Quien haya visto en este 2010 ese Billy el niño —uno más
entre otros filmes sin rango— no podrá explicarse aquel fenómeno de
masas, a no ser que tenga claro el concepto de que ahora el cine, o
"ver películas", se ha convertido en otra cosa.
Pertenezco a una generación que no soltaba la peseta en la matiné
del domingo sin antes confirmar un asunto de vital importancia: ¿es
en colores, verdad?
Eran los años cincuenta, ya estaba la televisión sacando uñas y
aunque se realizaban importantes filmes en blanco y negro, los
estudios comprendieron que el color sería una atracción de lujo ante
las pretensiones del vidrio hogareño.
Fue el inicio de una ofensiva nunca detenida.
Frente al entretenimiento televisual, las fastuosas
reconstrucciones históricas al estilo de El Cid, Los Diez
Mandamientos y Ben Hur. Encarando las pantallas de 14 y
17 pulgadas, el Cinemascope, el Cinerama y la Tercera dimensión (que
en la década del cincuenta falló a causa de la cefalea que
provocaba, pero que en la actualidad tantos dividendos económicos
comienza a reportar y amenaza con atraer el cine, en un altísimo
porcentaje, hacia el bando del pensamiento simple ligado a la
concepción economicista de "lo que importa es el espectáculo").
La televisión no solo preparó la venganza, sino que en muchos
aspectos se puso a la vanguardia, gracias a una tecnología
transformadora.
Recuerdo a Pepe Agraz, destacado fotógrafo deportivo de Granma
y con una larga hoja de servicios en el periodismo durante los años
cuarenta y cincuenta, hablando con entusiasmo del video tape, allá
en los años sesenta, a la vuelta de un evento deportivo
internacional. Pepe, que era un maestro en el arte de congelar
imágenes de deportistas en plena acción, acababa de descubrir el
video tape y lo explicaba ante nuestros ojos incrédulos.
Vendrían las caseteras y con ellas la posibilidad de llevarse el
cine a casa. Luego el DVD, la revolución de la computadorización,
las memorias portátiles, Internet, la piratería, los discos duros
externos, la televisión ganando terreno con sus seriales, la
oportunidad de ver lo que se quisiera a la hora más oportuna y el
cine, junto a su magia e impacto social sin precedentes, empezaría a
perderse en una medida impresionante.
De la agonía de las salas dieron cuenta filmes como Cinema
Paradiso.
Hoy, las salas con muchas lunetas de las grandes ciudades se
mantienen gracias a las espectaculares películas que estrenan,
precedidas de una campaña publicitaria que a veces es tan costosa
como las mismas películas.
Pero cada vez más, por algunas de las razones aquí expuestas, y
otras (como es la seguridad-comodidad que implica quedarse en casa),
aumenta el número de espectadores que no trasponen la puerta del
hogar para ir a descorrer las encortinadas fantasías de antaño.
No es un secreto entonces que para muchos la fascinación de las
salas oscuras y la universalización que de ellas emanaban hasta con
los filmes menos favorecidos por el talento, hayan quedado como un
tesoro de la memoria.
Quizá por ello hace unos días detuve el destornillador y me quedé
mirando por la ventana hacia aquel molote entusiasta provocado por
Billy el niño en el cine Astral, hace casi cuarenta años. Una
película en pantalla ancha y a pleno color —como se decía entonces—
que pude ver gracias a ciertas artimañas, porque todavía el pase del
ICAIC no me lo habían dado.