Dar
lo mejor de sí forma parte de sus estilos de vida, no se encandilan
por las luces que con su talento podría traerles la fama, formar
valores humanos a través de la creación artísticas los ha unido en
un sueño compartido.
El maestro José Francisco Arroyo, colombiano, y Carlos Alberto (Tin)
Cremata, cubano, han fusionado sus voluntades para hacer realidad
desde la pequeña localidad bogotana de San Cristóbal, un espacio
donde niños y adolescentes de escasos recursos pueden expresarse
como individuos en armonía con su entorno.
Arroyo, fundador y director de la Filarmónica Juvenil de San
Cristóbal, es reconocido en el medio artístico no sólo por ser uno
de los más destacados violinistas de Colombia, sino también por su
larga trayectoria musical en la Orquesta Filarmónica de Bogotá.
Su talento lo ha entregado a ese proyecto juvenil durante más de
un año y medio, pero no conforme con ello tocó puertas cuando supo
de la existencia en Cuba de una compañía teatral infantil llamada La
Colmenita, fundada y dirigida por Cremata.
Así nació una idea, un proyecto que fue tomando forma hoy
materializado y que ha superado con creces todas mis expectativas y
las de mis muchachos, cuenta Arroyo a Prensa Latina.
El objetivo, señala, era traer la experiencia de La Colmenita e
integrarla al proyecto juvenil de la Filarmónica y fue muy fácil ver
la magnitud de todo esto, así que sin vacilar inicie los contactos,
sobre todo conociendo del altruismo de los cubanos.
Para Arroyo, esta iniciativa es un puente que nace de una pequeña
localidad pobre colombiana directamente con Cuba, país por el que
siente una gran admiración y respeto.
Su trabajo con niños y adolescentes de escasos recursos le ha
ratificado que el talento no tiene nada que ver con la pobreza ni la
riqueza, es universal.
Por su parte, Cremata sostuvo que en Arroyo encontró a su otro
yo, tras aceptar el reto de crear una Colmenita colombiana,
experiencia que apenas cuenta con 12 días de trabajo conjunto y que
calificó como un encuentro mágico entre Cuba y Colombia en la
cultura y el arte.
Ellos querían desarrollar un ala teatral dentro del proyecto
juvenil de la Filarmónica. Llegamos y nos encontramos realmente una
colmenita musical con mucha verdad, con muchos puntos en común y
además con la maravilla de contar con una persona como Arroyo .
Vine con siete maestros de La Colmenita y en el terreno teatral,
confiesa, nos hemos encontrado un colectivo de niños y niñas que
tienen una disciplina excelente, una sensibilidad muy especial por
arte.
Pensé que venia a enseñar y he aprendido sobre todo de un
colectivo maravilloso que dirige un maestro de maestros.
Cremata adelantó a Prensa Latina que el nacimiento oficial de La
Colmenita colombiana será el próximo 28 de julio, con el estreno de
la obra infantil La Cucarachita Martina en homenaje al bicentenario
de la gesta por la independencia de América.
Asimismo dijo que antes de que concluya el año niños cubanos y
colombianos se fusionaran en una gran presentación artística que
tendrá lugar en La Habana con el acompañamiento una orquesta
sinfónica en vivo.
Pero no son sólo ellos los protagonistas de esta crónica, sino
también ese momento irrepetible que nos regalaron y pudimos
disfrutar quienes tuvimos la oportunidad de asistir la víspera al
ensayo con público de la obra La Cucarachita Martina, en una
adaptación musical y teatral infantil que forma parte del repertorio
de La Colmenita.
Allí se dieron cita niños y jóvenes, padres, amigos y curiosos,
ocupando la primera fila el embajador de Cuba aquí, Iván Mora, y el
alcalde de la localidad, William Roberto Herrera.
Nadie ajeno al día a día del grupo podía prever lo que
acontecería, en medio de la algarabía de tantas voces cruzándose a
la vez y el desorden controlado hasta que se hizo el silencio y dio
inicio la obra.
Desde ese instante y más allá de los cantos y atronadores
aplausos al final, fuimos testigos de los que se puede lograr cuando
dos voluntades creadoras se unen para dar cuerpo y forma a un sueño.
Los flashes de las cámaras, sonrisas, lágrimas y una dosis
elevada de emoción se apoderaron de la humilde sala de la
edificación comunitaria de San Cristiabal, con un público que
agradeció cada segundo de lo que escuchó, vio y sintió.
Si bien no estábamos en la comodidad del teatro, ni bajo los
efectos de las luces, ni los telones que se abren y cierran, ni la
escenografía que nos ubica, fuimos los verdaderos privilegiados.
Cuántos Arroyo y Cremata habrá en el mundo, dijo una joven del
público a quien no alcance a preguntarle su nombre.