Crónica de viernes 

El cine que fue

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

La televisión pasó El hombre que mató a Billy el niño y escuché fragmentos desde lejos, mientras trataba de arreglar una ventana a través de la cual me fui casi cuarenta años atrás para detenerme frente al cine Astral, donde se exhibía ese mismo oeste. Afuera, una molotera impresionante se había mantenido al acoso de la taquilla en cada función, y así durante días.

Cartel original donde se ofrece recompensa por la captura del pistolero Billy The Kid.

Quien haya visto en este 2010 ese Billy el niño —uno más entre otros filmes sin rango— no podrá explicarse aquel fenómeno de masas, a no ser que tenga claro el concepto de que ahora el cine, o "ver películas", se ha convertido en otra cosa.

Pertenezco a una generación que no soltaba la peseta en la matiné del domingo sin antes confirmar un asunto de vital importancia: ¿es en colores, verdad?

Eran los años cincuenta, ya estaba la televisión sacando uñas y aunque se realizaban importantes filmes en blanco y negro, los estudios comprendieron que el color sería una atracción de lujo ante las pretensiones del vidrio hogareño.

Fue el inicio de una ofensiva nunca detenida.

Frente al entretenimiento televisual, las fastuosas reconstrucciones históricas al estilo de El Cid, Los Diez Mandamientos y Ben Hur. Encarando las pantallas de 14 y 17 pulgadas, el Cinemascope, el Cinerama y la Tercera dimensión (que en la década del cincuenta falló a causa de la cefalea que provocaba, pero que en la actualidad tantos dividendos económicos comienza a reportar y amenaza con atraer el cine, en un altísimo porcentaje, hacia el bando del pensamiento simple ligado a la concepción economicista de "lo que importa es el espectáculo").

La televisión no solo preparó la venganza, sino que en muchos aspectos se puso a la vanguardia, gracias a una tecnología transformadora.

Recuerdo a Pepe Agraz, destacado fotógrafo deportivo de Granma y con una larga hoja de servicios en el periodismo durante los años cuarenta y cincuenta, hablando con entusiasmo del video tape, allá en los años sesenta, a la vuelta de un evento deportivo internacional. Pepe, que era un maestro en el arte de congelar imágenes de deportistas en plena acción, acababa de descubrir el video tape y lo explicaba ante nuestros ojos incrédulos.

Vendrían las caseteras y con ellas la posibilidad de llevarse el cine a casa. Luego el DVD, la revolución de la computadorización, las memorias portátiles, Internet, la piratería, los discos duros externos, la televisión ganando terreno con sus seriales, la oportunidad de ver lo que se quisiera a la hora más oportuna y el cine, junto a su magia e impacto social sin precedentes, empezaría a perderse en una medida impresionante.

De la agonía de las salas dieron cuenta filmes como Cinema Paradiso.

Hoy, las salas con muchas lunetas de las grandes ciudades se mantienen gracias a las espectaculares películas que estrenan, precedidas de una campaña publicitaria que a veces es tan costosa como las mismas películas.

Pero cada vez más, por algunas de las razones aquí expuestas, y otras (como es la seguridad-comodidad que implica quedarse en casa), aumenta el número de espectadores que no trasponen la puerta del hogar para ir a descorrer las encortinadas fantasías de antaño.

No es un secreto entonces que para muchos la fascinación de las salas oscuras y la universalización que de ellas emanaban hasta con los filmes menos favorecidos por el talento, hayan quedado como un tesoro de la memoria.

Quizá por ello hace unos días detuve el destornillador y me quedé mirando por la ventana hacia aquel molote entusiasta provocado por Billy el niño en el cine Astral, hace casi cuarenta años. Una película en pantalla ancha y a pleno color —como se decía entonces— que pude ver gracias a ciertas artimañas, porque todavía el pase del ICAIC no me lo habían dado.

 

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