Aunque el cumplimiento del deber y el sacrificio aparecen
comúnmente asociados, no deben confundirse.
Cumplir con el deber es una cosa; hacer sacrificios es otra.
Para cumplir el deber a veces hay que hacer sacrificios y a veces
no. Los revolucionarios preparados, ideológicamente cumplen siempre
su deber, aunque ello les imponga los mayores sacrificios, aunque
ello les signifique pérdida de libertad, pérdidas de comodidades
personales, relaciones familiares y hasta la vida. El revolucionario
vive y actúa para la Revolución.
Otros menos preparados también son capaces de grandes
sacrificios. Nosotros planteamos ante todo el pueblo la necesidad de
que esté dispuesto a afrontar todos los sacrificios que sean
necesarios para defender la soberanía, la independencia y la
integridad de la Patria —amenazadas por la política criminal de
agresión y de intervención que siguen los imperialistas de Estados
Unidos— para garantizar lo ya logrado por la Revolución y para
seguir adelante en la construcción del socialismo, porque sabemos
que esas trascendentales tareas históricas no pueden realizarse sin
sacrificios.
Toda gran obra histórica, toda verdadera revolución, requiere
sacrificios, riesgos y esfuerzos extraordinarios, esto es, conducta
y acciones fuera de lo corriente, fuera de lo ordinario, fuera de lo
que se hace o se puede hacer todos los días.
Nuestra Revolución, no solo es verdadera sino que es
trascendental. Es una Revolución antimperialista profunda y radical
que se realiza en un pequeño país a sólo 140 kilómetros del monstruo
imperialista. Es la Revolución que inicia el triunfo y la
construcción del socialismo en América.
Es una Revolución que sirve de estímulo y ejemplo a todos los
países de América Latina.
Es una Revolución que significa un aporte extraordinario a la
causa de la paz mundial.
Es un honor para nuestro pueblo haber emprendido y estar
realizando una tarea histórica nacional, continental y mundial de
tan largos alcances.
Ese gran honor comporta sacrificios.
Nuestra Revolución, por su misma trascendencia y ejemplaridad,
tiene en frente a un enemigo tan rabioso, tan feroz, tan
inescrupuloso y tan hipócrita como el imperialismo de Estados
Unidos.
La agresión imperialista, el bloqueo económico, la sucia y
criminal actividad de los agentes, espías, saboteadores y
terroristas de la CIA, la presión descarada sobre los gobiernos
latinoamericanos para oponerlos a Cuba, los preparativos para nuevas
intervenciones militares, en nuestras condiciones de cercanía a
Estados Unidos y de la extremada deformación económica que
padecimos, crea dificultades adicionales de carácter extraordinario
a nuestra revolución.
Los pueblos soviéticos, por ejemplo, tuvieron el honor y la
gloria de instaurar el primer Estado socialista en el mundo, pero
eso les trajo las más tremendas dificultades y los obligó a soportar
sacrificios que no han tenido que hacer otros pueblos.
La existencia del campo socialista hoy facilita a los demás
pueblos
—incluso al nuestro—, emprender el camino del socialismo.
Contamos con eso, pero también con las dificultades propias de
nuestra revolución.
De ahí que necesitemos hacer sacrificios que de otro modo
pudiéramos habernos ahorrado.
Las dificultades en los abastecimientos nos imponen sacrificios.
La necesidad de estar preparados militarmente para rechazar
cualquier nueva invasión sea unilateral o colectiva, sea directa o
indirecta, nos impone sacrificios.
La necesidad de, en esas condiciones, mantener y elevar la
producción a ritmo rápido nos exige esfuerzos extraordinarios y
sacrificios. Si viene una nueva invasión necesitaremos, claro está,
hacer sacrificios y esfuerzos aún mayores, guiados por la consigna
de Patria o Muerte, pero seguros de que Venceremos.
Sólo los que tienen una alta conciencia revolucionaria son
capaces de aceptar conscientemente los sacrificios y soportar todo
cuanto haya que soportar para sostener la soberanía de la Patria,
defender la Revolución y construir, con el socialismo, una vida
digna, una vida de abundancia y seguridad, de bienestar y felicidad
para nuestro pueblo.
Cuando un obrero deja su trabajo urbano y va a cortar caña, no
sólo cumple con un deber para con la Patria y para con la
revolución, sino que también realiza un sacrificio.
El sacrifica cierta parte de su bienestar, de su comodidad, de su
costumbre. El lo hace con la conciencia de que gracias a tales
sacrificios inmediatos lograremos mayor bienestar, seguridad y
felicidad para mañana.
Cuando nuestros jóvenes se entrenan en la Milicia y en el
Ejército Rebelde se preparan para ofrendar, los primeros, el
sacrificio incluso de la vida, en pos de la Patria, de la revolución
y del socialismo. Ellos lo hacen con la conciencia de que cumplen un
deber sagrado y con la convicción de que su sacrificio no sería en
vano, que sus muertes no serían inútiles, que ellos servirían para
alcanzar la victoria, para garantizar que nuestro pueblo —libre y
socialista— seguiría viviendo.
La Habana, 1 de marzo de 1962