Antes de poner una palabra, aclaro: no abogo por la pulcritud en
el lenguaje, por aquellas frases al estilo de señoronas impasibles
con espejuelos de quita y pon. Como cualquier joven de mi edad lanzo
un "escapao" cuando alguien se luce, si antes no se me ocurrió un
"estás en talla" aunque a algunos les parezca desentallado. También
hablo de "está muerto contigo", de "te cogió el tren", de "más
perdío que Carmelina"¼ No me siento apta
para decir un asere, pero no me parece mal cuando lo escucho, me
sabe a cubanía, a cultura cubana, como escribió Miguel Barnet en
estas mismas páginas.
Sin embargo, la vulgaridad crónica, extendida y hasta televisada
con tres dosis a la semana y sin "agua para destrabarla" motivan
unas líneas sobre Aquí estamos, la novela que en noches
alternas lanza a la cara, sin ton ni son, una sociedad grosera
porque sí, de paso mal actuada, sin matices, donde el término
"persona normal" casi no existe, en la que ofender a la progenitora
de alguien no es un parlamento prescindible, aunque después de los
créditos la insistente Aurora Basnuevo vuelva a aparecer con su "¿y
cómo quedo yo?".
Es que hemos pasado del no decir nada a querer retratar, mal
retratar, una sociedad que, en efecto, pudiera ser vulgar, como si
no bastara vivirla, o más bien sufrirla a diario en cualquier soplo
de tiempo. Y no hablo de aprehendernos del estilo brasileño, donde
las favelas están proscritas casi por decreto. Hablo de aprender a
ser sutiles, de sugerir enojo usando algo más que "malas palabras",
muchas veces pegadas al guión sin coherencia; de contar sobre
muchachos como Adonis, pero mostrando mejores caminos que el de una
novia también vulgar que le pide cambiar porque "es un fula", y
entonces cualquiera en su lugar podría preguntarse para qué cambiar
si el medio es como yo; de tomar con seriedad el poder de la
televisión para fijar patrones que no tienen que ser necesariamente
jóvenes pulcros, de encumbradas familias; de no esperar al último
capítulo para pintar de rosa la deslucida sociedad que desde la
primera entrega me aseguraron que allí estaba¼
Y no creo que se trate de que Cuba no esté preparada para ver
reflejada su parte fea en la pequeña pantalla, como alguien me
sugirió hace algunos días. Porque entonces tendría que hacer
recordar aquella durísima, y excelente, Doble juego, de Rudy
Mora, la novela que a golpe de astucias, perspicacias, nos mostró
una sociedad poco agradable, pero cierta. Tan creíble, que pocos
dejaban de ocupar puesto cuando Polito Ibáñez comenzaba a hurgar en
su guitarra.
Entonces pregunto si la fórmula para hacer una novela de
actualidad (término de moda, o de prepararnos para lo que viene)
resulta la sumatoria de maltratos, malos términos, vulgaridades¼
No es entendible que una hija lastime con palabras a una madre como
si de beber agua se tratara, que se defienda el honor a golpes
porque "eso no se le hace a un hombre, y no me aguantes que le voy a
partir la cara en dos"; que un muchacho "vulgar" llore su amor, y
alguien le diga "para qué tu formas to eso". En fin, ¿qué queremos
enseñar?, sí, porque de enseñar también se trata, más allá de
entretener con caras lindas, con jóvenes vestidísimos a la última
moda, con escenas de sexo¼
Evidentemente, algo no funciona bien en la programación dramática
de la TV Cubana. Y no es cosa de encarar a guionistas, actores y
realizadores, quienes inmersos en el proceso creativo tal vez no
hayan ponderado el alcance y las carencias de su propuesta
televisual. Se trata de exigir responsabilidades a los que
aprobaron, alentaron y pusieron en el aire esa propuesta: la
Redacción especializada y las instancias de dirección de la TV.
Mientras tanto, una profesora intenta que sus alumnos no le digan
"oye mija"; mientras tanto siguen ocupando espacio en las agendas de
trabajo las reuniones donde muchos se rompen la cabeza buscando la
mejor fórmula de transmitir valores; mientras tanto una novela
asegura que Aquí estamos, y me da por pensar que no estamos
cuando a la puerta toca la vulgaridad, y le regalamos el chance de
pasar.