Una montaña de vidas

ROGELIO RIVERÓN

Hay un aforismo del pensador Emil Ciorán que parece más bien retocado por el traductor. Allí se asegura que, en todo caso, la poesía se origina en el momento en que la palabra se convierte en un vampiro del poeta. Como se comprenderá sin gran esfuerzo, de esa afirmación —extrema, al mejor estilo del rumano Ciorán— se derivan al menos dos ideas. Una tiene que ver con una proximidad casi fatal entre lo que conocemos por autor y lo que la filología llama sujeto lírico, que vendría siendo la voz estereofónica del poema. La otra, más abstracta, insinúa que en la poesía auténtica la palabra se llena de un sentido tan agudo, que puede negar tres veces al autor.

Con Las posesiones (Editorial Letras Cubanas, 2009), Oscar Cruz, nacido en Santiago de Cuba en 1979, pone en circulación una especie de paganismo que cobra autenticidad al llevarse por una extraña mesura. Parece que no levanta la voz y sin embargo nos habla de las tremendas consecuencias de la personalidad. Comprendo que en el peor de los casos, en aquellas ocasiones en que se puede admitir de antemano el placer de pasar la vista por piezas como estas, uno pudiera dramatizar. Idealmente la búsqueda de la verdad debería prescindir del instinto emotivo y, sin embargo, la verdad poética nunca es indiferente. Este cuaderno —que el comentarista previsible se apuraría a llamar "breve pero intenso"— se llena de bellos esbozos (como transparencias) de lo que alguien pudiera entender como predestinación.

Da la impresión de que, gracias a la cadencia y a la forma en que se apela a ciertos gestos más bien verbales, las piezas de Las posesiones gozan de un estado maleable que tonifica todo el libro. Así, el discurso a primera vista conversacional —perdón por echar mano a un término que el uso amenazó con volver infructuoso— se nos revela extremadamente simbólico, y consigue involucrarnos en algunas supersticiones acerca del poder de la palabra para conjurar. Medio centenar de páginas y dos secciones: Sala # 1. Quemaduras y Sala # 2. Problemas de la lírica, hacen lugar a una treintena de poemas, testimonios revestidos de ironía, de añoranza, de una inteligencia que se las compone para parecer tercamente contraria a la voz que los formula.

Querer que lo que se expone hubiese sido diferente, es querer haberlo dicho en otro lenguaje. Ese pulseo con la palabra, esa tensión a veces roñosa entre el que se expresa y el medio en que lo hace es —me permito insistir— otra de las peculiaridades de este cuaderno, ganador del premio Pinos Nuevos en 2008. Por el contrario, dar la impresión de que se busca amparo en la palabra resulta a estas alturas un gesto sin demasiada originalidad. Por esa vía se encalla, por ejemplo, en esos atolones de fervor que llevan al crítico a considerar que lo mejor de un libro dado es el desgarramiento que revela. Por suerte, el pequeño poemario del santiaguero Oscar Cruz entraña una suerte de remembranza un poco aviesa, que sabe volar de la reiteración a la pelea abierta con lo que —dicen— fue primero: el verbo.

 

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