James Cason, el payaso que la administración de George W. Bush
mandó a Cuba para encabezar su representación diplomática y que
terminó su carrera en Paraguay burlándose de la cultura guaraní,
acaba de presentar su candidatura a la alcaldía de Coral Gables, el
barrio "exclusivo" de Miami donde radican las cuentas bancarias más
exageradas del sur de la Florida.
Cason irrumpió en La Habana en el 2003, designado jefe de la
Sección de Intereses norteamericana (SINA), por nada menos que Otto
Reich, entonces subsecretario de Estado, y provocó un escándalo al
llegar por querer traer a Cuba su yate de 24 pies, entonces
almacenado en Annandale, Virginia.
Nunca logró amarrar su ostentoso Grady-White en los muelles de la
habanera Marina Hemingway, sus propios jefes del Departamento de
Estado le prohibieron esa excentricidad de privilegiado de la
nomenclatura imperial.
Calificado de "burócrata de cuarto grado" por quienes no
soportaban su grosería crasa y su prepotencia obviamente innata,
exhibió en el curso de una entrevista con el Dallas Morning News un
"badge" negro de cabo de la US Army que mantenía permanentemente,
dijo, en la bolsa de su camisa.
En la SINA —la embajada que no lo es, como TV Martí es la TV que
no se ve— Cason se "distinguió" con la distribución de miles de
pequeños radios de onda cortas de mala calidad, destinados —se
pretendía— a ampliar el rating moribundo de los difusores de
propaganda subversiva.
La propaganda siguió sin audiencia, pero años después, se supo la
verdadera razón de la fiebre propagandística del más bruto de los
funcionarios de los Bush.
El proveedor de los aparatos, su amigo mafioso Frank Calzón, el
dueño del Center for a Free Cuba (CFC), una dependencia de la CIA
financiada por la USAID.
Cuatro años después, Felipe Sixto, el brazo derecho de Calzón,
confesó un desfalco de medio millón de dólares realizado con la
compra, a precio inflado, de estos radios de mala calidad.
En marzo del 2009, un juez de Washington condenó a este
funcionario a 30 meses de prisión, 10 000 dólares de multa y tres
años de libertad condicional, además de compararlo con el financiero
estafador Maldoff.
Pero lo más escandaloso vino después... Al abandonar este mismo
año 2009 su agitada carrera diplomática, Cason fue de inmediato
contratado por Frank Calzón, como "presidente" de su junta
administrativa.
La investigación que llevó a Sixto detrás de los barrotes nunca
alcanzó a quien había repartido el objeto del delito.
Después de una larga sucesión de disparates en La Habana, donde
se consagró permanentemente a comer sus entremeses grasosos y a
tomar Bacardí en innumerables recepciones supuestamente consagradas
a la llamada disidencia, fue desplazado hacia Paraguay, donde no
llegó a tranquilizarse, convirtiendo su embajada en terreno de
juego.
En Asunción, se ridiculizó definitivamente al presentarse en un
conocido teatro ante un público de representantes de una ONG que
subsidiaba, para cantar —en lo que pretendió era guaraní— su
repertorio de canciones folclóricas. Un político local comentó
entonces que numerosos grandes artistas paraguayos difuntos
debieron, al oírlo, "revolcarse de dolor en su tumba".
Oriundo de Nueva Jersey, donde se contaminó con la mafia
cubanoamericana, Cason se radicó en Coral Gables en el 2008,
apostando con sus conexiones mafiosas para convertir en negocio esta
mudanza.
Coral Gables es una ciudad de las más privilegiadas de toda la
región de Miami, donde se ven las mansiones más escandalosas.
Protegida por un ejército de policías cuyos autopatrullas llegan a
ser parte del paisaje, vive ahí una población de empresarios
exitosos, artistas famosos y narcotraficantes que prefieren las
palmeras del sur a las nevadas del norte.
Ahí Cason podrá, por lo menos, contar con los votos de sus socios
terroristas del Cuban Liberty Council, cuya carrera con la CIA
enriqueció lo suficientemente para sumarse a la elite del
capitalismo triunfante, lejos de Liberty City, de Opa-Locka e
incluso, de Hialeah, donde los choferes de los Rolls Royce, los
Bentley y los Ferrari de Julio Iglesias, Ricky Martin y Gloria
Estefan no se atreven a pasar, por miedo a la delincuencia endémica,
disparada por los terremotos de una economía en llamas.