Cada
vez es más infrecuente encontrar en los circuitos de exhibición una
muestra dedicada íntegramente al retrato, uno de los géneros
canónicos de las artes plásticas en Occidente, consagrado desde los
tiempos del Renacimiento en que prácticamente ninguno de los más
renombrados maestros —Botticelli, Rafael, Ticiano, Leonardo,
et.al.— dejó de cultivarlo.
Autorretrato
de Ileana Sánchez.
Algunos adjudican el retroceso en la práctica del género al
perfeccionamiento de la tecnología fotográfica. Otros a lo que
alguien ha llamado crisis de confianza del arte en la verdad de sus
imágenes. Sin embargo, aún en medio de las aceleradas
transformaciones estilísticas y conceptuales registradas en la
pintura desde finales del siglo XIX hasta la fecha, el retrato
siguió siendo una de las expresiones artísticas más representativas.
De ahí que llame la atención la reciente apertura de una
exposición de retratos realizados por la artista camagüeyana Ileana
Sánchez Hing (1958), en la galería Fidelio Ponce de León. La
creadora ha desplegado rostros familiares y cercanos, incluyendo dos
autorretratos, en superficies que rebasan el metro y medio cuadrado.
Ella ha partido de originales fotográficos para recrear su
particular e intenso repertorio de imágenes. Pero no copia sin más
los referentes, aunque lo parezca. Porque si bien representa los
modelos con fidelidad gráfica, también los reinterpreta mediante el
uso del color y la simulación de lo que en el revelado de películas
se nombra Efecto Sabattier.
Pero más allá de la fidelidad en los rasgos, lo que impresiona en
las obras de Ileana es la capacidad de penetración en el aura de los
personajes, incluso en el de ella misma. Cada obra es una pequeña
fiesta del espíritu.