En Rustenburgo, sin mostrar gran cosa, los norteamericanos
exprimieron un empate, con la colaboración de Green, de lo que a
priori parecía una derrota. E incluso pudieron ganar, de no ser
porque uno de los postes, menos propenso a la desinteresada
generosidad del arquero inglés, rechazó finalmente la pelota. Es
decir, que sin una ocasión clara de gol en todo el encuentro
consiguieron marcar, mientras Inglaterra, muy seria de la zaga en
adelante, se mostró tan voraz como fallona. Casi tan fallona como
Argentina.
Aunque en su estreno ante Nigeria se topó con un portero medio
marciano como Enyeama, la albiceleste igual deberá afinar la
puntería si en realidad pretende disputar la final del próximo 11 de
julio, como reconoció el propio Maradona. Es verdad que guiados por
un Messi excelso, los gauchos salieron mejor parados que los
ingleses —con el aliciente de que Sergio Romero no es ni por asomo
tan malo como el infortunado Green—, pero tampoco resultaron del
todo convincentes.
El equipo toca y eso ya es noticia, atendiendo el precedente de
la clasificación, pero seguro tendrá que especular menos con el
resultado para traspasar los cuartos, fase adonde se supone llegue
sin mayores problemas, tras lo visto en su llave y en el embrollado
galimatías que es el grupo A.
No en vano, cumplidas tres jornadas, el torneo ha sido
fundamentalmente eso. Mucho ruido y pocas nueces. Entre el zumbido
atronador de las vuvuzelas (incesante en cada partido) y una ínfima
tasa de goles: uno cada 70 minutos previo al choque entre Alemania y
Australia. Tanto es así que solo Sudcorea había marcado dos veces
ante una Grecia que poco recuerda a aquel conjunto infranqueable que
levantó la Eurocopa hace seis años.
Esa tendencia, sin embargo, la rompieron ayer los germanos. Un
equipo fresco y vertical que ha compensado la baja de Ballack en el
mediocampo con un juego alegre y eficaz como pocas veces se le ha
visto. "Alemania no tiene personalidad en la portería", había
proclamado el arquero Mark Schwarzer horas antes del partido, pero
ni falta que le hizo, la verdad.
La Mannschaft ha sido el primer favorito en mostrarse
verdaderamente implacable y la víspera martirizó a su rival hasta
desangrarlo. Tocó, buscó, probó y gustó todo cuanto quiso para
terminar ofreciendo una de esas demostraciones raramente memorables.
De nada le habría servido a Schwarzer tener toda la personalidad del
mundo. Australia, que hace cuatro años dejó una grata imagen tras
hacerle el pulso en los octavos a Italia, recibió en Durban un baño
de fútbol en todos los sentidos. Tan brutal resultó la superioridad
alemana, que aún sus cuatro goles parecieron más bien pocos. Y solo
una cara de susto como la de Green podría traducirla del todo.