La TVC, que en un inicio salió al aire con dos plantas, el canal
4 (Unión Radio TV), de Gaspar Pumarejo, y el canal 6 (CMQ TV),
perteneciente a los hermanos Mestre Espinosa, hoy cuenta con cinco
canales de programación variada que transmiten en todo el territorio
nacional, uno satelital (Cubavisión Internacional), 15 telecentros
territoriales y varias emisoras locales.
Signada por las épocas y situaciones económicas que le ha tocado
vivir, la TVC ha llevado a los transmisores momentos importantísimos
de la historia, y ha sido testigo del nacimiento y desarrollo de
muchos de nuestros grandes directores, periodistas, locutores y
artistas como Consuelito Vidal, Germán Pinelli, Enrique Arredondo,
Eddy Martin, Rosita Fornés, María de los Ángeles Santana, entre
otros.
Sesenta años de trabajo continuado no es tarea fácil para ninguna
empresa de servicio público, más cuando en las últimas cinco décadas
se ha apartado de los contenidos comerciales de la publicidad. De
modo que la TVC ha tenido que sortear múltiples avatares para
mantenerse en sintonía con la población.
Cuando en 1960 se reestructuró la concepción de la programación
publicitaria y la TVC se orientó en función de las prioridades
sociales con un cambio gradual del discurso, el contenido y la
forma, una nueva estética audiovisual invadió los telerreceptores.
Los nuevos códigos supieron ganarse a los espectadores. Programas
humorísticos, novelas, musicales, series infantiles, aventuras y
teleteatros que aún conservan en la memoria distintas generaciones,
se consolidaron como productos artísticos dentro de la reorientación
de la teledifusión.
Ninguna otra televisión en el mundo —dicho sea esto sin asomo de
chovinismo— ha consolidado una vocación didáctica y pedagógica como
la que se refleja en Universidad para Todos y las teleclases.
Ninguna otra tampoco puede exhibir un expediente tan prístino en el
reflejo de la realidad política, ajena a manipulaciones
sensacionalistas y a especulaciones de cualquier tipo.
Sin embargo, y hay que ser objetivos, actualmente muchos anhelan
sentarse delante del televisor y disfrutar de un producto nacional
de buena calidad temática o técnica.
Si bien medio siglo de bloqueo por parte de Estados Unidos ha
limitado la productividad y el acceso tecnológico, no es menos
cierto que la disminución de los siempre preferidos dramatizados en
los últimos años no responde solamente a factores económicos. ¿No
fueron acaso en los noventa cuando salieron al aire aventuras tan
gustadas como Shiralad y Blanco y negro o series que,
como Memorias de un abuelo, abordaban temas históricos de una
manera amena, instructiva?
En esta última década, aunque han visto la luz producciones tan
excelentes como La sombrilla amarilla, se ha echado en falta
buenos guiones en pantalla, ha abundado la saturación de los temas y
muchas veces la oscilante calidad ha provocado cierta indiferencia
ante los productos nacionales de orientación masiva.
Ver televisión constituye una de las prácticas culturales de
mayor preeminencia en la Isla. Decenas de miles de televidentes
consumen a diario materiales audiovisuales nacionales y extranjeros,
estos últimos tampoco exentos de desigualdades cualitativas. No
obstante, es en lo nacional donde nuestro pueblo —que acepta
muchísimas temáticas— exige la calidad que antaño convirtió a la TVC
en una de las más fructíferas y de mejor factura de Iberoamérica.
Preferencia o necesidad, lo cierto es que la TV ocupa un lugar
privilegiado en cada uno de los hogares. De ahí que la conmemoración
del sexagésimo aniversario del medio constituya motivo de júbilo y a
la vez de reflexión tanto para los artistas, técnicos y trabajadores
de la TV como para los telespectadores.