Rostros y efectos de Ileana Sánchez

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Cada vez es más infrecuente encontrar en los circuitos de exhibición una muestra dedicada íntegramente al retrato, uno de los géneros canónicos de las artes plásticas en Occidente, consagrado desde los tiempos del Renacimiento en que prácticamente ninguno de los más renombrados maestros —Botticelli, Rafael, Ticiano, Leonardo, et.al.— dejó de cultivarlo.

Autorretrato de Ileana Sánchez.

Algunos adjudican el retroceso en la práctica del género al perfeccionamiento de la tecnología fotográfica. Otros a lo que alguien ha llamado crisis de confianza del arte en la verdad de sus imágenes. Sin embargo, aún en medio de las aceleradas transformaciones estilísticas y conceptuales registradas en la pintura desde finales del siglo XIX hasta la fecha, el retrato siguió siendo una de las expresiones artísticas más representativas.

De ahí que llame la atención la reciente apertura de una exposición de retratos realizados por la artista camagüeyana Ileana Sánchez Hing (1958), en la galería Fidelio Ponce de León. La creadora ha desplegado rostros familiares y cercanos, incluyendo dos autorretratos, en superficies que rebasan el metro y medio cuadrado.

Ella ha partido de originales fotográficos para recrear su particular e intenso repertorio de imágenes. Pero no copia sin más los referentes, aunque lo parezca. Porque si bien representa los modelos con fidelidad gráfica, también los reinterpreta mediante el uso del color y la simulación de lo que en el revelado de películas se nombra Efecto Sabattier.

Pero más allá de la fidelidad en los rasgos, lo que impresiona en las obras de Ileana es la capacidad de penetración en el aura de los personajes, incluso en el de ella misma. Cada obra es una pequeña fiesta del espíritu.

 

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