Con los ojos abiertos

RONALD SUÁREZ RIVAS

PINAR DEL RÍO.— Cuando Fidel planteó la necesidad de crear una organización que llegara a cada barrio de Cuba, Felipe Hernández tenía más de 20 años, pero seguía siendo analfabeto.

Felipe Hernández dice seguir fascinado con la energía que emana de los CDR.

Aún así, después de escuchar al Comandante en Jefe decidió que a aquella idea le dedicaría la vida.

"De esa manera, no le daríamos chance al enemigo", dice.

Y en efecto, medio siglo después, ya jubilado y con 73 años a cuestas, sigue haciendo historia dentro de los CDR. "Llegar hasta aquí no ha sido cosa sencilla. Al principio, la gente no sabía qué era la Revolución. Teníamos que explicarles, convencer. Eso sí, había mucho entusiasmo", advierte.

Aunque nació en La Palma, un territorio montañoso al norte de Pinar del Río, la muerte temprana del padre obligó a la familia a salir del campo y a emigrar a la capital provincial en busca de una mejor fortuna.

"No teníamos cómo pagar la renta de la tierra, así que nos fuimos a la ciudad. Mi mamá lavaba para la calle y mis hermanas se emplearon como criadas, hasta que llegó la Revolución y nos incorporamos al proceso", recuerda Felipe.

"Nunca había ido a la escuela, pero a partir de entonces pude aprender a leer y escribir. Trabajaba por el día y estudiaba en las noches. De esa manera logré terminar el doce grado."

En su largo historial como parte de la mayor organización de masas del país, resalta un detalle curioso: A pesar de haber residido en siete lugares distintos de Pinar del Río, en ninguno ha pasado inadvertido. "Me he mudado muchas veces y, dondequiera que llego, al poco tiempo, me eligen presidente del CDR. Imagino que sea porque siempre he mantenido la misma voluntad para salirles al frente a las tareas.

"Es importante que los comités funcionen, no descuidar la labor ideológica, combatir el delito y las ilegalidades, velar porque se cumpla la guardia, para garantizar que las calles donde crezcan nuestros niños continúen siendo tranquilas y seguras.

"Además, organizar los trabajos voluntarios, la limpieza de las vías, la recogida de materias primas y las donaciones de sangre.

"Esta última es una actividad muy sensible. Se debe conversar con las personas, explicarles la enorme importancia que ello tiene, porque nadie nace donante. Todos empezamos por una primera vez."

Y como la mejor manera de persuadir es dar el ejemplo, aclara que en su caso logró llegar a las 100 donaciones. "Una de ellas fue en Etiopía, en condiciones de campaña, para asistir a un compañero herido en combate. Se hizo la transfusión directa, de mi brazo al suyo. Era la única manera de salvarle la vida".

Tras cinco décadas de haber sido protagonista de la creación de los CDR, Felipe Hernández dice seguir fascinado con la energía que emana de la organización.

"Siempre ha sido así, a lo largo de todos estos años. Creo que es la respuesta del pueblo a una Revolución que nos hizo personas y nos trajo la dignidad a quienes habíamos vivido con los ojos cerrados."

 

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