Dibujos y grabados de Jorge Rigol

Capítulos visuales de una vida

TONI PIÑERA

El arte no es una mágica operación realizada según fríos esquemas mentales. Es el resultado de una lucha perenne que los creadores libran para decir aquello que les urge comunicar. El arte es, ante todo, trabajo.

Esta fue la premisa fundamental de Jorge Rigol en su vida. En junio de 1990 y en homenaje a su 80 cumpleaños, en una salita del Museo Nacional de Bellas Artes, el destacado dibujante, grabador, crítico y escritor expuso un conjunto de 36 linóleos de pequeño formato que resultó su último diálogo pictórico con el espectador, pues, a principios de 1991 dejaba de existir el artista de quien Juan Marinello expresara "comunicó desde sus primeros momentos su sobria juventud con exaltada madurez".

Veinte años después, en ocasión de su centenario, el Museo Nacional de Bellas Artes abrió ancho un espacio de la institución de Arte Cubano, para mostrar de sus fondos, la exposición Jorge Rigol, vanguardia y tradición, integrada por 60 dibujos y grabados realizados desde los años 30 y hasta finales de los 60, que como homenaje — "al artista devoto y comprometido con las causas más nobles durante toda su vida, que fue también maestro, investigador y crítico", al decir de Isabel Rigol en las palabras del catálogo—, describen la operación creadora a la que dedicó gran parte de su tiempo. La excelente curaduría de Roberto Cobas Amate —donde se exhibe también una caricatura de Jorge Rigol, firmada por el maestro Juan David, en 1950—, muestra también la individual caracterización del espacio natural y cultural donde él vivió.

Nacido hacia 1910 en Guantánamo, Jorge Rigol fue autodidacta. En 1934 publicó su primer dibujo en el periódico Ahora cuando formaba parte del Ala Izquierda Estudiantil. En la década de los 30, al cerrar la Universidad de La Habana, donde cursaba estudios de Filosofía y Letras, viajó a México atraído por el muralismo y con la idea de dedicarse a la pintura. Allí cambiarían sus planes, pues se unió al Taller de Gráfica Popular. Ello marcaría su carrera. En los 8 años de permanencia en la nación azteca creó gran parte de su obra gráfica.

La apasionante aventura del grabado tiene en Rigol a un "artesano" especial. Con escasos recursos, trazo firme y marcados contornos, el blanco y negro adquieren una connotación singular. El agarre del volumen y la ilusión de la perspectiva son características inherentes a su obra gráfica. Pero su arte — y se hace evidente en estas acuarelas, técnicas mixtas, tintas y creyón, sobre papeles y cartulinas, así como los linóleos expuestos— estuvo siempre "al servicio de los mejores intereses de la comunidad y del hombre; lo mismo cuando traduce una angustia individual ilustrando alguna narración que cuando se identifica con un ancho propósito colectivo", como dijera Marinello en un escrito titulado El mundo lineal de Jorge Rigol. La lucha del pueblo vietnamita, los hombres y mujeres sencillos que llevan en su hombro la carga del trabajo y los diversos paisajes que vio en su recorrido contornearon sus obras. En todos sobresale el oficio, el dominio de la técnica y una expresión personal con la cual comunicó, desde los primeros momentos, magistralmente el mundo en derredor.

Un capítulo importante de la vasta creatividad plástica de Jorge Rigol lo constituyó la ilustración. Desde que en el año 1945 regresa a Cuba laboró en ese sentido. En más de 40 libros dejó sus huellas: Tobías y San Abul de Montecallado, de Félix Pita Rodríguez; Los Valedontes, de Alcides Iznaga; Taita, diga usted cómo, de Onelio Jorge Cardoso; Mi casa en la tierra, de Loló de la Torriente¼ Publicaciones como Carteles, Bohemia y Mensuario llevan marcas pictóricas del creador. Aporte cimero a las artes plásticas cubanas fue su obra: Apuntes sobre la pintura y el grabado en Cuba, aparecida en 1983. Libro que recoge de manera sintética la historia de la Academia San Alejandro, sus principales gestores y sus máximos representantes. En ella, el artista más que marcar tendencias y escuelas, señala pasajes oscuros, problemas por investigar y méritos por reconocer. Allí divisó un fascinante panorama de nuestras artes plásticas, desde los orígenes hasta 1927.

En las paredes de esta institución habanera yace ahora parte de su obra como capítulos visuales de una novela, cuyos personajes viven en el tiempo, anidan en la memoria. Ellos, por suerte, quedan para contar la historia de Rigol.

 

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