A esta feliz conclusión arribó el poeta que colmó de placer
espiritual una de las salas de la biblioteca Rubén Martínez Villena,
ubicada en la Plaza de Armas, cuando fue invitado al espacio El
autor y su obra, del Instituto Cubano del Libro, Pedro de Oraá,
quien se desempeña actualmente como director artístico de la revista
Unión y cuyo parentesco con la poesía trasciende también a la
narrativa y la pintura.
Reservado para los que son ya en sí mismos un legado literario,
el habitual encuentro suele congregar a entrañables amigos que,
unidos por el noble pretexto del justo homenaje acuden junto al
agasajado para compartir vivencias, rememorarlas y revitalizarlas
con esa frescura que propician las emociones.
Tal es la sencillez de este discípulo de Lezama, que lo ha
sorprendido el impacto que le ha causado a Enrique Saínz, connotado
crítico de poesía, su poema El instante cernido, escrito a
los 22 años, en cuyo hálito interpreta el especialista una cercana
influencia del también origenista Octavio Smith, "refinamiento que
se me aparece en el dibujo verbal y en la resonancia del suceder".
Escucha, como si le fuera nueva su propia creación, las
consideraciones que de Vida secreta de la Giraldilla, obra
narrativa suya, ofrece la poetisa Basilia Papastamatíu, quien le
reconoce a estas líneas valores excepcionales al conseguir con un
español depuradísimo hacer mitología, sátira y caricatura, en una
historia marcada por la creatividad en la que esa figura simbólica
escapa de su estatismo para hallar su identidad. Tal es la
fascinación de la poetisa por la prosa de Oraá, que ansía la llegada
de su próximo libro, Prontuario impropio, del cual algunos
textos como Falografía, escrito en un alarde de espléndida
escritura, han sido ya adelantados en uno de los números de La
Siempreviva.
Pero él, cuya modestia le tatúa cada posible desbordamiento,
aprovecha para agradecer el hallazgo de la poesía a su hermano
Francisco, Premio Nacional de Literatura, recientemente fallecido, y
en unos versos donde bien pudiera estar a solas con la poesía y
erigirse individualmente en la voz del sujeto lírico, convoca a la
vieja guardia con la que quiso "el azar concurrente" que
coincidiera, y le regala entonces al auditorio su poema Mi
generación.
"Pedro es un hombre asistido por la luz", asegura quien es parte
de ese gremio y ha venido a compartir este feliz instante con el
amigo, al que lo unen, además de la musa de la palabra, también el
exilio al que los condenó la posición revolucionaria en común
asumida antes del 59, el poeta Pablo Armando Fernández.
Pero la luz que sin dudas irradia desde su primera juventud
cuando el pincel y la palabra se disputaban cuál sería el elegido
para verter su sensibilidad, no la mitiga el tiempo. Fruto de la
intemperie, tal como se autorretrata en este poema este joven
amante de la vida que solo cumple 80 años, no me dejará mentir:
No quiero rendirme/ no me voy a la cama/ robo un minuto más/ a la
excepción de la vida/ me tientan todavía/ en la hora del sueño/ su
cambiante espejismo/ su cornucopia intacta/ no padezco de insomnio/
involuntario como toda crisis/ padezco de vigilia/ de invencible
deseo/ por lo imposible y lo hipotético.