Mientras por Multivisión pasaba dos veces al día la interminable
saga colombiana sobre las víctimas de un avión caído en plena selva
—trama que luego de los diez primeros capítulos se tornó
irrespirable, engañosa e inconsecuente—, Tele-Rebelde transmitió
durante los meses de verano una producción del mismo país, no
suficientemente promovida a pesar de que presentaba aristas
argumentales mucho más interesantes.
Con el título El ventilador, por aquello de que la
corriente generada por sus aspas es capaz de aventar un basurero,
esta telenovela podía muy bien llevar como introducción una
paráfrasis de la muy socorrida advertencia: "cualquier parecido con
la realidad no es pura coincidencia".
Porque al margen de los lugares comunes de las producciones de su
tipo —tórrido y previsible romance entre los protagonistas, temprana
definición de los campos del Bien y del Mal, resortes melodramáticos
y sensibleros como puntos de progresión de la trama—, el hilo de los
acontecimientos giró alrededor de una situación lacerante y de larga
data en la situación social de la nación sudamericana: la violencia.
No encontró el televidente, ni fue propósito de sus realizadores,
desentrañar los nudos de un estado de guerra que se prolonga casi
ininterrumpidamente desde que a Jorge Eliécer Gaitán lo asesinaron
el 9 de abril de 1948 en Bogotá, ni desmontar los manejos de una
oligarquía de estirpe caudillista supeditada a intereses foráneos,
ni llegar al fondo de la complejidad de un conflicto de clases.
Un telespectador culto y ávido de información en nuestro país
podrá ampliar sus conocimientos de esa realidad en los testimonios y
novelas de Arturo Alape o en los ensayos de Hernando Calvo Ospina,
por citar textos disponibles en nuestras bibliotecas públicas. Si se
trata de contar una experiencia personal, debo confesar que cuando
la telenovela se hallaba en su justa mitad, volví a la lectura del
libro La paz en Colombia, medular, sincero y profundo
análisis de Fidel Castro, verdadera contribución al entendimiento
del problema.
Pero el solo hecho de que El ventilador haya abordado, en
medio de una sucesión episódica de logrados códigos de la narración
policial, la existencia de una red en la que se dan la mano el
ejercicio del poder político (el senador Germán Aldana, alias El
Halcón), el narcotráfico, la prostitución de lujo y las tropelías de
sicarios y paramilitares, constituye no solo un mérito de guionistas
y realizadores, sino también una audacia. El asesinato, la
corrupción, el lavado de dinero y la falta de escrúpulos salen a la
luz como males endémicos de una sociedad donde cada vez son más
numerosas las voces que reclaman el derecho a la paz social y el
triunfo de los valores humanistas.
Las peripecias del periodismo de investigación, llevado a cabo
por Julián Aldana (Marlon Moreno) y su compañera Eliana (Carolina
Acevedo), ilustran el peligro de una profesión obstaculizada y
perseguida cuando se halla comprometida con la verdad.
Tanta fue la conmoción del estreno hace tres años de El
ventilador, revelada en altos índices de audiencia, que un
conocido pero conservador comentarista de la televisión, Hollman
Morris, afirmó: "Es un reflejo de nuestra realidad y eso no lo
podemos esconder".