El precio de la gasolina en el mercado incluye el costo de
taladrar, extraer, refinar y transportar el petróleo; sin embargo,
no cubre los costos de la contaminación atmosférica, de la lluvia
ácida, del daño climático.
Los impuestos medioambientales o verdes, como también se les
suele llamar, surgen a partir de la urgencia por modificar actitudes
y conceptos para lograr mayor sostenibilidad y bienestar humano,
pero todavía no se aplican a todos los que dañan la naturaleza ni a
todas las formas de degradación ambiental.
Bajo la premisa de integrar economía y ecología muchos
especialistas ven la necesidad de incorporar en los costos de
producción los daños ecológicos y abogan porque la pérdida de
calidad del medio ambiente se pague con impuestos.
"El que contamina, paga" constituye un principio del derecho
ambiental que busca solventar la degradación de la naturaleza y que
el dinero se emplee para resarcir los daños al medio ambiente.
Lamentablemente esos efectos adversos, por lo general, no
representan costos para el explotador o contaminador y no se hacen
coincidir los costos privados con los sociales.
El impuesto sobre el carbono, —uno de los tantos relacionados con
el medioambiente, dígase uso de bahías, explotación de minas, y
otros—, se aplica sobre la emisión de dióxido de carbono, gas de
efecto invernadero, y pretende desalentar las emisiones
contaminantes.
Por ejemplo, el gobierno francés ha anunciado que aplicará este
año un impuesto sobre el carbono a ciudadanos y empresas de 17 euros
por tonelada de dióxido de carbono que se emita, e igualmente se
compensará con rebajas fiscales o cheques verdes a quienes reduzcan
las emisiones. Suecia grava la tonelada de CO2 a más de 100 euros,
Finlandia, Dinamarca y Eslovenia también aplican impuestos
similares.
La lucha contra el calentamiento global apunta hacia la
implantación de un impuesto específico sobre las emisiones de
carbono. La reducción de las emisiones de gases de efecto
invernadero es parte de los compromisos internacionales, como el
Protocolo de Kyoto.
En términos de impuestos se estila gravar lo menos posible a los
de menos rentas y concentrar acciones que incentiven la
investigación y el desarrollo favorable de la naturaleza y en contra
de los depredadores. En muchos casos los fondos recaudados son
destinados para financiar proyectos a favor de la utilización de
espacios naturales; sistemas de vigilancia contra incendios,
servicios de guardabosques, así como reforestación; dotación de agua
de calidad, saneamiento, delimitación de zonas protegidas y otros.
Algunos, los más devastadores, ven el gravamen como un permiso
para contaminar, otros tantos como meros instrumentos recaudatorios
y no perciben claramente sus incentivos. Pero, como en la aplicación
de todos los impuestos, en estos debe exigirse equidad, justicia y
que no primen intereses económicos individuales.
La irresponsabilidad del hombre ha llevado a que hayan sido
despoblados de árboles millones de kilómetros cuadrados de selvas
tropicales y bosques templados, desaparecieran decenas de miles de
especies y muchas zonas cenagosas y de arrecifes coralinos sufran
deterioro.
Para lograr armonizar la producción con la protección es
necesario, entre otras acciones, proteger la biodiversidad,
garantizar agua potable y reducir el uso de sustancias químicas
tóxicas, todo lo que requiere de una esmerada educación ambiental en
la sociedad, que prevea y tenga en cuenta el futuro.
La humanidad vive hoy momentos de daños irreparables como los
efectos del derrame petrolero de la empresa British Petroleum en el
que están en riesgo cuatro variedades de tortugas —catalogadas en
peligro de extinción—, mamíferos y aves, así como la pesca de
camarón, sardina y atún. Este es un ejemplo palpable de daño al
ecosistema.
Los países pobres son los que sufren las más severas
consecuencias, incluso de la expoliación de sus riquezas en muchos
casos sin políticas impositivas que los favorezcan, con la
consecuente degradación del medioambiente.
Nadie puede culpar a los países del Tercer Mundo de ser causantes
de la brutal depredación de los recursos naturales, dijo Evo Morales
en la Cumbre de los Pueblos: "O muere el capitalismo o muere la
madre tierra", sentenció.
En Copenhague, Dinamarca, en diciembre último, en la Cumbre
Climática de las Naciones Unidas, Hugo Chávez advertía que: "Los
ricos están destruyendo el planeta. ¿Será que piensan irse para otro
cuando destruyan este?". Y aportó: Los 500 millones de personas más
ricas —el 7% de la población mundial—, son responsables del 50% de
las emisiones contaminantes, mientras el 50% más pobre es
responsable de solo el 7% de las emisiones contaminantes.
Pero ese es un costo que no se paga con nada porque está en
peligro la sobrevivencia del ser humano.