Las confesiones de Lien Chang

PASTOR BATISTA VALDÉS

LAS TUNAS,— Pasará mucho tiempo, quizás toda la vida, y la doctora Bárbara Lien Chang Agüero aún recordará sus primeros pasos en la práctica de esa profesión a la cual decidió entregarse para siempre. Fue en la zona rural de Palmarito donde en verdad empezó a examinar los seis años de contenidos docentes.

Foto del autorPara esta joven sigue siendo un placer el necesario contacto directo con el paciente.

"Esa etapa fue muy útil para mí —explica— porque de repente me vi sola, con un enfermero y una asistente, pero sin otro médico por todo aquello a quien consultar determinada duda. Entonces comprendí mejor cuánta razón tenían nuestros profesores al recomendarnos: presten mucha atención, no pierdan el tiempo, pregunten todo, porque un día van a estar solos, sin nadie a quien acudir.

"También me acordé bastante de quienes cumplen misión fuera de Cuba. Es algo muy curioso: algunas personas piensan que donde más imprevistos, adversidades o emociones vive un médico es ofreciendo ayuda en otros países. Pero coincido con quienes opinan que tan valioso, intenso y sacrificado como aquel aporte es el que realizamos miles y miles de profesionales aquí, en consultorios, policlínicos, hospitales y otras instituciones".

Bárbara medita y mientras lo hace una sonrisa aflora en su rostro, tal vez porque paralelamente acuden a su memoria aquellos días de abrasador sol, montada sobre un carretón, a lomo de caballo o caminando kilómetros a pie para llegar hasta esas mismas familias que, a fuerza de puro cariño y gratitud, hoy le siguen pidiendo que vuelva junto a ellos.

"Cuento estas cosas y sé que no solo me sucedieron a mí. Lo mismo pudiera decir Adrián Acosta en la zona de Las Flores, o quienes están en La Jibarera, La Irma, Dumoy y otros lugares lejanos e intrincados, donde se trabaja duro, con mucha población dispersa, a la cual hay que visitar y atender sin dejar de hacer guardia en el policlínico: 24 horas si es domingo y una parte de la tarde con la noche entera durante los demás días, hasta las 8:00 a.m., para de ahí volver otra vez al consultorio rural.

"A pesar de todo ello, adoro a esa población del campo, tremendamente sana, que se acerca y le cuenta sus problemas al médico como si fuera su propia familia. A veces las embarazadas se resisten un poco al ingreso, pero terminan cooperando. Todo depende mucho de tu capacidad para explicar, orientar, persuadir y también exigir".

Tal vez por ser soltera aún, esta joven no haya tenido que enfrentar igual las disyuntivas de miles de médicos, enfermeras, especialistas, técnicos y otros trabajadores de la Salud quienes, sin renunciar al oficio ni a la pasión, deben realizar verdaderos malabares para atender y solventar las innumerables necesidades del hogar, "dividir para multiplicar" su tiempo, destinar cada centavo del bolsillo a lo más urgente y necesario, hacer "maravillas" para llegar a tiempo al hospital, realizar muchas más guardias que antes.

Sin embargo, Bárbara ya sabe que el trabajo del médico en la coyuntura actual no es el mismo de hace tres décadas, mucho menos el que se sueña a los cinco años de edad auscultando a una muñeca o al hermanito menor. Ser especialista de primer grado en Medicina General Integral, Máster en Urgencias, metodóloga de Medicina en el policlínico Aquiles Espinosa, además de secretaria general del comité de la Unión de Jóvenes Comunistas allí y miembro no profesional del Buró Provincial de esa organización, exige también sacrificios extraordinarios.

"Y aunque no todas las personas valoran igual nuestra labor —lo mismo de los médicos que están fuera del país como de los que aseguramos el trabajo aquí—, puedes estar seguro de que quienes de verdad amamos esta profesión no vamos a fallarles nunca ni a Cuba ni al pueblo que tanto nos necesita".

 

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