Amante
de los desafíos, el coreógrafo escocés Michael Clark convirtió la
inmensa Sala de Turbinas de la galería londinense Tate Modern en
local para el montaje de una coreografía cuyos ensayos exhibe como
si se tratara de una instalación de artes plásticas, reporta Prensa
Latina.
La pieza, con música de David Bowie, tendrá su estreno en la
última semana de agosto, pero Clark no solo quiere mostrar el
resultado final de su trabajo sino todos los pasos que lo condujeron
a su último destino: la obra concluida, después de mil tanteos,
búsquedas, reconsideraciones y ajustes.
Otro reto lo constituye la incorporación de 100 voluntarios
semanalmente, con edades que oscilan entre los 20 y los 55 años, de
oficios y aficiones diversas como pueden serlo un trabajador social,
un diseñador gráfico y algunos bailarines no profesionales.
Según voceros de la Tate, la Sala de las Turbinas ha abierto
antes sus puertas a instalaciones de artistas contemporáneos como
Louise Bourgeois o Doris Salcedo, pero nunca a una obra en
gestación, a un proceso artístico en marcha, con todas sus costuras
afuera.
Nacido en 1962, Clark cultivó primero las danzas típicas
escocesas y luego ingresó en la Escuela del Royal Ballet. Tras una
breve carrera como bailarín con diversas compañías inglesas, eligió
la coreografía como medio de expresión y en 1984 fundó la Michael
Clark Company, en alianza con el cineasta y videoartista Charles
Atlas.
Con esa agrupación consiguió sus primeros triunfos
internacionales como coreógrafo, de lo que dan fe piezas como
Stravisnky Project, Mmm y Wold, should,can did, además de otras
creadas para la Opera de París y un solo para Mijail Baryshnikov.
Dado a las rupturas, ahora se lanzó a fondo con esta coreografía
masiva que ha despertado crecientes expectativas y cuyo curso puede
serguir el público libremente. A Clark no le inquieta mostrar un
trabajo en proceso, sometido a prueba constante.