De tal manera fueron resaltadas al mismo nivel las piezas
Sargento, de Osmany Betancourt; Tsunami, de Humberto
Díaz, y Donación, de Teresa Sánchez. Indudablemente se
trataba de estimular resultados en tres concepciones diferentes de
un arte en el que Cuba ofrece una dinámica muy peculiar en el
contexto latinoamericano y caribeño, en tanto se aprecia cómo sobre
el sustento de determinada tradición, la inventiva y la imaginación
alcanzan cotas admirables.
En Betancourt se advierte, una vez más, la solidez de una
concepción escultórica monumental. El artista aprisiona en una
descomunal reproducción de la herramienta que en carpintería se
llama sargento, un grupo de cabezas modeladas en cerámica, de corte
expresionista.
La Sánchez se acerca más a los tópicos de la postmodernidad, en
tanto la lectura de su obra, en la que hace dialogar la pieza
cerámica con un proyecto utópico, exige referencias ideológicas de
la historia occidental más reciente. En tal sentido la ambivalencia
de los textos visuales termina por resolverse mediante una fina
ironía.
Pero si de ejercicio pleno de las posibilidades de la cerámica se
trata, el espectador tendrá que rendirse ante la obra de Humberto
Díaz. El artista consagra las posibilidades expresivas del material
en una síntesis poéticamente conmovedora.
El hecho de que tales piezas convencieran al jurado no quiere
decir que en las restantes que integran la muestra haya demérito
alguno. Por lo contrario, la Bienal demuestra la sostenibilidad de
un oficio que se diversifica en múltiples voces.
Eso sí, cuenta el estímulo que representa la ingente labor del
Museo Nacional de la Cerámica y de su director, Alejandro G. Alonso,
que ha consagrado su labor, su inteligencia y su pasión a la
promoción de un arte mayor.