Hacer del bien una fortuna

YUDY CASTRO MORALES

Roberto Díaz de Marcos, o simplemente Robertico, es un niño aventajado, algo que no duda en asegurar la investigadora Evelyn Fuentes, del Centro Nacional de Genética Médica, desde que el estudiante de 7mo grado le devolvió su monedero perdido con todas las pertenencias intactas.

Foto: Yander zamoraBien sabe Robertico que la honradez vale muchísimo más que el dinero.

La muchacha no sale del asombro, pues la suma de dinero que contenía la cartera, unida al anillo de oro y otros elementos de valor, ponían en tela de juicio su retorno. Por fortuna, existen Robertico y sus padres, a quienes no se cansa de darles las gracias. Porque la gratitud también ennoblece.

Robertico había ido por un libro a la casa de un compañero, pero este no sería el único objeto con el que volvería. Mientras, Evelyn no sospechaba de la pérdida. Solo lo supo a la mañana siguiente, cuando precisó de una tarjeta para incorporarse a su centro laboral. Ahí comenzó la aflicción.

A esa hora Robertico ya había insistido en que buscaran a la dueña cuanto antes para entregarle todo. Con la información del solapín y después de varias averiguaciones la encontraron. Una llamada por teléfono trajo la calma a Evelyn y más tarde, le llegó el convencimiento de que aún la escasez material no ha carcomido los valores de muchas familias.

La satisfacción me hubiese dado para más, contó la investigadora. No obstante, "creí pertinente visitarlo en la escuela, llevarle un regalo, una carta de agradecimiento a él y otra a los padres".

Con ello el pequeñín se sabe dichoso. Además, en la Secundaria Básica Guido Fuentes le hicieron un matutino especial y hasta un diploma le entregaron. La mamá estaba presente, y quiso permanecer ecuánime, pero fue superior la tozudez de las lágrimas.

Más allá de un reconocimiento al hecho en sí, Ana Rodríguez, directora de la escuela, concibió el homenaje como una lección de valores, un modo de demostrarle al resto: ¡eso es obrar bien!

Quizá alguien, con esa noción confusa, pudiera cuestionarle, insinuarle que está loco, pero Robertico sonríe hoy. ¡Vaya locura sana, aleccionadora! La misma que de un tirón lo pertrechó de todas las enseñanzas de su tiempo.

 

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