Los habitantes en la ciudad de La Habana se disponen a colmar
mañana los tres cines que proyectarán, en vía directa desde
Sudáfrica y a toda pantalla, la última lid del Once uruguayo por un
tercer lugar latinoamericano en el Mundial de Futbol.
Será un partido tenso frente a un plantel alemán victorioso en la
ruta competitiva de la Copa hasta que tuvo que doblar la cerviz ante
una España que no le dio tregua ni un minuto en el terreno, y lo
dejó fuera de la gran final del próximo domingo.
Los uruguayos lo saben pero tienen a su favor un temple probado
una y otra vez en la cancha, como lo demostraron en ese juego
perdido con la famosa Naranja mecánica, el equipo holandés y su
estrategia de laboratorio, obligado a crecerse ante el empuje de
unos adversarios que lo colocaron en el trance adverso de un posible
empate.
Tienen, además, una pasión por el futbol de la que se nutrieron
casi con la leche materna, incorporada en un fluir continuo a la
masa de la sangre, como dijo una vez a Prensa Latina el escritor
Mario Benedetti en uno de sus frecuentes viajes a La Habana.
Un equipo con hombres de la realeza de Diego Forlán, quien no se
amilana ante nada, con un espíritu aguerrido siempre en alto,
heredero de las tradiciones de lucha de un pueblo que cuenta con un
movimiento legendario como el de los Tupamaros.
No hay que olvidar tampoco que, junto al talento y la voluntad de
sus jugadores, late una gota de sangre africana, esa raíz que
alienta en la murga y en el candombe, parte indisoluble de la
idiosincrasia uruguaya.
El futbol manda y, como expresara con tino poético Eduardo
Galeano, es una fuente de alegría que duele, y en eso se parece a la
vida. Y, como ocurre en la vida, puede ser imprevisible, disolver
los pronósticos, volverlos puro humo, puras cábalas como una
indecisa rosa de los vientos sujeta a todos los azares posibles.
Los alemanes marchan al partido sabatino con los rescoldos aun
vivos de su derrota frente a España, por un tercer lugar que
menoscaba su orgullo y al que la mayoría de los cronistas deportivos
despojan de toda granderza.
Pero el plantel uruguayo no luchará solo por su propio país sino
por América Latina, por la huella de este costado del mundo, por la
riqueza de su historia y su cultura, por las tradiciones y el acervo
histórico y espiritual que lo sostienen.