En la foto, una mujer en bikini toma el sol tendida en la arena
de una playa de Texas. Un perfecto triángulo dibujan sus rodillas
dobladas, mientras al fondo se aprecia una línea costera dominada
por el azul más intenso. Sosegado abandono el de la mujer, que
parece ajena a los tentáculos de alquitrán que avanzan sinuosos por
el lado opuesto al promontorio de tierra donde se encuentra.
En los tiempos dorados de la Universal (en blanco y negro) esa
mancha se hubiera vuelto una masa terrorífica, devoradora de lindas
mujeres, para hacer que en los cines más de una dama gritara entre
los brazos aprovechadores de su pareja.
Hoy no hace falta recurrir a la fantasía para disparar alertas.
La foto fue tomada hace muy poco en una de las playas tejanas de
Galveston, parada obligatoria de la marea negra provocada por la
British Petroleum tras haber invadido costas de la Florida, Alabama,
Mississippi, Louisiana y finalmente Texas, todas de cara al Golfo de
México.
Recuerdo las polémicas filosóficas de los años sesenta y setenta
del pasado siglo en torno al cine fatalista. Los realizadores de
aquellas películas partían en su mayoría de un fatalismo clásico
según el cual todo lo que sucede lo determina un destino que
invalida cualquier oposición. Y ese destino, tanto en lo relacionado
a la naturaleza del hombre, como al último capítulo de la humanidad,
era pesimista.
Basta con recordar a los clásicos griegos y su sentido del
destino avanzando a ciegas e implacable. El tema es largo y abarca
la historia de las religiones, la filosofía, la literatura y hasta
la música.
Tragedia y pesimismo en aquellas películas eran combatidos por un
pensamiento de izquierda, presto a alegar que el cine de occidente
lo que pretendía era paralizar conciencias y acciones en cuanto a
cambiar las injusticias del Planeta. Algo así como "para qué luchar
en aras de un mundo mejor, si al final estamos condenados por un
destino irreversible a irnos por el barranco".
Del pesimista Schopenhauer a su contrincante Carlos Marx —y antes
que ellos Sócrates, Platón y muchos más—, Camus y su obra literaria,
Puenzo, filmando La peste, Ridley Scott, Blade Runner, no
pocos filósofos modernos dejándonos al final de sus conceptos
sumidos en el abatimiento y la autocompasión.
Una niñez bastante dura me enseñó a no estar creyendo en destinos
labrados.
Pero basta con levantar la vista y ver lo que sucede en el mundo
para darse cuenta que, desde su gran panteón, los fatalistas
clásicos estarían frotándose las manos, mientras esa masa viscosa
avanza implacable hacia la mujer de las bellas piernas que toma el
sol en una playa de Texas.