El último jueves, mientras se daba a conocer el Mensaje de
Fidel contra la guerra nuclear, una noticia alarmante circulaba
desde Washington. La agencia EFE reportó textualmente este 21 de
octubre:
"El ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton perdió durante
meses la tarjeta que lleva los códigos necesarios para activar un
ataque nuclear en caso de amenaza, según revela en un libro uno de
los funcionarios militares de su administración.
"‘Durante la administración de Clinton los códigos desaparecieron
durante meses’, dijo el general Hugh Shelton, que fue presidente del
grupo que asesoraba en asuntos militares al mandatario, en una
entrevista con la cadena ABC que hoy recoge la prensa local."
La tarjeta, conocida en Washington como ‘the biscuit’ (la
galleta), contiene los códigos nucleares más importantes, capaces de
desatar una secuencia de ataque a nivel global y que el presidente
debe llevar consigo en todo momento dentro de un maletín negro que
acarrea uno de sus asesores.
No es la primera vez que la historia del despiste de Clinton sale
a la luz, pues el propio ex presidente tuvo que admitirlo en 1999
después de que Robert Patterson, quien fue teniente coronel de las
Fuerzas Armadas, lo publicara también en sus memorias.
Sin embargo, Patterson no indicó cuánto tiempo estuvieron
perdidos los importantes códigos, y señaló que el incidente ocurrió
en 1998.
En cambio, el descuido que relata Sheldon en su libro "Without
Hesitation: The Odyssey of an American Warrior" ocurrió
supuestamente en 2000, y duró varios meses.
El que fuera portavoz de Clinton, Joe Lockhart, explicó en 1999
el primero de los incidentes al decir que el ex presidente olvidó su
maleta al abandonar una reunión de la OTAN con mucha prisa, según el
diario New York Post.
Del segundo despiste, el revelado por Sheldon, aún no ha habido
ninguna reacción oficial.
Si lo que dice Shelton fue cierto, estamos ante un episodio que
revela cuántos riesgos puede correr el género humano en la era
nuclear. Quién sabe lo que un individuo irresponsable, un halcón del
Pentágono o simplemente alguien imbuido por la demencial idea de
ejercer la hegemonía sobre la base del empleo de armas de
destrucción masiva, hubiera hecho con ese poder en sus manos.
Hoy día sabemos cómo hay líderes políticos de potencias nucleares
que tienen sus dedos en el gatillo del disparador de esas armas. Son
gente convencida de que la bomba y la amenaza de lanzarla en
cualquier momento es lo que los hace más fuertes.
En abril pasado Selig S. Harrison, director del Programa Asia en
el Centro de Política Internacional de Washington, contaba en un
artículo cómo "el belicoso general Kevin Chilton, comandante de la
Stratcom" el 11 de noviembre del 2009 "predijo que Estados Unidos
dentro de cuarenta años todavía tendría necesidad de armas
nucleares" y "el 15 de diciembre del 2009, durante una conferencia
organizada por el programa de información nuclear, con el apoyo
financiero de la Stratcom, en la cual participaban 105 expertos
militares y especialistas en el control de armamentos, fue más claro
al asegurar: ‘Necesitaremos armas nucleares mientras Estados Unidos
exista’".
El año pasado, el Buró Internacional de la Paz, organización con
sede en Ginebra, publicó un libro de 170 páginas escrito por Ben
Cramer bajo el título Armas nucleares, ¿a qué costo?, en el
que tras puntualizar los daños que puede originar un conflicto
bélico de tal naturaleza, puntualiza cómo mantener el arsenal
nuclear costaba todavía 145 millones de dólares por día en el
2007-2008, en Estados Unidos; 18 millones en Rusia; 12,4 millones en
China; 12,3 en Francia; 8,4 en India; 4,2 en Israel. Al comentar el
libro, el periodista y escritor Alain Joxe concluía: "Todo esto
justifica la reconsideración (de estas armas) y su desmantelamiento
a cualquier precio".
Tales cifras exorbitantes deben ser contrastadas con la contenida
en el informe de la FAO sobre la situación alimentaria en el mundo,
dado a conocer el 14 de septiembre de este 2010: nada menos que 925
millones de personas padecen de hambre. El director general de la
organización, Jacques Diouf, dijo durante la presentación del
informe: "Cada seis segundos muere un niño por problemas
relacionados con la desnutrición".
La conclusión es sencilla: cuántas vidas se salvarían si los
fondos destinados a sostener los citados arsenales se dedicaran a
alimentar a los seres humanos.
Ante tales realidades, las reiteradas y lúcidas advertencias de
Fidel en sus Reflexiones y el mensaje del pasado jueves 21 no solo
merecen ser escuchadas sino generar compromisos en la lucha por la
paz y el triunfo de la cordura y la razón. Porque como dijo en su
mensaje:
"Los pueblos están en el deber de exigir a los líderes políticos
su derecho a vivir. Cuando la vida de su especie, de su pueblo y de
sus seres más queridos corren semejante riesgo, nadie puede darse el
lujo de ser indiferente, ni se puede perder un minuto en exigir el
respeto a ese derecho; mañana sería demasiado tarde".