Se
vuelve frecuente, por fortuna, encontrar en la escena cubana textos
de autores nacionales en activo que, desde presupuestos
contemporáneos, conquistan la atención de los espectadores. De ahí
que al repasar la cartelera de julio apareciera entre las propuestas
un nuevo montaje de la pieza Triángulo, del dramaturgo y
crítico Amado del Pino. Estrenada en el 2004 por Vi-tal Teatro, bajo
la dirección de Alejandro Palomino, la reedición, en esta ocasión,
fue asumida durante tres días por el grupo espirituano Cabotín
Teatro, en la sede de Argos Teatro.
Perteneciente al ciclo que la crítica ha denominado Poesía de la
Crudeza, la obra —una de las que más complace a su autor, según ha
confesado— es un ejercicio dramático casi en versos, donde tres
personajes y tres espacios de la ciudad convergen en un parque de La
Habana con forma de triángulo. A la manera de impulso ascendente
hacia la unidad superior desde lo extenso a lo inextenso que acarrea
el simbolismo de esta figura geométrica, el nivel temático de la
narración parte de obsesiones, emociones, desamores y adicciones
para alcanzar, en su punto común, la angustia de sentir, vivir,
emigrar y morir.
Con un tejido de rimas, refranes del habla popular, boleros y
canciones infantiles, el entramado anecdótico de Triángulo
presenta, por medio de una condición histórica concreta, las
vivencias urbanas y rurales de Miriam (Anna García), Pablo (Andy
Álvarez) y Cuquito (Piky Quintana). Estos seres desdichados,
malditos en su propio sentir, revelan la naturaleza de cada choque
humano a través de un camino que teme volver sobre sus pasos para
rectificar el rumbo.
De esta manera, Cabotín Teatro traslada a la escena los códigos
textuales de Amado, a los cuales se acerca por segunda vez
(anteriormente había montado Tren hacia la dicha). Sin
embargo, en su relectura el joven elenco, fundado en el 2003 y
dirigido por Laudel de Jesús, transfiere el espacio físico al
fisiológico, acude al diálogo y al soliloquio para convertir así,
nuevamente, a la palabra y a la gestualidad en protagonistas.
Es el actor en la puesta el elemento principal de un lenguaje que
encuentra toda su expresividad en un espacio teatral desnudo apoyado
solamente en un reloj de arena, un juego de dominó y un diseño de
luces y contraluces. Lo único evidente son los cuerpos de los
intérpretes que inamovibles, al principio, luego limitan la escena
con desplazamientos aleatorios en forma triangular.
He de acotar que me pareció especialmente gratificante el
desempeño de Quintana en el rol de Cuquito. En su interpretación
entusiasma, retrata al campesino con un acento peculiar, a ese
personaje de sabiduría popular que con un fuerte arraigo por sus
raíces viene y va, pero regresa a su interior.
Si al principio hablé de una fortuna ahora termino con otra: este
grupo pisó por primera vez los escenarios de la capital y no le fue
mal en su debut. Nuestro público, de mucha tradición teatral,
reconoce el buen trabajo y el esfuerzo, bienvenido —sobre todo— si
se trata de agrupaciones que llegan de provincias en las que no
existe un amplio movimiento escénico.