El grupo Pálpito es una de las agrupaciones de mayor presencia en
nuestro panorama escénico de la última década. El colectivo dirigido
por Ariel Bouza se mueve tanto en el teatro de títeres o figuras
como en obras destinadas a jóvenes o adultos. Confieso que desde un
espectáculo ya casi clásico —Con ropa de domingo— no me
conmovía y convencía tanto el singular estilo de Pálpito. Asistí a
dos funciones en el patio de la Casona de Línea a una puesta en
escena cargada de vitalidad, alegría, rigor, que obtiene la
respuesta de un público de aplastante mayoría juvenil.
Pesadilla campesina se declara inspirada en Sueño de una
noche de verano. Los vínculos con el original shakesperiano son
escasos y hasta desvaídos desde el punto de vista del argumento
literal pero resultan esenciales en cuanto a la atmósfera de
ensoñación, confusión, desenfado y reflexión. El texto de Maikel
Chávez —autor de la mayoría de las obras del colectivo— engarza con
naturalidad y eficacia varias líneas de acción que funcionan como
nobles pretextos para ofrecer todo un mosaico de situaciones
hilarantes, asumidas con eficacia y auténtica gracia. La tradición
campesina, la música y los mitos de origen afrocubano se juntan con
una ligera pero seria crítica a presencias contemporáneas. Chávez
anda recordándonos nuestras más hondas raíces culturales y las pone
a dialogar con los protagonistas de nombres con la letra ‘y’ o con
la recurrente mención al güije extranjerizante y superficial.
Desde el punto de vista de la dramaturgia, solo cabría señalarle
que se dilata unos minutos la —por lo demás muy enérgica y
simpática— zona del grupo de borrachitos que pretenden hacer teatro.
En el resto, lo dramático, lo cantable y lo danzario; lo puramente
jocoso y lo más irónico está tejido con delicadeza de orfebre.
El primer mérito de la puesta en escena de Bouza radica en la
formidable integración a la naturaleza hermosa del patio de la
Casona de 11 entre D y E. Los árboles y demás elementos silvestres
funcionan muy bien como componentes escenográficos y el entrenado
elenco alcanza una notable fluidez dentro del espacio natural. La
banda sonora, la música producida en vivo con los actores y una
sugerente iluminación completan una sensación de auténtica fiesta de
los sentidos que contiene un diálogo intelectual sencillo pero
intenso.
En el amplio elenco —Pálpito apela a la buena práctica de los
doblajes, es decir que más de un actor asuma el mismo papel en
diferentes noches— sobresalen las dotes poderosas de comediante de
Liliana Bergues y el encanto, la plasticidad, el ritmo exacto del
propio Chávez como actor. Maydelis Pérez (aunque puede perfeccionar
la proyección de la voz) se destaca también por la ligereza de su
cadena de acciones y el sentido de la singularidad de cada
situación. El resto de los intérpretes jóvenes evidencia un esmerado
entrenamiento y notables posibilidades histriónicas pero deberá
cuidarse de que la broma interna, la legítima diversión del elenco
no le reste peso al sentido de la simpatía de cara al público.
Pesadilla campesina consolida un nuevo espacio que viene a
complementar la intensa programación de la sala Llauradó. Además,
logra sintetizar visiones, memoria cultural, resortes de nuestra
educación sentimental con un sabio sentido de lo espectacular.