La memoria extraviada, o engatusada por bombillitas en colores,
junto a la ignorancia y algunas razones más pueden tragarse las
esencias, eso pensé al concluir este sábado el filme ruso Somos
del futuro, exhibido en el programa Espectador crítico,
que con encanto y sabiduría conduce la colega Magda Resik.
La
promoción del Canal Educativo —bien hecha, como debe realizarse para
diferenciar lo bueno del maremagno fílmico— había llamado la
atención al anunciar un filme del año 2008 que sirviéndose de la
fantasía relacionaba a una parte de la juventud rusa de hoy día con
un pasado histórico, exactamente agosto de 1942, cuando las tropas
hitlerianas parecían una fuerza imparable avanzando contra la Unión
Soviética.
Asuntos de familia me hicieron llegar tarde a la casa y sentarme
frente al televisor en los momentos en que su conductora despedía el
programa. Escribo, pues, lamentándome desconocer lo que ella y su
invitado dijeron, pero motivado por un imponderable que desde hace
rato me preocupa y que Somos del futuro, el filme de Andrei
Malyukov, pone sobre el tapete con un poder de advertencia que no
debe pasarse por alto: la desmemoria, que a la manera de una
enfermedad devastadora opera sobre generaciones de jóvenes, en el
caso que nos ocupa, Rusia y, por extensión, una Europa que hace tan
solo 65 años vivió el final de aquel infierno que tuvo al diablo
Hitler a la cabeza.
¿Cómo puede un joven ruso de estos días hacerse tatuar una cruz
gamada, símbolo de una barbarie que llevó el luto a casi todo los
hogares de la Unión Soviética? ¿Dónde quedan los millones de
muertos, las heroicidades escritas a fuego y pólvora en la Gran
Guerra Patria, la soberanía de una nación dispuesta a no rendirse,
los jóvenes que murieron en una trinchera sin haber conocido la
desnudez de una primera mujer?
Somos del futuro se refiere a cuatro jóvenes que en los días
actuales realizan excavaciones para buscar reliquias nazis, que
luego venden a unos interesados en traficar nostalgias. Los jóvenes
son tan violentos como alegres y tan cínicos como irresponsables y
la Historia solo les interesa como afán de lucro.
Un buen día, en pleno jolgorio por un descubrimiento que los
puede llenar de dinero, son transportados al pasado, al año 1942 y
con las balas silbándoles por encima de la cabeza. Por supuesto que
la trama es más complicada y llena de peripecias y matices, pero lo
que importa es que los jóvenes deben integrarse como soldados y
luchar contra los nazis. Conocerán entonces la sensibilidad y la
fibra heroica predominantes en aquellos hombres que arremetían desde
sus trincheras, fusil en mano, dando vivas a los valores en que
creían y por los cuales estaban dispuestos a morir.
Los mismos valores que en el presente de nuestros días habían
sido motivo de burlas por parte de esos cuatro jóvenes.
Antes de regresar al presente, después de haber vivido los días
de lucha, uno de ellos, el que llevaba la svástica, se la raspa
avergonzado con un trozo de metal. Prefiere la sangre manando a
seguir exhibiendo la vergüenza a la que lo han llevado la tontería y
el desconocimiento. E igualmente la propaganda fabricada en un mundo
consumista, desde donde ciertos "ideólogos del porvenir"
reinterpretan y desarticulan a su antojo los sí y los no de un
pasado, incluyendo los cementerios enteros surgidos en aras de la
soberanía.
Como es de suponer, al final de la historia los jóvenes vuelven
al presente. Tienen el mismo aspecto, pero son diferentes. Y cuando
llegan en su colorido carrito al centro de la ciudad y divisan a lo
lejos a un grupo de jóvenes en cuyos gestos y conductas se adivina
lo que antes ellos mismos fueran, lo miran en silencio, como si no
comprendieran.