Centenario de su natalicio

El imprescindible legado del Kid

ARIEL B. COYA

Un día como hoy, hace exactamente cien años, nació en una humilde cuartería del Cerro, Eligio Sardiñas Montalvo. Quizá solo unos pocos lo recordarán por ese su verdadero nombre, pero sin dudas serán muchos más quienes lo evoquen con justicia por el que encumbró su leyenda en el boxeo de todos los tiempos: Kid Chocolate.

Porque fue ese y no otro el mote con el cual se hizo célebre a puño limpio en los grandes escenarios neoyorquinos de Fistiana, desde el Polo Grounds hasta el Madison Square Garden, donde llegó a ostentar simultáneamente las fajas mundiales en los pesos pluma y ligero junior del boxeo profesional, allá por los años 30 del siglo pasado.

Pero el Kid comenzó a pelear desde mucho antes cuando, con un cajón de limpiabotas o un mazo de periódicos bajo el brazo, debió aprender por las malas a esquivar el hambre y a contraatacar la pobreza para ayudar al sustento de su familia, tras la muerte de su padre. Contaba entonces tan solo cinco años de edad.

Su debut oficial, no obstante, se produjo el 8 de diciembre de 1927, cuando venció en seis rounds a Johnny Cruz y se granjeó la simpatía de quien sería su representante, gerente y amigo, Luis Felipe "Pincho" Gutiérrez.

Precisamente a Pincho se debe en gran medida la confusión sobre la fecha de nacimiento del Kid, que en la reconocida revista The Ring aparece recogida como el 6 de enero de 1907, pues —señala el acucioso cronista Elio Menéndez— para llevarlo a la Gran Manzana decidió inflar su historial. Así no solo sugirió que su talentoso pupilo había barrido en 121 peleas en la capital cubana propinando 107 nocaos, sino que encima adulteró su edad, dado que el reglamento vigente en los Estados Unidos estipulaba que para pelear más de ocho asaltos el boxeador debía tener cumplidos los 21 años.

Una vez en Norteamérica, el resto fue historia. El 15 de julio de 1931, el Kid conquistó el título mundial ligero en Filadelfia y un año más tarde se ciñó la faja del peso pluma, ganando ambos pleitos por nocao. Así coronaba una brillante carrera (1928-1938) que lo llevó a acumular 136 victorias, por solo diez derrotas y seis veredictos nulos frente a rivales como Al Singer, Fidel LaBarba, Benny Bass, Lew Feldman, Joey Scalfaro, Jack Kid Berg, Tony Canzoneri...

Justamente Canzoneri fue el único que consiguió salir ileso de los embates del púgil cubano, a quien derrotó par de veces, recetándole uno de los dos nocaos que recibió Chocolate en toda su trayectoria.

Ya para entonces, el Kid no era el mismo. Los excesos de una vida licenciosa que lo llevaron a codearse con actrices como Pola Negri y la Misttinguette, entre muchos otros amores, provocaron que la sífilis acelerara su declive, al consumir el vigor de sus 23 años, privándolo especialmente de su portentosa velocidad de piernas.

Así poco a poco su estrellato fue apagándose casi de la misma manera meteórica en que se había producido, no obstante la influencia que tuvo su particular estilo de pelea en el boxeo moderno. Porque en sus buenos tiempos el Kid era algo tremendo, como bien justifica que su sola presencia llegase a paralizar el tráfico en el cruce de Broodway y la 47, cuando los agentes de la autoridad le exigían que garabateara un autógrafo en sus cuadernos de multas (hazaña solo igualada por el actor Rodolfo Valentino, el aviador Charles Lindbergh, o el ilustre jonronero Babe Ruth).

Sobre el cuadrilátero semejaba más un vendaval que atormentaba al contrario sin tregua, con sus jabs certeros y una rapidez fulminante, aun cuando su mayor orgullo era bajar del ring fresco como una lechuga y sin despeinarse. De manera que, según escribía un cronista de la época, pegaba hasta el crimen mientras rozaba los límites del arte. No en vano, sin ser un gran pegador, llegó a vencer en 51 ocasiones por KO, al punto de que el propio Chocolate llegó a declarar: "El boxeo soy yo".

Y en ello, más que todo, reside su grandeza. Porque el Kid pertenece al bando de los pioneros. Antes de él, no había nada, o apenas había nada. El estilo del boxeo cubano, más que una consecuencia de su propio estilo, es en parte su legado. Los púgiles cubanos están en deuda eterna con él.

 

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