De
pactos con el diablo está llena la vida y, por ende, el arte. Llega
a los cines otro de esos pactos de manos de un viejo conocido, Terry
Gilliam, el mismo que hace años tan alegremente desconcertara con
sus Monty Python, y que luego desarrollara una obra
cinematográfica desigual, signada por la imaginación y el
desbordamiento.
El imaginario del Doctor Parnassus (2009) es lo último de
Terry Gilliam y hay un hecho doloroso en el filme al cual hay que
referirse por todo lo que influyó, tanto en lo sentimental como en
lo artístico: la muerte, cuando ya se tenía parte de la historia
rodada, de Heath Ledger, el recordado actor de Brokeback Mountain.
Gilliam trabajaba en la concepción de algunos efectos especiales
cuando recibió la noticia y atribulado decidió en un primer momento
cancelar el proyecto. Luego lo pensó dos veces y puso a funcionar su
maquinaria transformadora: El Imaginario del Doctor Parnassus
contaba la historia de un hombre muy viejo que recorre un Londres
calamitoso con un espectáculo de estilo circense que le permite al
público, luego de atravesar un espejo mágico, entrar en una
dimensión existencial distinta, casi siempre regida por la
felicidad.
Heath Ledger interpreta a un estafador que se une al show y es el
encargado de atravesar el espejo acompañando a los interesados. ¿Qué
hacer ante su muerte? Tres actores muy conocidos y grandes amigos de
Ledger vinieron al rescate del filme: Johnny Depp, Jude Law y Colin
Farrell. Por ese orden ellos van encarnando el personaje de Ledger
cada vez que éste atraviesa el espejo, y de esa manera un recurso
"improvisado" en aras de encontrar una solución, y también en
homenaje al actor fallecido, se integra de manera tan coherente a la
trama que el espectador que no esté enterado llega a creer que así
mismo estaba concebido en el guión original.
La sinopsis se concreta con el hecho de que el anciano Parnassus
(Christopher Plummer) es inmortal debido a un juego perdido frente
al diablo. Parnassus quería juventud para conquistar a una joven de
la que se enamora a primera vista. ¡Cómo no!, le dice el diablo,
pero a cambio tendrás que darme a una hija —si la tienes— cuando
ésta llegue a los 16 años.
No haría falta decir que el filme se inicia precisamente con esa
hija a punto de cumplir la edad que la llevará a los infiernos de
manos de un delicioso diablo-ser humano encarnado por Tom Waits.
Aunque la historia bebe en sus esencias de clásicos de la
literatura (la vejez, el amor, el diablo tentando y proponiendo
pactos), ahí esta de nuevo Terry Gilliam conjugando imaginación y
desbordamientos. Sus efectos especiales resultan algunos modernos y
otros pertenecientes a la vieja escuela del "cartón y la brocha",
amalgama de ingenuidades y sorpresas que pueden ser disfrutadas por
un espectador que en esos dominios no exija precisamente una técnica
a "lo Avatar".
Fuerza visual y creativa la de este director siempre en riesgo
por cuanto es tanto lo que ofrece en sus tonos de humorada, que una
vez más el fragor incontenible de las imágenes amenaza con tragarse
la simpleza de una historia largamente contada: esa que todavía hoy
no puede proclamar un ganador absoluto en la eterna batalla que
involucra por igual al amor y al diablo.