Los trapos sucios y la virulencia de
la campaña entre los candidatos al cargo de gobernador condicionan
hoy la elección en el estadounidense territorio de California.
A escasas cuatro semanas de los comicios del 2 de noviembre, en
los que se elegirá la totalidad de la Cámara de Representantes, un
tercio del Senado y varios cargos de gobernadores, la republicana
Meg Whitman y el demócrata Jerry Brown, cruzan espadas para ocupar
el asiento que ahora tiene Arnold Schwarzenegger.
Paradójicamente, no son los cerca de 119 millones de dólares
gastados por la candidata republicana de su fortuna personal ni los
escasos recursos de Brown los que al parecer decidirán la disputa.
Whitman está empantanada con el caso de de la mexicana Nicandra
Díaz, una inmigrante ilegal que presuntamente fue maltratada
mientras laboró en casa de la candidata y que fue despedida.
Aunque mantiene una posición con matices sobre el tema
migratorio, en la ex ejecutiva de eBay destaca más su oposición a
una reforma migratoria que cualquier acercamiento a la comunidad
latina, algo considerado un pecado para cualquiera que aspire al
triunfo.
El caso de Díaz al parecer será una estocada decisiva a su
carrera política.
Hace varias semanas, los sondeos hablaban de un acercamiento y
casi paridad entre los dos contendientes. Asimismo, los medios
destacaban el gasto de sumas millonarias de la republicana en una
campaña para llegar a los hispanos.
Pero, después de dos debates cara a cara y el caso Díaz, las
investigaciones hablan de la ventaja del demócrata, quien gana por
más de cinco puntos, aunque algunos sitúan el margen en 10.
Ahora, los republicanos tratan de atacar a Brown, un demócrata
liberal, quien ocupó ese cargo entre 1975 y 1983.
La polémica pudiera venir porque este presuntamente viajó a Cuba
en el año 2000, lo que viola la ley de bloqueo económico impuesta
por Washington contra la nación caribeña hace casi 50 años, y que,
en opinión de muchos estadounidenses, es inconstitucional.
Pero, según grupos comunitarios locales, California no es
Florida, y Los Angeles no es Miami, ciudad ésta donde el lobby de la
ultraderecha cubanoamericana vapulea la política estadounidense.