Es un libro que, al decir del poeta Sigfredo Ariel, se lee de un
tirón. Y es cierto, sus 99 páginas, que ganaron como epíteto de su
propio autor "el libro más pequeño y anémico que he escrito", tiene
la mágica suerte —lo cual suele pasar tratándose de Chavarría— de
adherirse al lector que bebe, de una sentada, once narraciones donde
se mezclan cuentos, vivencias, meditaciones y ficciones que gozan,
aun en la brevedad, de un denso mensaje único y virtuoso a pesar de
su pluralidad temática.
Así, en el volumen a cuya portada asoma sobre una mesa bien
vestida la verde imagen del aguacate y en cuyas páginas un manojo de
textos cortos pero harto apetitosos sucumben bajo el título de El
aguacate y la virtud, se suceden historias, unas consideradas
como "lo que en literatura se conoce como cuento" y otras con formas
cercanas al llamado periodismo literario.
La fértil e inagotable imaginación chavarriana consigue novedosos
vuelos. Así ocurre en el cuento El desmemoriado, cuyo
enunciado remite a los cubanos, conocedores de sus versos, a José
Martí, por la historia de la niña de Guatemala, donde el entonces
joven héroe se asume a sí mismo como tal. Bajo el molde de una
epístola, el autor revela misterios que bien pudieron habitar el
alma martiana.
En Por culpa de un jodido bicho español, el ingenio lo
lleva a escribir un cuento, bien elaborado y eficaz, que gusta de
leer "porque ha sido escrito para ser dramatizado". Contrastes y
analogías que emparentan a los héroes de diferentes latitudes pero
de idénticas resonancias cosmopolitas asoman en El Che y
Garibaldi, comentario cuyos referentes se engrandecen desde sus
propias proezas pero que se hacen más nítidas por el estilo con que
son esbozados.
Recetas y fórmulas —de cocina, de cómo se hace un escritor, de
cómo se nutre el espíritu— podrán hallarse en otros textos incluidos
en este manual de inusitadas temáticas, donde aun cuando lo
propiamente autóctono, como con respecto a América pueda ser el
aguacate, queda exaltado, también hace valer la siguiente
recomendación:
"Sueño con que los niños aprendan desde muy pequeños a no
empecinarse en lo habitual. Que aprendan, sí, a amar y a defender lo
suyo: su patria, sus tradiciones; pero se les enseñará también que
en el mundo existen otras muchas cosas buenas. Y que a lo bueno no
se accede sin pasar algún trabajo. Los pedagogos enseñarán a
disfrutar la diversidad y a cultivar la tolerancia. Y formarán
mejores niños, inteligentes y respetuosos de los demás".