La muchacha no sale del asombro, pues la suma de dinero que
contenía la cartera, unida al anillo de oro y otros elementos de
valor, ponían en tela de juicio su retorno. Por fortuna, existen
Robertico y sus padres, a quienes no se cansa de darles las gracias.
Porque la gratitud también ennoblece.
Robertico había ido por un libro a la casa de un compañero, pero
este no sería el único objeto con el que volvería. Mientras, Evelyn
no sospechaba de la pérdida. Solo lo supo a la mañana siguiente,
cuando precisó de una tarjeta para incorporarse a su centro laboral.
Ahí comenzó la aflicción.
A esa hora Robertico ya había insistido en que buscaran a la
dueña cuanto antes para entregarle todo. Con la información del
solapín y después de varias averiguaciones la encontraron. Una
llamada por teléfono trajo la calma a Evelyn y más tarde, le llegó
el convencimiento de que aún la escasez material no ha carcomido los
valores de muchas familias.
La satisfacción me hubiese dado para más, contó la investigadora.
No obstante, "creí pertinente visitarlo en la escuela, llevarle un
regalo, una carta de agradecimiento a él y otra a los padres".
Con ello el pequeñín se sabe dichoso. Además, en la Secundaria
Básica Guido Fuentes le hicieron un matutino especial y hasta un
diploma le entregaron. La mamá estaba presente, y quiso permanecer
ecuánime, pero fue superior la tozudez de las lágrimas.
Más allá de un reconocimiento al hecho en sí, Ana Rodríguez,
directora de la escuela, concibió el homenaje como una lección de
valores, un modo de demostrarle al resto: ¡eso es obrar bien!
Quizá alguien, con esa noción confusa, pudiera cuestionarle,
insinuarle que está loco, pero Robertico sonríe hoy. ¡Vaya locura
sana, aleccionadora! La misma que de un tirón lo pertrechó de todas
las enseñanzas de su tiempo.