Recuerdos de una Copa Mundial

Hiroshima, la paz

ALFONSO NACIANCENO
alfonso.gng@granma.cip.cu

Aquella fue una tarde inolvidable para los voleibolistas cubanos que jugaban en la Copa Mundial, organizada en distintas ciudades de Japón cada cuatro años.

El monumento a las víctimas de Hiroshima, en el Parque de la Paz.

Para liberar tensiones antes de los partidos, y porque nuestros jóvenes son espontáneos y extrovertidos, en el ómnibus, camino hacia la sala de competencia, siempre reinaba un ambiente de alegría, bienestar, camaradería, porque el deporte es también eso: el más sano disfrute de la vida.

Sin embargo, ese día de asueto en el torneo, todos dejaron sus maletines en el hotel y tomaron el transporte camino al Museo de la Bomba Atómica, de Hiroshima. El tiempo empleado en el trayecto sirvió para acosar con preguntas al traductor sobre el espectáculo único que presenciarían en torno a uno de los más detestables genocidios y que ellos, deportistas entre 20 y 23 años de edad, solo conocían por referencias.

Sobrecogidos, la mayoría sorprendidos, iniciaron el recorrido por los espacios del Museo, auxiliados por una explicación grabada en español, que les entregaban a los visitantes para facilitarles la comprensión en su idioma natal u otro escogido. La gigantesca fotografía de la destrucción tomada desde lo alto después del lanzamiento de la bomba; un impresionante caballo alazán al cual las radiaciones le modificaron parte del color de su pelaje; otras fotos de rostros abatidos por la tragedia; algunas pertenencias de un niño muerto; una antigua caja de caudales (de las que parecen indestructibles por su compacta estructura) hecha añicos, con la puerta abierta, como para dejar entrar a quienes deseen palpar la barbarie.

A la salida, el silencio apretaba el corazón y las voces de los muchachos, a quienes los anfitriones japoneses no dejaron marchar únicamente con la impresión de aquel holocausto. Cerca de allí, florecía el otro lado de este planeta negado a perecer bajo la amenaza nuclear. El Parque de la Paz acogía a la delegación antillana. Cientos de hombres, mujeres y niños, que disfrutaban de una tarde de descanso en familia, se apresuraron para compartir junto a los cubanos, haciendo uso del internacional lenguaje de las señas mientras les solicitaban autógrafos y algún souvenir.

El lugar se alza aledaño a las ruinas de una edificación (imagen que ha dado la vuelta al mundo) que muestra el entramado de su cúpula enhiesta, cual firme llamado a la humanidad para mantener vivo el recuerdo de aquel 6 de agosto de 1945. En el fondo de la fuente existente en el parque, reposan las monedas lanzadas por los viajeros que —según explicó el guía— se suman modestamente al patrimonio para costear el mantenimiento del histórico sitio.

El área acoge a miles de personas que disfrutan de su tranquilidad, entre el olor a yerba fresca, recién cortada, y el vuelo de palomas. Sobre las ruinas de lo que fuera Hiroshima, ese pueblo construyó una ciudad moderna, sin olvidar que todavía viven en Japón alrededor de 235 000 "hibakusha" (sobrevivientes de la bomba).

De regreso al hotel, tras el impacto de una tarde inusitada, los comentarios brotaron espontáneos. ¡Ojalá que el mundo entero, en una interminable fila, pudiera pasar por estos dos lugares!, dijo uno de los voleibolistas.

 

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