Crónica de un espectador

La memoria, la ignorancia y otras esencias

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

La memoria extraviada, o engatusada por bombillitas en colores, junto a la ignorancia y algunas razones más pueden tragarse las esencias, eso pensé al concluir este sábado el filme ruso Somos del futuro, exhibido en el programa Espectador crítico, que con encanto y sabiduría conduce la colega Magda Resik.

La promoción del Canal Educativo —bien hecha, como debe realizarse para diferenciar lo bueno del maremagno fílmico— había llamado la atención al anunciar un filme del año 2008 que sirviéndose de la fantasía relacionaba a una parte de la juventud rusa de hoy día con un pasado histórico, exactamente agosto de 1942, cuando las tropas hitlerianas parecían una fuerza imparable avanzando contra la Unión Soviética.

Asuntos de familia me hicieron llegar tarde a la casa y sentarme frente al televisor en los momentos en que su conductora despedía el programa. Escribo, pues, lamentándome desconocer lo que ella y su invitado dijeron, pero motivado por un imponderable que desde hace rato me preocupa y que Somos del futuro, el filme de Andrei Malyukov, pone sobre el tapete con un poder de advertencia que no debe pasarse por alto: la desmemoria, que a la manera de una enfermedad devastadora opera sobre generaciones de jóvenes, en el caso que nos ocupa, Rusia y, por extensión, una Europa que hace tan solo 65 años vivió el final de aquel infierno que tuvo al diablo Hitler a la cabeza.

¿Cómo puede un joven ruso de estos días hacerse tatuar una cruz gamada, símbolo de una barbarie que llevó el luto a casi todo los hogares de la Unión Soviética? ¿Dónde quedan los millones de muertos, las heroicidades escritas a fuego y pólvora en la Gran Guerra Patria, la soberanía de una nación dispuesta a no rendirse, los jóvenes que murieron en una trinchera sin haber conocido la desnudez de una primera mujer?

Somos del futuro se refiere a cuatro jóvenes que en los días actuales realizan excavaciones para buscar reliquias nazis, que luego venden a unos interesados en traficar nostalgias. Los jóvenes son tan violentos como alegres y tan cínicos como irresponsables y la Historia solo les interesa como afán de lucro.

Un buen día, en pleno jolgorio por un descubrimiento que los puede llenar de dinero, son transportados al pasado, al año 1942 y con las balas silbándoles por encima de la cabeza. Por supuesto que la trama es más complicada y llena de peripecias y matices, pero lo que importa es que los jóvenes deben integrarse como soldados y luchar contra los nazis. Conocerán entonces la sensibilidad y la fibra heroica predominantes en aquellos hombres que arremetían desde sus trincheras, fusil en mano, dando vivas a los valores en que creían y por los cuales estaban dispuestos a morir.

Los mismos valores que en el presente de nuestros días habían sido motivo de burlas por parte de esos cuatro jóvenes.

Antes de regresar al presente, después de haber vivido los días de lucha, uno de ellos, el que llevaba la svástica, se la raspa avergonzado con un trozo de metal. Prefiere la sangre manando a seguir exhibiendo la vergüenza a la que lo han llevado la tontería y el desconocimiento. E igualmente la propaganda fabricada en un mundo consumista, desde donde ciertos "ideólogos del porvenir" reinterpretan y desarticulan a su antojo los sí y los no de un pasado, incluyendo los cementerios enteros surgidos en aras de la soberanía.

Como es de suponer, al final de la historia los jóvenes vuelven al presente. Tienen el mismo aspecto, pero son diferentes. Y cuando llegan en su colorido carrito al centro de la ciudad y divisan a lo lejos a un grupo de jóvenes en cuyos gestos y conductas se adivina lo que antes ellos mismos fueran, lo miran en silencio, como si no comprendieran.

 

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