En
el tiempo, el Centro Pro Danza se ha caracterizado por acercar a la
escena cubana, ya sea durante los Cuballet o fuera de ellos,
coreografías diferentes en las que se conjugan aventuras (Los
tres mosqueteros, Robin Hood, Drácula...), además
de otros clásicos como Don Quijote, Cascanueces,
Bayadera, La Sylphide, Coppelia..., que han
ampliado novedosamente el horizonte del espectador y también han
motivado la creación.
El
lago de los cisnes, en una buena versión de Laura Alonso, Iván
Alonso y Héctor Figueredo (sobre la original de Marius Petipá y Lev
Ivanov) —que fuera creada por el Centro Pro Danza para un Cuballet
en Brasil hace algunos años—, reapareció por tercera ocasión, este
año, en el teatro Mella como preámbulo del curso práctico
internacional de la Escuela Cubana de Ballet. Para el cierre de la
temporada, vistieron los protagónicos del clásico los noveles Mariem
Valdés (Odette-Odile) y Abel Miranda (príncipe Sigfrido), en una
función especialmente feliz que terminó muy arriba.
Entre las características más sobresalientes de la noche estaba
el soplo de juventud revitalizadora que se sintió en contacto con
los intérpretes. En primer lugar por una muy joven bailarina: Mariem
Valdés, que demostró tener fibra y condiciones para enfrentar
cualquier clásico, en particular este que tiene, además, el doble
papel en que debe sortear dos personajes diametralmente opuestos.
Con mucha seguridad y técnica —hermosas poses, extensiones,
arabesques, giros, port de bras... —, amén del mantenido
encanto y extrema facilidad a la hora de ejecutar los complicados
pasos, convenció a un auditorio que delirante ovacionó su quehacer
escénico. Ahora viene el momento de estudiar y reflexionar sobre
algunos detalles para lograr la perfección. A su lado, su compañero,
Abel Miranda, sobresalió como solícito acompañante y por sus dotes
histriónicas con las que matizó al príncipe Sigfrido, aunque en el
baile —quizá debido a esas libras de más— faltaron agresividad y
empuje a la hora de los giros y saltos, particularmente. Pero,
madera tiene para empeños mayores.
En la jornada brillaron especialmente dos excelentes jóvenes
bailarines, Jonhal Fernández —rayano en la perfección en el pas
de trois—, habrá que seguirlo muy de cerca porque es una carta
de triunfo del ballet de Laura Alonso, y Danny González, quien en el
bufón desbordó de agilidad y técnica su actuación. Hay que reconocer
asimismo el trabajo de los cuatro cisnes, de Camila Rodríguez
—bailarina de muy buenas condiciones— y Marber Llorens (en los dos
cisnes), y subrayar la labor de Lourdes Álvarez —ahora maitre de la
compañía y otrora figura del BNC— que regaló un buen momento para la
nostalgia en la reina madre, y el Von Rothbart —del 3er. acto— del
también maitre Héctor Figueredo, no cabe dudas de que aportan
experiencia y distinción a la obra.