El ventilador

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Mientras por Multivisión pasaba dos veces al día la interminable saga colombiana sobre las víctimas de un avión caído en plena selva —trama que luego de los diez primeros capítulos se tornó irrespirable, engañosa e inconsecuente—, Tele-Rebelde transmitió durante los meses de verano una producción del mismo país, no suficientemente promovida a pesar de que presentaba aristas argumentales mucho más interesantes.

Con el título El ventilador, por aquello de que la corriente generada por sus aspas es capaz de aventar un basurero, esta telenovela podía muy bien llevar como introducción una paráfrasis de la muy socorrida advertencia: "cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia".

Porque al margen de los lugares comunes de las producciones de su tipo —tórrido y previsible romance entre los protagonistas, temprana definición de los campos del Bien y del Mal, resortes melodramáticos y sensibleros como puntos de progresión de la trama—, el hilo de los acontecimientos giró alrededor de una situación lacerante y de larga data en la situación social de la nación sudamericana: la violencia.

No encontró el televidente, ni fue propósito de sus realizadores, desentrañar los nudos de un estado de guerra que se prolonga casi ininterrumpidamente desde que a Jorge Eliécer Gaitán lo asesinaron el 9 de abril de 1948 en Bogotá, ni desmontar los manejos de una oligarquía de estirpe caudillista supeditada a intereses foráneos, ni llegar al fondo de la complejidad de un conflicto de clases.

Un telespectador culto y ávido de información en nuestro país podrá ampliar sus conocimientos de esa realidad en los testimonios y novelas de Arturo Alape o en los ensayos de Hernando Calvo Ospina, por citar textos disponibles en nuestras bibliotecas públicas. Si se trata de contar una experiencia personal, debo confesar que cuando la telenovela se hallaba en su justa mitad, volví a la lectura del libro La paz en Colombia, medular, sincero y profundo análisis de Fidel Castro, verdadera contribución al entendimiento del problema.

Pero el solo hecho de que El ventilador haya abordado, en medio de una sucesión episódica de logrados códigos de la narración policial, la existencia de una red en la que se dan la mano el ejercicio del poder político (el senador Germán Aldana, alias El Halcón), el narcotráfico, la prostitución de lujo y las tropelías de sicarios y paramilitares, constituye no solo un mérito de guionistas y realizadores, sino también una audacia. El asesinato, la corrupción, el lavado de dinero y la falta de escrúpulos salen a la luz como males endémicos de una sociedad donde cada vez son más numerosas las voces que reclaman el derecho a la paz social y el triunfo de los valores humanistas.

Las peripecias del periodismo de investigación, llevado a cabo por Julián Aldana (Marlon Moreno) y su compañera Eliana (Carolina Acevedo), ilustran el peligro de una profesión obstaculizada y perseguida cuando se halla comprometida con la verdad.

Tanta fue la conmoción del estreno hace tres años de El ventilador, revelada en altos índices de audiencia, que un conocido pero conservador comentarista de la televisión, Hollman Morris, afirmó: "Es un reflejo de nuestra realidad y eso no lo podemos esconder".

 

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