Años analizando cine y actuaciones desarrollan un sentido extra
para catalogar el desempeño histriónico, no solo en su connotación
de espectáculo.
Pero en verdad no es necesario ser un especialista para apreciar
en los más variados matices las representaciones de algunas cajeras
de tiendas cuando se equivocan, ¡nunca! a favor del cliente.
Digo cajeras porque abundan más, pero el masculino no se excluye.
Está la comediante, que ante el reclamo de la víctima de "me
falta dinero, compañera", agita la cabeza turbada, se ríe para
ablandar el lapsus aríthmetícus, "¡ay, me equivoqué,
disculpe!", y estira el brazo con el dinero faltante, a la manera
de: "Aquí no ha pasado nada, mi amigo, y que siga la fiesta".
Y está la que se ofende, "usted no pensará que yo...", y la que
remedando la agresividad de un matón del cine negro le va arriba a
la víctima, "mira, mijita a mí no me hace falta...".
Hay actuaciones muy buenas, merecedoras del Oscar, y otras muy
malas, dignas del premio Frambuesa, ese que galardona, en choteo, lo
peor.
A veces la víctima recupera su dinero y se queda callada. En
otras, da su pequeña tángana, que la victimaria se apresura en
acallar a cualquier precio. Y está, claro, el crimen perfecto, aquel
en que la cajera "tumba" a un mismísimo Pitágoras entretenido.
Este domingo 4, a las 10 y 45 minutos de la mañana, tuve la
ocasión, una vez más (porque cuidando la presión a veces soy de los
que se quedan callados, cooperando así con la impunidad) de calibrar
no solo una mala actuación detrás de la caja, sino también toda una
representación escénica en la tienda Brimart, en 10 de Octubre, a
cuadra y media de Dolores.
Mientras esperaba para pagar un hombre se quejaba: las bandejas
de pollo no tenían precio, en el mostrador una muchacha muy joven y
sin uniforme (¿trabaja allí, practica?) pesaba y le transmitía a la
cajera, que decía cuánto era, cobraba, y no entregaba el comprobante
(en ese departamento jamás dan un comprobante y si usted lo pide, le
alegan que no hace falta, que en la puerta no lo exigen ni le
revisan, y así mismo es).
Llegado el momento de pagar frente al alto mostrador me dije a
partir de intentos de arañazos anteriores: no es posible que traten
de "tumbar" en una cuenta tan sencilla como sumar 75 + 75 centavos,
porque lo otro era un tres en número redondo, cuenta de tercer
grado, de segundo grado, y además con una caja contadora de por
medio, no es posible...
––Cuatro ochenta ––escuché la voz lacerante, sin mirarme,
ofensiva al niño estudiante que fui.
––¿¡Cómo!?
Reiteró el precio con el convencimiento de una actriz de cuarta
categoría en noche funesta y solo reaccionó cuando le dije que
alguien que no sabía sumar 75 + 75 no debía estar detrás de una
caja.
Y de nuevo vi la mano turbada junto a la cabeza y la excusa
recurrente rubricando el timo impune.
Pedí ver al responsable de todo aquello y me dijeron que no
había. Pero al minuto apareció una dependiente, en apariencia
encargada de escuchar. Sin inmutarse lo escuchó todo: las
equivocaciones de siempre, los precios "cantados" detrás del
mostrador sin oportunidad de confirmar, los comprobantes que no se
entregan, sin que en la puerta lo exijan, y mientras hablaba, llegó
un mensajero alado desde el fondo de la tienda, sofocante,
trayéndome mi "papelito" de compra (ahora sí había comprobante).
Cierto que la dependiente (¿responsable de la tienda?) escuchó
con una sonrisa. Pero no tuvo una sola respuesta. Más bien el
silencio sonriente como toda respuesta para un problema que no era
solo mío.