Estéticas diversas en la escena

AMELIA DUARTE DE LA ROSA

Dos acontecimientos escénicos aplaudidos unánimemente por el público y por la crítica en este año, son el monólogo Josefina la viajera, de Teatro El Público y una deliciosa versión de Argos Teatro de la pieza Final de partida, de Samuel Beckett. Ambas puestas en escena, estéticamente diversas pero formalmente sobresalientes, compiten en esta décimo tercera edición del Festival de Camagüey que, en busca de una mirada al teatro cubano contemporáneo, intenta dialogar con el quehacer teatral de la Isla aunque para muchos las propuestas no sean suficientes.

El monólogo de Osvaldo Doimeadiós es la historia de Josefina frente al espejo, la imagen de una mujer atrapada en sus aspiraciones, su pasado y su presente. Con textos de Abilio Estévez, la obra encuentra su mejor camino en la interpretación de Doimeadiós, quien agiganta la sencilla belleza del personaje siempre convincente y apasionado en la búsqueda por transmitir, en cada gesto, la ironía y la desmesura, el sabor y la sinceridad, el distanciamiento y la ambigüedad.

Más allá de la excelente escenografía que siempre factura el director Carlos Díaz en sus montajes, decir que uno vio el espectáculo sería impreciso, mejor referirse en términos de experiencia. En efecto, esta obra no entra a la conciencia por los ojos y los oídos, sino más bien a través de la piel, de la sensibilidad que activa un conjunto de estímulos coherentemente organizados, propuestos desde diferentes perspectivas que mantienen la atención del espectador ante la parodia, la referencialidad y la intertextualidad dramática. Aquí hay contenido, forma, música, dirección, hay todo, desde el autor hasta el intérprete hay talento verdadero.

Eficiente y con un mínimo de elementos escenográficos, llegará los últimos tres días de la cita agramontina la última partida de Hamm y Clov, bajo la dirección de Carlos Celdrán. La historia de Beckett aborda relaciones de poder, manipulaciones, decadencia y deterioro en un mundo en el cual las fuerzas naturales, las tradiciones sociales y la triste memoria, refuerzan un sentimiento abrumador de estancamiento espiritual.

El estilo del dinámico y profundo diálogo entre los actores Pancho García y Waldo Franco, Daysi Sánchez y José Luis Hidalgo, se muestra estrictamente dúctil a la cambiante situación dramática que, en progresión, compone admirables engranajes del juego inconsciente que es la pieza. Celdrán en las deformaciones más fantasiosas y singulares de las escenas, crea algo real, sin duda emocionalmente verdadero y reflexivo.

Los espectáculos del encuentro, como toda plaza de intercambios, fluctúan en calidad, perspectiva y estética. Montajes simétricos, extensos, coherentes o cuidadosos en diseño, vestuario y luces como Mala cosecha, de Teatro del Viento y el experimental Medea de barro, D’Morón Teatro, de una belleza plástica exquisita, subrayan que aunque alargada y estrecha en nuestra Isla se realiza teatro, con soles y bemoles, de posturas, principios e ideas.

 

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