La semilla del emigrante

TONI PIÑERA

La huella profunda de la herencia y la nostalgia, mezcladas con baile, cantos, humor, cubanía, trajo a colación, el pasado fin de semana el estreno de la obra Emigrantes, por el Ballet Español de Cuba (BEC), que dirige Eduardo Veitía.

 Foto: Nancy ReyesLa obra, con coreografía de la primera bailarina Irene Rodríguez, dedicada al aniversario 90 de Alicia Alonso, narra la historia de uno de los tantos jóvenes españoles que un día embarcó hacia Cuba con las ilusiones como equipaje, tras la búsqueda de un futuro mejor, pero soñando con el regreso al terruño. Sin embargo, una gran parte realizó su sueño en la Isla donde la semilla echó raíces de la mano del amor...

En dos actos, la coreografía pasea por la escena durante hora y media, y pone de manifiesto valores de una cultura representada en la génesis de nuestra identidad, y que por la vía de ese parentesco encontró una cálida receptividad en el auditorio. La coreógrafa habla de un puente entre lo europeo y americano, de fusión de ritmos que los jóvenes intérpretes del BEC bailan con pasión.

En la escena se vuelcan las raíces de nuestra idiosincrasia y el BEC enfrenta el flamenco, el folclor, la danza, los bailes cubanos y el ballet como uno solo. Un baile de grupos donde entran y salen los bailarines: se taconea, se contornean los torsos, caderas y hombros se mueven estrepitosamente, se salta de manera descomunal, hay arabesques, extensiones... El elemento masculino, más fuerte a la hora de enfrentar el folclor, se contrapone con la delicadeza de las muchachas al bailar lo español.

Es menester resaltar aquí el quehacer escénico de Irene Rodríguez (Habanera), que es también inspiración del grupo: impresionante, temperamental —quizá por instantes algo agresiva—, perfecta en su baile, que demuestra ser una artista completa. Junto a ella, Henry Carballosa, como el Emigrante, logra un punto alto, en el baile y la interpretación, demostrando que ha crecido mucho en estos últimos tiempos, así como los muy jóvenes intérpretes del cuerpo de baile que dieron todo de sí.

Emigrantes tiene muchos puntos a favor, la hermosa música inédita del maestro Frank Fernández que se aviene perfecta al decir de la obra, los diseños de vestuario —de Irene Rodríguez— hablan de fusión, intertextualidad con aires cubanos y flamencos, así como la sencilla pero funcional escenografía de Omar Corrales, y el diseño de luces de Jordy Burgos y la propia Irene, la enriquecen visualmente. En el campo sonoro hay que referirse también a la prodigiosa voz del cantaor Andrés Correa, y al grupo musical. Guitarras, cajas, violines, bajos, teclados, percusiones flamenca y afrocubana, palmadas y voces se integran en un discurso auténtico, desde un perfil folclórico y popular bien estudiado y asimilado, derivando hacia una fusión perfecta con nuestros ritmos afrocubanos.

La pieza trasmite frescura en su concepción escénica, tiene elementos novedosos en la coreografía, y pone a bailar en "alta velocidad" a toda la compañía que no descansa ni en los originales saludos. Sin embargo, el argumento, que tiene un momento alto cuando en una especie de rap "flamenco" cuenta parte de la historia, y excelente prólogo y final, por momentos parece diluirse en tanto baile colectivo. Habría que pensar para el futuro la suma de algunos pas de deux, de un fraseo más íntimo entre los protagonistas, para enriquecer la historia en el movimiento.

 

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