SANTA
CLARA.— El 8 de septiembre de 1885, hace 125 años, abrió sus puertas
al público el Teatro La Caridad, el número 13 de los construidos en
Cuba en aquella época.
A
la patriota Marta Abréu de Estévez, artífice de la idea, debe la
ciudad esta joya de la arquitectura cubana, edificada con fines
económicos y culturales, además de otras intenciones propias de una
mujer de la estirpe de Doña Marta, quien se propuso socorrer a los
pobres de la urbe con las recaudaciones emanadas de la institución.
Su ejecución comenzó el 28 de junio de 1884, en el espacio que
ocupó La Ermita de la Candelaria, primer templo que tuvo la villa y
que había sido construido en 1696 por iniciativa del benefactor
Padre Juan de Conyedo. Un año y tres meses después fue inaugurado el
majestuoso coliseo, ocasión en la que subieron a escena aficionados
locales para presentar la obra Los lazos de la familia y el
artista Camilo Salaya dio lectura a la poesía A Villa Clara,
cerrando la noche inaugural la polca La Pasionaria.
Al día siguiente, los habitantes de la ciudad ofrecieron en el
propio teatro un homenaje a Marta y a su esposo Luis Estévez, en
agradecimiento por la obra realizada. Ellos fueron conducidos sobre
una alfombra de flores naturales, obsequiándosele a la benefactora
una medalla conmemorativa a nombre del pueblo santaclareño.
De entonces acá no puede mencionarse un acontecimiento singular
de la cultura de esta región de la cual el vetusto teatro, declarado
Monumento Nacional en 1981, no haya sido testigo excepcional. Por su
escenario han desfilado figuras y compañías de renombre mundial como
Enrico Caruso, Libertad Lamarque, Jorge Negrete, Rosita Fornés, la
Compañía de Lola Flores, Chucho Valdés, Alicia Alonso y el Ballet
Nacional de Cuba, la Compañía de teatro de Enrique Arredondo, además
de otros artistas de la talla de Silvio Rodríguez, Danny Rivera y el
trío Trovarroco, entre otros.
Tras su remodelación capital, concluida el pasado año en ocasión
del aniversario 320 de la fundación de la ciudad de Santa Clara, La
Caridad recobró el tradicional protagonismo que siempre tuvo en la
vida espiritual de la provincia.