Soleida
Ríos (Santiago de Cuba, 1950) es una de las voces más auténticas de
la poesía cubana. Pareciera que desde la aparición de aquellos
cuadernos suyos iniciales, De la sierra (1977) y De pronto
abril (1979), mucho se ha movido en forma o visión del entorno
en su obra. Y eso pudiera ser cierto: cinco de sus libros, Entre
mundo y juguete,1987; El libro roto, 1995; El libro
cero,1998; El texto sucio, prosa, 1999; El Libro de
los sueños, 1999; y la Antología personal, Fuga, editada
en el 2004, dan fe de lo rico y perturbador que resulta su universo
poético.
Pero lo que supongo hace la diferencia en esta escritora, radica
en la asimilación en el tiempo de lo esencial poético, sin que su
discurso haya perdido nunca singularidad o vigor. Todo lo contrario.
Lejos del estereotipo que ha ido imponiendo determinada forma de
hacer la poesía, o el vicio de la novedad, Soleida Ríos habla sola,
como pocos hoy. Se le siente poeta, cubana, negra y mujer en una
cuerda expresiva que no admite contaminaciones.
Este año dos libros tuyos, Secadero (Unión) y
Escritos al revés (Letras Cubanas), han visto la luz. En
ambos existe una necesidad de autonomía en el decir, más que una
voluntad de búsqueda o convencimiento alguno sobre caminos para
lograrlo. ¿Me equivoco?
––Necesidad de autonomía en el decir y voluntad de búsqueda¼
, para mí, son partes inseparables de un mismo proceso: "Se hace
camino al andar". Mi cuerpo, que es múltiple, toda su trayectoria, y
el lenguaje que le ha sido dado, participan del impulso creador. Y
poder registrar ese impulso, me ha hecho suponer que he creado una
forma, llámese Escritos al revés o Secadero, sea verso
o prosa (o texto sucio como nombro a una escritura y un libro que no
se pliegan a los límites que impone un género). Esto, con la mayor
naturalidad. Me gustan los pájaros, no se esfuerzan para cantar.
¿Crees que tu poesía necesite de un lector estrictamente
cómplice, o que, por el contrario, todo ese juego de ficciones
alimenta el misterio, el interés del lector por lo que hay detrás?
––Prefiero un lector penetrante, inquisitivo. El lector aporta
una lectura. Se dice que es, de algún modo co-creador del texto.
Pero sí, creo que me gusta alimentar el misterio.
¿Cómo explicarías el hecho de que algunos de los críticos o
reseñadores de tu obra prefieran hablar de Soleida Ríos escritora
antes de anticipar el término de poeta?
—No he observado lo mismo al respecto. Pero quizás ese gesto de
algunos críticos sea reflejo de una cierta falta de convicción para
autodefinirme en lo literario, pues tengo un concepto muy elevado de
lo que es un poeta. Recuerdo un verso de Pessoa (¡mira quién!),
dice: "yo ni siquiera soy poeta, veo".
En tus libros acuden, entre otros personajes, escritores,
colegas. Al poeta Ángel Escobar vuelves una y otra vez. "Huérfano
abollado" le llamas en algún momento. ¿Cuánto le debe tu poesía?
––Entre Escobar y yo hubo un diálogo fructífero, una larga
amistad, aunque de cierta forma también conflictiva (había,
mezclados, muchos sentimientos). Mi poesía debe mucho a la conmoción
de su muerte (ocurrida en 1997, por suicidio), y más aún, debe a la
conmoción que fue toda su vida. Esa imagen del "huérfano abollado",
es suya, extraída de sus versos. El que considero mi mejor poema,
escrito en el año 2002, es mi homenaje póstumo, se titula "Ángel
Escobar, excogitar La Rueda". Y quién sabe si ahí obrara el azar
concurrente, me haya sido "dictado". No sería extraño pues establece
un vínculo fuerte también con Lezama Lima. Lo cierto es que ese
poema me ayudó a resolver interiormente esa tremenda conmoción.
Después de escrito pude aceptar entonces vida y muerte de Ángel como
mismo fueron.
Coméntame sobre esa idea, largamente acariciada por ti, de crear
el Bosque de la Poesía cubana.
––En mí, los árboles constituyen un sueño permanente. Promover la
creación del Bosque de la Poesía cubana, bosque real, monumento
vivo, es decir, sembrando en la Ciudad el árbol que "crece"
silencioso en la obra de cada poeta cubano muerto¼
Y después, siguiendo el orden más natural, el árbol que esté en la
obra (o en el sueño) de cada poeta cubano vivo, plantado cuando sea
posible con sus propias manos. Y aprovecho esta ocasión para
adelantar el deseo de muchos religiosos de incorporarse al proyecto
sembrando también cada practicante un árbol para sus ancestros. A
fin de cuentas todos, vivos y muertos, amparados en la voz poética,
somos fuerzas actuantes. Creo que nuestra tierra lo necesita. La
Isla y la Casa Grande.