La máquina de hacer fútbol

—"No es el fin del mundo". Mohamed Al Deayea, arquero de Arabia Saudí, tras encajar ocho goles de Alemania en el Mundial del 2002.

Ariel B. Coya

Todos vieron la macarrónica pifia de Robert Green ante Estados Unidos, ¿verdad? No fue el fin del mundo para el (ex) portero de la selección inglesa, no. Pero casi podría serlo si, por alguna extraña sucesión de accidentes y resultados, al equipo de Capello le toca enfrentarse con Alemania en octavos. Algo que ahora mismo podría ocurrir si ambos conjuntos siguen jugando como lo hicieron el sábado.

Foto: FIFABastian Schweinstiger condujo brillantemente el juego teutón.

En Rustenburgo, sin mostrar gran cosa, los norteamericanos exprimieron un empate, con la colaboración de Green, de lo que a priori parecía una derrota. E incluso pudieron ganar, de no ser porque uno de los postes, menos propenso a la desinteresada generosidad del arquero inglés, rechazó finalmente la pelota. Es decir, que sin una ocasión clara de gol en todo el encuentro consiguieron marcar, mientras Inglaterra, muy seria de la zaga en adelante, se mostró tan voraz como fallona. Casi tan fallona como Argentina.

Aunque en su estreno ante Nigeria se topó con un portero medio marciano como Enyeama, la albiceleste igual deberá afinar la puntería si en realidad pretende disputar la final del próximo 11 de julio, como reconoció el propio Maradona. Es verdad que guiados por un Messi excelso, los gauchos salieron mejor parados que los ingleses —con el aliciente de que Sergio Romero no es ni por asomo tan malo como el infortunado Green—, pero tampoco resultaron del todo convincentes.

El equipo toca y eso ya es noticia, atendiendo el precedente de la clasificación, pero seguro tendrá que especular menos con el resultado para traspasar los cuartos, fase adonde se supone llegue sin mayores problemas, tras lo visto en su llave y en el embrollado galimatías que es el grupo A.

No en vano, cumplidas tres jornadas, el torneo ha sido fundamentalmente eso. Mucho ruido y pocas nueces. Entre el zumbido atronador de las vuvuzelas (incesante en cada partido) y una ínfima tasa de goles: uno cada 70 minutos previo al choque entre Alemania y Australia. Tanto es así que solo Sudcorea había marcado dos veces ante una Grecia que poco recuerda a aquel conjunto infranqueable que levantó la Eurocopa hace seis años.

Esa tendencia, sin embargo, la rompieron ayer los germanos. Un equipo fresco y vertical que ha compensado la baja de Ballack en el mediocampo con un juego alegre y eficaz como pocas veces se le ha visto. "Alemania no tiene personalidad en la portería", había proclamado el arquero Mark Schwarzer horas antes del partido, pero ni falta que le hizo, la verdad.

La Mannschaft ha sido el primer favorito en mostrarse verdaderamente implacable y la víspera martirizó a su rival hasta desangrarlo. Tocó, buscó, probó y gustó todo cuanto quiso para terminar ofreciendo una de esas demostraciones raramente memorables. De nada le habría servido a Schwarzer tener toda la personalidad del mundo. Australia, que hace cuatro años dejó una grata imagen tras hacerle el pulso en los octavos a Italia, recibió en Durban un baño de fútbol en todos los sentidos. Tan brutal resultó la superioridad alemana, que aún sus cuatro goles parecieron más bien pocos. Y solo una cara de susto como la de Green podría traducirla del todo.

 

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