Temperamento con voz propia

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Cuando Roberto Fonseca llegó a Buenavista Social Club a reemplazar lo irreemplazable —el toque distintivo y distinguido del maestro Rubén González—, ya clasificaba como una promesa cuajada en el territorio del jazz cubano, pues junto al saxofonista Javier Zalba, desde 1997, colideraba una formación llamada Temperamento.

El tiempo pasó y el pianista creció. Vio mundo y afinó la puntería. Se desbordó menos sobre el teclado para ensancharse más, a base de un criterio en el que los fundamentos de la tradición apuntalaron la imaginación improvisatoria.

El salto se hace ostensible cuando se compara el disco inicial En el comienzo (1998) con Akokán (2009). Y no porque haya tenido buenos aliados externos, como la caboverdiana Maya Andrade, que aporta su carisma al tema "Siete potencias" o la voz del estadounidense Raúl Midon en "Everyone deserves a second chance". Al menos en dos momentos —"Drume negrita" y "Como en las películas"— se revela, a partir de dos dinámicas distintas, un talento que se expresa con voz propia sin complejos ni prejuicios. Al final del cuento parece que Fonseca ha aprendido algo que no todos tienen claro: la cuestión no es tocar mucho, como a veces ha tratado de hacer, sino tener cosas que decir.

Si yo fuera el autor de Temperamento, el filme producido por el ICAIC que hoy tendrá su premier por invitación en el Chaplin y el día 24 se estrenará en el Riviera, hubiera traído a colación el asunto, entre otros de interés en el universo del jazz cubano, como la relación entre tradición y actualidad, o entre los puntos de partida y de llegada.

Pero a Jorge Fuentes, un avezado realizador de documentales y de una serie de ficción que mucho aprecio, Cabinda, interesó más el ambiente que la reflexión, el registro del sonido que la indagación, sin que falten una o la otra.

Es por eso que Temperamento entra por los oídos, aún cuando sea pródigo en imágenes convincentes —fotografiadas por Justo Fuentes y editadas por Juan Carlos Llapur—, en cierto modo emparentadas rítmicamente con la propia naturaleza de la invención jazzística.

Un público agradecerá particularmente este documental de Jorge Fuentes: el entendido aquí y allá, el que escucha el excelente programa de CMBF casi a la medianoche, o se conecta con A todo jazz a una hora incierta de la programación televisiva, o va a Bellas Artes los sábados al anochecer, o a la Casa del ALBA cuando se lo ofrecen, y echa de menos la posibilidad de acceder como dios manda al Jazz Café o a La Zorra y el Cuervo; el público que va al patio de la UNEAC en Santa Clara o ansía que una idea que se le ocurrió a Alberto Lescay, abrir un centro de promoción del género en Santiago de Cuba, acabe de fructificar.

Y ese otro público, fuera de nuestro país, que sabe que entre nosotros el jazz vive y se multiplica a como dé lugar, en las escuelas de arte o en Santa Amalia, en sus fusiones con la rumba o con la música sinfónica.

Ojalá que otros jazzistas cubanos de la nueva generación encuentren su Jorge Fuentes. Porque este no es momento para la nostalgia, sino de auscultar tiempos de prolongación y cambios en la escena de un género al que hemos aportado talentos y conceptos.

 

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