Para liberar tensiones antes de los partidos, y porque nuestros
jóvenes son espontáneos y extrovertidos, en el ómnibus, camino hacia
la sala de competencia, siempre reinaba un ambiente de alegría,
bienestar, camaradería, porque el deporte es también eso: el más
sano disfrute de la vida.
Sin embargo, ese día de asueto en el torneo, todos dejaron sus
maletines en el hotel y tomaron el transporte camino al Museo de la
Bomba Atómica, de Hiroshima. El tiempo empleado en el trayecto
sirvió para acosar con preguntas al traductor sobre el espectáculo
único que presenciarían en torno a uno de los más detestables
genocidios y que ellos, deportistas entre 20 y 23 años de edad, solo
conocían por referencias.
Sobrecogidos, la mayoría sorprendidos, iniciaron el recorrido por
los espacios del Museo, auxiliados por una explicación grabada en
español, que les entregaban a los visitantes para facilitarles la
comprensión en su idioma natal u otro escogido. La gigantesca
fotografía de la destrucción tomada desde lo alto después del
lanzamiento de la bomba; un impresionante caballo alazán al cual las
radiaciones le modificaron parte del color de su pelaje; otras fotos
de rostros abatidos por la tragedia; algunas pertenencias de un niño
muerto; una antigua caja de caudales (de las que parecen
indestructibles por su compacta estructura) hecha añicos, con la
puerta abierta, como para dejar entrar a quienes deseen palpar la
barbarie.
A la salida, el silencio apretaba el corazón y las voces de los
muchachos, a quienes los anfitriones japoneses no dejaron marchar
únicamente con la impresión de aquel holocausto. Cerca de allí,
florecía el otro lado de este planeta negado a perecer bajo la
amenaza nuclear. El Parque de la Paz acogía a la delegación
antillana. Cientos de hombres, mujeres y niños, que disfrutaban de
una tarde de descanso en familia, se apresuraron para compartir
junto a los cubanos, haciendo uso del internacional lenguaje de las
señas mientras les solicitaban autógrafos y algún souvenir.
El lugar se alza aledaño a las ruinas de una edificación (imagen
que ha dado la vuelta al mundo) que muestra el entramado de su
cúpula enhiesta, cual firme llamado a la humanidad para mantener
vivo el recuerdo de aquel 6 de agosto de 1945. En el fondo de la
fuente existente en el parque, reposan las monedas lanzadas por los
viajeros que —según explicó el guía— se suman modestamente al
patrimonio para costear el mantenimiento del histórico sitio.
El área acoge a miles de personas que disfrutan de su
tranquilidad, entre el olor a yerba fresca, recién cortada, y el
vuelo de palomas. Sobre las ruinas de lo que fuera Hiroshima, ese
pueblo construyó una ciudad moderna, sin olvidar que todavía viven
en Japón alrededor de 235 000 "hibakusha" (sobrevivientes de la
bomba).
De regreso al hotel, tras el impacto de una tarde inusitada, los
comentarios brotaron espontáneos. ¡Ojalá que el mundo entero, en una
interminable fila, pudiera pasar por estos dos lugares!, dijo uno de
los voleibolistas.