ha
mejorado. Entonces me enseña, a paso lento pues tiene las piernas
hinchadas, unas tablas que parecieran apuntalar la nada y un candado
que intenta asegurar lo poco. Y si la tragedia de Berta fuera única,
quizás el dolor por tanta noble gente no fuera así de ofensivo.
Entonces recorro la ciudad buscando cambios diez meses después
del temblor de tierra que apagó la vida de 230 000 personas,
buscando cielos más claros en el infierno de este mundo. Aunque, la
noticia de que ha llegado a este país menos del 20% de la ayuda
internacional prometida auguraba pocas transformaciones. Y así fue,
más allá de una feroz campaña electoral, que invade cada espacio,
cada segundo de tiempo, Puerto Príncipe tiene poco nuevo que
enseñar.
Son 19 los candidatos a la presidencia, los mismos que mandan a
colgar sus imágenes elegantes y felices en cualquier sitio. Puede
ser en una valla de la avenida principal, puede ser también la
fachada de cualquier tienda, quizás como símbolo esperanzador de
aquellos que no saben a quién más encomendar su suerte. Y así hablan
algunos en las calles: "Poco se dice de la reconstrucción de Haití,
de los planes para sacar a los que viven en los campos de
desplazados. Ahora lo más importante son las elecciones de
noviembre, mientras la gente tiene hambre, los niños siguen sin ir a
la escuela...". Estas son las palabras de Manuel, un chofer que ve
su futuro en otro país.
En medio de tal desazón, otra vez Haití vuelve a ser noticia.
Como siempre son sus muertos motivo de titulares ¿Podría este país
soportar una desdicha más? Sí que puede. Esta vez es el cólera, del
que no se tenía constancia aquí en el último siglo, quien se cobra
vidas, como si la devastación de enero no hubiera sido suficiente.
Los números apuntan a 295 muertes y 4 147 enfermos, mientras los
temores de que la enfermedad se extienda a los caóticos campamentos
de la capital parecen más que ciertos. Es que esta enfermedad,
denuncia de una insalubridad extrema, encontraría caldo de cultivo
allí donde escasea el agua potable, donde la palabra saneamiento ha
sido borrada. Y por si resultara poco: ¡la cepa de la bacteria que
afecta a Haití es la del tipo 01, la más grave!
Ahora cuando la comunidad internacional parece darse cuenta,
lamentablemente de manera efímera, que el país más pobre de América
continúa allí con todas sus calamidades, recuerdo la primera
sensación que Puerto Príncipe brindó a quienes llegamos en aquel
enero de tristezas. Entonces había escrito: "Haití duele,
encoleriza, entristece...". Diez meses después podría repetir las
mismas palabras. Podría decir también, con el orgullo de sentirme
cubana hasta los tuétanos, que nuestros médicos no llegaron porque
estaban desde antes, que no se fueron porque había mucho que sanar,
que siguen aliviando porque quizás con ellos este Haití nos duela
menos.