Adelante la conexión latina

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Todo comenzó como debía en el segundo concierto habanero de la Jazz at Lincoln Center Orchestra, en el teatro Mella. O al menos desde una de las puntas del ovillo que no se puede obviar si se trata de desenredar la madeja de los entrañables vínculos entre las músicas y los músicos de Cuba y Estados Unidos. Porque entre los fundadores de esa relación con el jazz, específicamente con el formato de las grandes bandas (big bands) no es posible obviar a Arturo Chico O’ Farrill (1921) y su Suite afrocubana (1950).

Foto: Yander ZamoraBobby Carcassés en una interpretación de altos quilates.

Escritura de carácter programático —es posible asociar en su desarrollo imágenes relacionadas con el júbilo y la nostalgia, la melancolía y la danza en las calles habaneras—, la banda de Wynton Marsalis, con la adición de Yaroldi Abreu en las tumbadoras, Dreiser Durruty en los bongoes y el siempre sorprendente Pancho Terry en el chequeré, ejecutó con ejemplar conocimiento de causa y destino esa obra que adelantó el camino hacia lo que sucedería a continuación sobre el escenario.

De modo que el ejercicio autoral del contrabajista Carlos Henríquez con su 2/3’ adventures vino a situar otra perspectiva del maridaje entre el swing y el montuno, matizada por los deslumbrantes solos del trompetista Marcus Printup y el pianista Dan Nimmer.

En el programa no podía faltar la evocación del danzón, en este caso Almendra, de Abelardo Valdés, en una orquestación sumamente interesante del trombonista Vincent Gardner, en la que deconstruyó los motivos de la pieza cubana para reinsertarlos en dinámicas tímbricas y rítmicas inusitadas hasta desembocar en un diálogo entre la flauta y la base orquestal, enriquecida por la improvisación extraordinaria de Orlando Valle, Maraca, quien reafirmó su indiscutible jerarquía.

A esas alturas llamó la atención de una pieza de John Coltrane arreglada por Marsalis —¡lecciones magistrales en los solos del director de la JLCO y el trombonista Elliot Mason!—: Resolution, de la suite A Love Supreme (1964), originalmente grabada por un cuarteto completado por McCoy Tyner, Elvin Jones y Jimmy Garrison. Quizá ello encuentre explicación en la contribución del notable saxofonista a la apreciación de las músicas latinas y africanas para el desarrollo del género.

La magia se adueñó de la escena cuando irrumpió Bobby Carcassés para interpretar un Como fue (Ernesto Duarte, arreglo de Ali Jackson) único e irrepetible, en el que el jazzman cubano por excelencia derrochó ingenio, espectacularidad y sutileza en el canto y el scat.

Justicia es la palabra que cabe para calificar la presencia sonora de Siboney, de Ernesto Lecuona, revisitada orquestalmente por Carlos Henríquez. Debe recordarse el alcance universal de este tema, que permitió encauzar imágenes sugerentes en los solos del saxofonista Shernan Irby y el pianismo de Dan Nimmer.

Todo quedó dispuesto entonces para que Chucho Valdés refrendara su imperio en los territorios del jazz latino. Si Chico O’ Farrill enalteció hacia la medianía del siglo pasado la aflluencia del caudal cubano en el mainstream jazzístico, el gigante de Quivicán lo hizo crecer en 1969 cuando compuso Misa negra.

Mientras más tiempo pasa, la Misa... adquiere nuevas magnitudes, como fue el caso de esta velada mediante el sólido empaque instrumental de la JLCO, la inserción de un canto nacido del más delirante sincretismo espiritual, el despliegue rítmico de Yaroldi Abreu, Lázaro (El Fino) Ribero y Juan Carlos (El Peje) Rojas; la intensidad del sonido del saxofonista Carlos Hernández, la raigambre mítica de una breve pero medular intervención de Wynton Marsalis, y la propia invención pianística de Chucho, con un solo que si bien distó de integrarse a la lógica discursiva de la partitura, evidenció el señorío, la imaginación y la poética de un pianista de la más auténtica vanguardia.

Y como para Chucho, al igual que muchos otros, el Caribe tiene su frontera norte en Nueva Orleáns, la obra por él dedicada a la cuna del jazz, devino homenaje a las esencias, reflejadas en la sección final por una orquesta que se remontó a los tiempos gozosos del Mardi Gras.

De ñapa, una delicia del viejo Duke Ellington: mirada pícara y agradecida hacia los ritmos criollos de la Louisiana y el Caribe anglófono. Como para decirnos que todas esas músicas descendieron de los barcos y fecundaron la libertad espiritual que le fue negada a los ancestros.

 

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