Los tributos y su evolución

Quien contamina, paga

SILVIA MARTÍNEZ PUENTES

El precio de la gasolina en el mercado incluye el costo de taladrar, extraer, refinar y transportar el petróleo; sin embargo, no cubre los costos de la contaminación atmosférica, de la lluvia ácida, del daño climático.

Los impuestos medioambientales o verdes, como también se les suele llamar, surgen a partir de la urgencia por modificar actitudes y conceptos para lograr mayor sostenibilidad y bienestar humano, pero todavía no se aplican a todos los que dañan la naturaleza ni a todas las formas de degradación ambiental.

Bajo la premisa de integrar economía y ecología muchos especialistas ven la necesidad de incorporar en los costos de producción los daños ecológicos y abogan porque la pérdida de calidad del medio ambiente se pague con impuestos.

"El que contamina, paga" constituye un principio del derecho ambiental que busca solventar la degradación de la naturaleza y que el dinero se emplee para resarcir los daños al medio ambiente. Lamentablemente esos efectos adversos, por lo general, no representan costos para el explotador o contaminador y no se hacen coincidir los costos privados con los sociales.

El impuesto sobre el carbono, —uno de los tantos relacionados con el medioambiente, dígase uso de bahías, explotación de minas, y otros—, se aplica sobre la emisión de dióxido de carbono, gas de efecto invernadero, y pretende desalentar las emisiones contaminantes.

Por ejemplo, el gobierno francés ha anunciado que aplicará este año un impuesto sobre el carbono a ciudadanos y empresas de 17 euros por tonelada de dióxido de carbono que se emita, e igualmente se compensará con rebajas fiscales o cheques verdes a quienes reduzcan las emisiones. Suecia grava la tonelada de CO2 a más de 100 euros, Finlandia, Dinamarca y Eslovenia también aplican impuestos similares.

La lucha contra el calentamiento global apunta hacia la implantación de un impuesto específico sobre las emisiones de carbono. La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero es parte de los compromisos internacionales, como el Protocolo de Kyoto.

En términos de impuestos se estila gravar lo menos posible a los de menos rentas y concentrar acciones que incentiven la investigación y el desarrollo favorable de la naturaleza y en contra de los depredadores. En muchos casos los fondos recaudados son destinados para financiar proyectos a favor de la utilización de espacios naturales; sistemas de vigilancia contra incendios, servicios de guardabosques, así como reforestación; dotación de agua de calidad, saneamiento, delimitación de zonas protegidas y otros.

Algunos, los más devastadores, ven el gravamen como un permiso para contaminar, otros tantos como meros instrumentos recaudatorios y no perciben claramente sus incentivos. Pero, como en la aplicación de todos los impuestos, en estos debe exigirse equidad, justicia y que no primen intereses económicos individuales.

La irresponsabilidad del hombre ha llevado a que hayan sido despoblados de árboles millones de kilómetros cuadrados de selvas tropicales y bosques templados, desaparecieran decenas de miles de especies y muchas zonas cenagosas y de arrecifes coralinos sufran deterioro.

Para lograr armonizar la producción con la protección es necesario, entre otras acciones, proteger la biodiversidad, garantizar agua potable y reducir el uso de sustancias químicas tóxicas, todo lo que requiere de una esmerada educación ambiental en la sociedad, que prevea y tenga en cuenta el futuro.

La humanidad vive hoy momentos de daños irreparables como los efectos del derrame petrolero de la empresa British Petroleum en el que están en riesgo cuatro variedades de tortugas —catalogadas en peligro de extinción—, mamíferos y aves, así como la pesca de camarón, sardina y atún. Este es un ejemplo palpable de daño al ecosistema.

LOS PAÍSES POBRES PAGAN LAS CONSECUENCIAS

Los países pobres son los que sufren las más severas consecuencias, incluso de la expoliación de sus riquezas en muchos casos sin políticas impositivas que los favorezcan, con la consecuente degradación del medioambiente.

Nadie puede culpar a los países del Tercer Mundo de ser causantes de la brutal depredación de los recursos naturales, dijo Evo Morales en la Cumbre de los Pueblos: "O muere el capitalismo o muere la madre tierra", sentenció.

En Copenhague, Dinamarca, en diciembre último, en la Cumbre Climática de las Naciones Unidas, Hugo Chávez advertía que: "Los ricos están destruyendo el planeta. ¿Será que piensan irse para otro cuando destruyan este?". Y aportó: Los 500 millones de personas más ricas —el 7% de la población mundial—, son responsables del 50% de las emisiones contaminantes, mientras el 50% más pobre es responsable de solo el 7% de las emisiones contaminantes.

Pero ese es un costo que no se paga con nada porque está en peligro la sobrevivencia del ser humano.

 

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