Escritura de carácter programático —es posible asociar en su
desarrollo imágenes relacionadas con el júbilo y la nostalgia, la
melancolía y la danza en las calles habaneras—, la banda de Wynton
Marsalis, con la adición de Yaroldi Abreu en las tumbadoras, Dreiser
Durruty en los bongoes y el siempre sorprendente Pancho Terry en el
chequeré, ejecutó con ejemplar conocimiento de causa y destino esa
obra que adelantó el camino hacia lo que sucedería a continuación
sobre el escenario.
De modo que el ejercicio autoral del contrabajista Carlos
Henríquez con su 2/3’ adventures vino a situar otra
perspectiva del maridaje entre el swing y el montuno, matizada por
los deslumbrantes solos del trompetista Marcus Printup y el pianista
Dan Nimmer.
En el programa no podía faltar la evocación del danzón, en este
caso Almendra, de Abelardo Valdés, en una orquestación
sumamente interesante del trombonista Vincent Gardner, en la que
deconstruyó los motivos de la pieza cubana para reinsertarlos en
dinámicas tímbricas y rítmicas inusitadas hasta desembocar en un
diálogo entre la flauta y la base orquestal, enriquecida por la
improvisación extraordinaria de Orlando Valle, Maraca, quien
reafirmó su indiscutible jerarquía.
A esas alturas llamó la atención de una pieza de John Coltrane
arreglada por Marsalis —¡lecciones magistrales en los solos del
director de la JLCO y el trombonista Elliot Mason!—: Resolution,
de la suite A Love Supreme (1964), originalmente grabada por
un cuarteto completado por McCoy Tyner, Elvin Jones y Jimmy Garrison.
Quizá ello encuentre explicación en la contribución del notable
saxofonista a la apreciación de las músicas latinas y africanas para
el desarrollo del género.
La magia se adueñó de la escena cuando irrumpió Bobby Carcassés
para interpretar un Como fue (Ernesto Duarte, arreglo de Ali
Jackson) único e irrepetible, en el que el jazzman cubano por
excelencia derrochó ingenio, espectacularidad y sutileza en el canto
y el scat.
Justicia es la palabra que cabe para calificar la presencia
sonora de Siboney, de Ernesto Lecuona, revisitada
orquestalmente por Carlos Henríquez. Debe recordarse el alcance
universal de este tema, que permitió encauzar imágenes sugerentes en
los solos del saxofonista Shernan Irby y el pianismo de Dan Nimmer.
Todo quedó dispuesto entonces para que Chucho Valdés refrendara
su imperio en los territorios del jazz latino. Si Chico O’ Farrill
enalteció hacia la medianía del siglo pasado la aflluencia del
caudal cubano en el mainstream jazzístico, el gigante de
Quivicán lo hizo crecer en 1969 cuando compuso Misa negra.
Mientras más tiempo pasa, la Misa... adquiere nuevas
magnitudes, como fue el caso de esta velada mediante el sólido
empaque instrumental de la JLCO, la inserción de un canto nacido del
más delirante sincretismo espiritual, el despliegue rítmico de
Yaroldi Abreu, Lázaro (El Fino) Ribero y Juan Carlos (El Peje)
Rojas; la intensidad del sonido del saxofonista Carlos Hernández, la
raigambre mítica de una breve pero medular intervención de Wynton
Marsalis, y la propia invención pianística de Chucho, con un solo
que si bien distó de integrarse a la lógica discursiva de la
partitura, evidenció el señorío, la imaginación y la poética de un
pianista de la más auténtica vanguardia.
Y como para Chucho, al igual que muchos otros, el Caribe tiene su
frontera norte en Nueva Orleáns, la obra por él dedicada a la cuna
del jazz, devino homenaje a las esencias, reflejadas en la sección
final por una orquesta que se remontó a los tiempos gozosos del
Mardi Gras.
De ñapa, una delicia del viejo Duke Ellington: mirada pícara y
agradecida hacia los ritmos criollos de la Louisiana y el Caribe
anglófono. Como para decirnos que todas esas músicas descendieron de
los barcos y fecundaron la libertad espiritual que le fue negada a
los ancestros.