Estoy aquí como poeta santiaguera y cubana, pero no voy a leer un
poema. Siento que no me alcanzan hoy las palabras de ninguno de los
poemas que he escrito y publicado, para decir lo que quiero. Es
también por eso que me acompaña la fuente de mi poesía de vida: mi
hija Daniela. A ustedes, gente mía, dedico estas palabras breves que
no son un poema; a ustedes, y a Daniela, como si ella fuera ahora, y
lo es, todos los niños de Cuba.
También me he leído lo que se escribe de Cuba en estos días: los
que la conocen y la defienden, los que quieren desconocerla y la
denigran. Cada vez que las leo tengo presente que Cuba no es sólo la
palabra del lugar en que nacimos. Yo soy Cuba, y ustedes, todos,
somos Cuba. Estos muros cuya historia bien conocemos son Cuba, y
esta tierra donde estamos, de la que son dueños los niños que aquí
estudian, son Cuba. Así que yo no vivo, y ustedes no viven, en la
imagen de Cuba de la CNN y de otros grandes medios de comunicación
del mundo, porque ya sabemos que allí la realidad es distinta a la
realidad, y que allí la imagen de las guerras se construye para que
parezcan videojuegos, mientras en la realidad las guerras las pagan
los niños que no podrán sonreír más a las mañanas del mundo. En
aquella realidad, las bases militares son asépticos lugares donde
ondea televisivamente la bandera norteamericana, cuando en la
realidad son lugares exportadores de muerte en tierra ajena. Me
reconozco en nuestra vida, hermosa y difícil, no en la imagen
construida de Cuba.
Creo en el esplendente pensamiento de mi patria, traducido en
poesía, alimentado por la esencial poesía que está detrás de las
palabras del poema: sus materiales son la maravillosa gente, los
árboles donde se abrazan los muchachos, las canciones del trovador,
la esquina del barrio, la hora ruidosa en que los niños salen de las
escuelas, el café de las mañanas, las bellas banderas, el color de
las yagrumas, los corazones apretados por las imágenes de guerra en
los noticieros, los libros en las montañas, una escuela para un solo
estudiante, el campo recién sembrado y oloroso, los colores del
equipo de pelota, el sonido de la corneta china y los cuerpos
rientes de la Isla. Esa es la poesía que no saldrá nunca en las
noticias de los enemigos de la belleza. Esa es la poesía que tenemos
que seguir haciendo juntos.
Sé (sabemos) que una mentira repetida mil veces no se convierte
en verdad, pero envenena criterios, distorsiona visiones y enrarece
miradas. Así que también sé (sabemos) que tenemos que repetir una
vez y otra vez nuestras verdades, contra el veneno, la distorsión y
el enrarecimiento.
Creo, como escribió el poeta cubano José Lezama Lima, que nacer
es aquí una fiesta innombrable. Ser parte de esa fiesta nos da el
derecho a la luz y a la oscuridad, al sol y a sus manchas, al cielo
azul y a la nube que es nuestra y que nos corresponde sólo a
nosotros deshacer o convertir en lluvia.
Creo en la belleza de los colores de mi luz de patria. En el
blanco de la paloma pintada por Pablo Picaso y la rosa franca de
José Martí. En el blanco de las "almas de blanco" que entregan salud
y sonrisa a los desvastados por sismos de la naturaleza y de las
sociedades. En ese blanco creo, así que sé que ese símbolo es mío,
es nuestro, es de Cuba.
Creo en la belleza de los gladiolos que nacen en mi tierra.
Quienes ayer enarbolaron martillos creyendo destruir la música,
quienes ayer destrozaron un pavorreal creyendo destruir el arte,
quienes se hacen fotos junto a un torturado como trofeo, quienes
creen en un Nobel de Paz con el uniforme de la guerra, no pueden
enarbolar mis gladiolos. Ninguna flor crece abonada por el engaño,
la manipulación, la hipocresía y el dinero. Así que este gladiolo y
todas las flores que simbolizan la belleza, abonados por las manos
que los siembran, son míos, son nuestros, son de Cuba.
Mientras recorremos los caminos de la Isla abiertos y ensanchados
por las ganancias espirituales de los libros, otros pretenden
fabricarse mártires con materiales en los que ninguna persona de
bien puede creer. Pensemos nosotros en un poeta que no está aquí
hoy, porque fue traído a las antiguas mazmorras del lugar en que
estamos, el 26 de julio de 1953. Era el adolescente Raúl Gómez
García. Ese día tuvo tiempo de escribir una nota a su madre que
decía: Caí preso, tu hijo. Nunca regresó a su madre. Fue
despedazado a golpes, torturado, asesinado, porque creía en los
sueños que nos sostienen hoy, porque creía en los gladiolos y en la
rosa blanca. De esa materia es que nacen los mártires.
Viva la vida. Nuestra vida. Viva Cuba.