Al difundir la noticia de su muerte, no pocos despachos de prensa
lo señalan como "un gran actor", cuando en realidad no lo era.
Tampoco fue ni regular ni malo, esos calificativos que generalizan y
acuñan de un manotazo sin tener en cuenta las tantas circunstancias
y matices que mueven una actuación.
En verdad Tony Curtis era de esos actores capaces de ser
moldeados por la mano de un buen director y bastaría con recordar
Fuga en cadenas (Stanley Kramer, 1958), al lado de Sydney
Portier o Con faldas y a lo loco (conocido también como
Algunos prefieren quemarse), junto a Marilyn Monroe y Jack
Lemmon, cinta memorable dirigida por Billy Wilder en 1959.
Curtis pertenece a una generación en que Hollywood buscaba a toda
costa caras bonitas que atrajeran al cine un público femenino. Lo
convirtieron en un sex symbol del momento y de esa manera lo
expusieron en filmes como Su alteza el ladrón (1951) y El
gran Houdini (1953). Transcurrido el tiempo de "hacer caritas" y
resultar solo una presencia en pantalla, creció como actor y ahí
están sus meritorios, o al menos atendibles desempeños en filmes
como Espartaco, Los Vikingos, Trapecio y El
estrangulador de Boston, que en l968 le dio un giro a su carrera
cuando ya contaba 43 años de edad.
Problemas con la bebida lo alejaron más tarde del cine, aunque
intervino en algún que otro filme y también en seriales de la
televisión.
Con Tony Curtis se va posiblemente una de las últimas figuras de
aquel Hollywood especializado en fabricar estrellas a base de mucha
propaganda y, a veces, talento.