Sarcástico, ingenioso, a veces amargo, pero capaz de una insólita
ternura cuando uno aprende a ignorar los desplantes de su
escepticismo, Antón Arrufat es uno de los escritores cubanos que con
menos prejuicios ha sabido renovarse hasta llevar su estética a la
intemporalidad.
Es por eso que en este agosto de 2010, cuando acaba de cumplir
sus 75 años, cabe todavía esperar de él textos diferentes, quizás
hasta experimentales, donde la obsesión por un estilo no funcione
como limitante o mera repetición de otros libros publicados.
Su diálogo con los más jóvenes, que él se niega a entender como
magisterio, le permite esta asimilación. El oficio consigue la
efectividad, y la negativa a circunscribirse a los géneros
literarios tradicionales, le abren las puertas para ese hacer "de la
esterilidad virtud" con la que convierte a su escritura en algo más
allá del poema, el cuento, la novela, el teatro o el ensayo. Quizás
porque ella es todo eso o nada de eso al mismo tiempo.
A contrapelo de una época donde lo inmediato importa generalmente
más que la posteridad, el autor de La noche del aguafiestas,
novela con la que obtuviera el Premio Alejo Carpentier, persigue sin
falsa modestia lo trascendente. "No creo —opina— que los jóvenes
escritores en el mundo estén interesados en la grandeza de un
escritor siendo ya víctimas de las editoriales, de los premios, el
dinero, de la ley del mercado".
Quizás esa fe a toda prueba en la literatura es lo que le ha
permitido sobreponerse a silenciamientos e incomprensiones de los
que fuera objeto en un período ya felizmente superado. Al respecto
ha declarado en algún lugar: "el artista tiene que resistir. Yo
esperé pacientemente. No tengo resentimiento alguno".
Ahora que ha llegado a una edad donde la sabiduría revolotea
sobre cada una de sus agudas respuestas, Antón parece satisfecho de
sí mismo. Y no pudiera ser de otro modo: cuenta con el respeto y la
admiración de sus lectores y cosecha premios y reconocimientos a los
que él, por cierto, no concede la mayor importancia.
"Los premios me encontrarán impávido", me dijo alguna vez
parafraseando a Horacio, el poeta satírico romano de la edad de oro
de la literatura latina.
Sin embargo, su constante presencia, no solo en la vida cultural
del país sino en el ámbito de la escritura, lo liberan de dormirse
sobre sus laureles: Arrufat es un creador activo, concentrado en las
búsquedas formales y un indagador de nuestra memoria. Un erudito en
el siglo XIX cubano.
Confieso que mi relación con él no fue siempre cordial. Sufrí con
la brutalidad de su franqueza cuando criticaba mis libros o juzgaba
con severidad alguna de mis opiniones sobre algún asunto aleatorio.
Pero no fui tan tonta como para no extraer las lecciones necesarias.
Gracias a sus críticas volví sobre muchos de mis textos y los rehice
de la mejor manera que pude. Nunca me ha dicho si mis
reelaboraciones lo convencieron. Pero eso no importa.
Antón es ahora "mi dulce enemigo". Un hombre y un escritor al que
respeto, y en el que percibo una coraza que he intentado desarmar
para llegar al caballero andante que me parece oír palpitar dentro
de ella.
Estas palabras pretenden ser un homenaje al joven de 75 años que
ha pedido públicamente, si le tocara morir en otra parte, ser
enterrado en Cuba. Pero estoy segura de que, por el momento, nuestro
Antón continuará tan vivo como su obra y nos deparará nuevas
sorpresas y tal vez nuevos sarcasmos. Seguirá tal como es: ni
hipócrita ni retórico. Y lo que más importa: escribiendo, pues, como
ha asegurado en una entrevista, escribir forma parte de su modo de
vivir y él es fiel a sí mismo.